La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo cincuenta y seis #2
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Capítulo cincuenta y seis #2

Fue entonces cuando las sombras descendieron sobre los illyrianos.

Surgieron del cielo como una plaga oscura y se precipitaron sobre aquellas líneas enfurecidas.

Desde aquella distancia era imposible distinguir figuras concretas, pero Tobias creyó ver, y estaba seguro de ello, a Marith alzando el brazo con la espada en un gesto de bienvenida.

La presión sobre el río se volvió insoportable.

Los hombres se empujaban y se golpeaban entre sí para abrirse paso y enfrentarse a las tropas illyrianas.

Seguían avanzando, siempre hacia delante, bajo una lluvia constante de flechas.

El agua y la ribera parecían teñirse de rojo, como si alguien hubiera derramado un cubo de tinte carmesí.

El fuego de los magos se alzó hacia el cielo.

Las sombras prendieron y se deshicieron, deshilachadas como hebras sueltas, elevándose en una nube convulsa atravesada por alaridos.

Un grito tras otro, sin tregua. La claridad estallaba con violencia.

El aire se impregnó de olor a flores calcinadas y a carne crepitando.

La llamarada volvió a surgir y, una vez más, la penumbra ardió, se retorció y salió despedida hacia lo alto, dejando tras de sí huecos oscuros, como si algo invisible arrancara jirones a la noche.

Una columna ígnea irrumpió en el corazón de la línea de combate.

De nuevo Tobias creyó distinguir, desde la ladera a media milla de distancia, a Marith Altrersyr batiéndose con un hechicero, los ojos encendidos de júbilo.

El combate hervía en un torbellino feroz.

Una carga de caballería chocó contra un muro incandescente y se deshizo en vapor.

Landra se cubrió los oídos ante los chillidos.

Torrentes desatados. Y el agua del río se teñía de sangre.

Aunque, en realidad, no le estaba yendo tan bien como Tobias había supuesto que le iría, teniendo en cuenta que se trataba de Amrath regresado, Rey Ruina, Rey de la Muerte y todos esos apelativos grandilocuentes.

El único hombre en Irlast digno de internarse entre los perfectos muslos de la hermosa Thalia .

No estaba siendo derrotado de manera aplastante, pero tampoco se hallaba tan lejos de ello como cabría imaginar.

Todos aquellos hombres cruzaban… y, sin embargo, apenas avanzaban.

Y las famosas sombras de las que tanto se hablaba en Ith no eran más que un fiasco, si uno se atrevía a ser brutalmente honesto.

Por supuesto, Tobias no habría querido enfrentarse a una de ellas, pero la magia illyriana las destrozaba sin piedad.

Sobre la caballería de Marith caía de pronto una criatura semejante a un ave descomunal, radiante, que la despedazaba como si se tratara de simples empanadas de carne.

Tenía plumas doradas y plateadas, la luz encarnada; las plumas de la cabeza parecían cuernos o ramas, sus garras de águila eran tan largas como la estatura de un hombre.

Cantaba, allá en el cielo, mientras los mataba.

Dulce canto de alondra, coro del amanecer estival.

Convertida la caballería en migajas, aquella criatura pájaro se volvió contra las sombras.

Estas hicieron lo sensato y huyeron. El pájaro las persiguió.

El fuego de mago estalló entre las filas enemigas.

Las líneas se movían y giraban, empujaban; las tropas de Marith vacilaron, se reagruparon y avanzaron un poco más.

Los restos de la caballería de Marith se preparaban para una nueva carga.

«¿Dónde está el dragón?», pensó Tobias de repente. Lo habían visto volar sobre las montañas todas las mañanas durante días, lanzando llamas y exhibiéndose. Marith lo tenía. Marith tenía un dragón. Entonces, ¿dónde…?

Un alboroto en la retaguardia de las filas illyrianas. Los hombres comenzaban a dispersarse. ¿Huyendo? Pero si estaban ganando. Vio caballos que llegaban desde más allá de una curva del río, avanzando rápido.

¿Entonces por qué…?

¿Dónde? ¿Por qué? Demonios. El bastardo tenía otro ejército cruzando por algún lugar, además de un dragón.

Podía permitirse ser tan descuidado como un niño con los hombres aquí, porque había todo un contingente más y un dragón cruzando en otro punto, encaminándose hacia la retaguardia del enemigo con la clásica técnica del martillo y el yunque.

Quizá el muchacho había aprendido algo de seguirlos a él y a Skie de un lado a otro.

El fuego de los magos estalló una vez más sobre los caballos.

Marith mismo se iluminó un instante en el destello de luz.

Se le podía reconocer porque era el único que salió del otro lado.

Curioso lo pequeño que parecía. Pensaba que ya habría crecido más.

Como un gigante. Dominando la ruina del mundo.

Debería ser más grande. Tan grande como la muerte misma.

Porque todos los condenados que morían allí lo hacían por su causa.

Marith segaba soldados illyrianos. Luz brillando. Luz y alegría. Matar y matar y matar. Muerte. Muerte. Muerte.

«Pero se está arriesgando demasiado —pensó Tobias —.

Solo por el fuego de los magos debe de estar perdiendo hombres a montones.

Estrategia de martillo y yunque y todo lo que quieras, pero, por ahora, más bien parece que es él quien se está llevando las tortas.

Para tortas, la castaña que llevaba anoche».

Sintió un instante de satisfacción por habérsele ocurrido aquello. Tendría que contárselo a Raeta más tarde, para que ella le hiciera aprecio. «Para tortas, la castaña de anoche»…

El momento se quebró de pronto. Una sombra enorme, oscura y densa, se abatió sobre la ladera a sus espaldas. Llegó un olor a metal incandescente y, enseguida, un rugido estremecedor.

—¡Mira! ¡Aquí está el dragón! ¡Lo tenemos encima!

El dragón descendió envuelto en un torrente de rojo y oro, desplegándose sobre la cresta de la colina.

Las plantas se marchitaban a su paso y el aire hervía bajo el calor abrasador.

El batir de sus alas era tan intenso que el suelo temblaba, y Tobias sintió que, de estirarse un poco, casi podría rozarlo. Vio sus ojos plateados, la mirada fija.

Eran los ojos del muchacho, con la misma mezcla imposible de tristeza, vergüenza, deseo, odio y gozo.

El dragón se quedó suspendido sobre el campo de batalla, observando desde un punto en altura, haciendo vibrar su cuerpo inmenso. Batió las alas con fuerza. Su cuello se torció en un gesto rápido; un estremecimiento recorrió sus costados.

Sacudió la cola. Aspiró aire con un bramido profundo, inflándose como el fuelle de un herrero.

Y entonces se lanzó en picado escupiendo fuego.

El mundo entero desapareció en una explosión de llamas.

Un viento caliente sopló sobre el rostro de Tobias .

Olor a metal ardiendo. El hedor a carne asada le hizo la boca agua.

Mejor que un buen filete. Un coro de mil voces desesperadas se elevó en un solo grito.

Entre las llamas se recortaba la figura de un ser diminuto y radiante, con la cabeza erguida en un gesto de triunfo.

El dragón ascendió hacia un sol empapado por la lluvia. El agua resplandecía sobre sus alas mientras la niebla se levantaba a su alrededor. A su paso, nubes cálidas de metal y sangre giraban en un torbellino de gloria. Se lanzó de nuevo en picado y volvió a escupir fuego.