Capítulo cuatro #2
Al día siguiente, el paisaje se volvió más agreste: rocas grises sobresalían del suelo como garras, la hierba era áspera y el viento, implacable.
Al sur se alzaba la montaña de Calen Mon, con la cima reluciente bajo el sol pálido.
Avanzaron con rapidez por la antigua senda de los liches que cruzaba el páramo, sin encontrar a nadie por el camino.
No había ni un alma. «¿Dónde está la gente?
», se preguntó Thalia . Aquella tierra estaba más vacía que el desierto.
Una tierra vacía para un rey vacío. A sus espaldas, el féretro del viejo rey —el padre de Marith — se desplazaba sobre un carro, cubierto por un paño rojo que ocultaba el tonel donde yacía el cadáver.
Una tierra muerta, un rey muerto. Aunque no lo había visto, Thalia podía imaginar el rostro putrefacto del rey difunto: picoteado por los cuervos, sumergido en miel negra y amarilla y con los ojos abiertos y anegados.
«¿Dejé vivir a Marith por lástima?», pensó.
La lluvia comenzó hacia el mediodía. Una llovizna gris y fina empapó el pelo de Marith y se deslizó por la mugre de su capa.
El agua relucía sobre las armaduras de los hombres y nublaba la vista de Thalia , vil y fría.
La cima de la montaña se desvaneció entre las nubes.
Continuaron la marcha hasta que la lluvia cesó; a lo lejos, sobre las colinas que quedaban atrás, aún se distinguía la cortina de agua, como una gran mancha oscura en el horizonte.
Al caer la tarde alcanzaron una cresta. Abajo, en la penumbra, se divisaban luces.
Osen señaló con el dedo y lanzó un grito de triunfo.
El camino descendía con brusquedad; más abajo, en la sombra de la colina, yacía una pequeña ciudad junto a una ensenada bordeada de marismas.
Más allá, el mar brillaba en unos tonos plateados y oscuros.
En la distancia, una masa de tierra emergía del agua: otra isla al sur, sin duda.
Y, sobre un montículo de tierra firme, en medio del pantano, se alzaban las murallas de una fortaleza.
—¡Malth Calien! —gritó Osen—. ¡La Torre del Águila! ¡Malth Calien! ¡Os la ofrezco, mi rey!
Tras una hora más de marcha intensa, ya estaban entre las marismas, donde avanzaban con cautela por la calzada que serpenteaba hasta la torre.
Era de madera, resbaladiza, y tan estrecha que solo podían avanzar de dos en dos.
A ambos lados, los juncos crecían hasta la altura de un hombre y susurraban al viento.
El aire estaba saturado con un fuerte olor a sal.
Reinaba un silencio denso, opresivo, apenas interrumpido por el murmullo de los juncos, cuyas hojas cortaban la piel al menor contacto.
De pronto, aquel silencio se quebró con el graznido de una bandada de ocas blancas que voló sobre ellos y formó una flecha que apuntaba hacia el mar.
La calzada pasaba sobre un canal estrecho, donde varias aves zancudas caminaban entre las aguas poco profundas. En la orilla, unos cuantos hombres avanzaban con dificultad entre el barro, con los faroles en alto, y se inclinaban una y otra vez para hurgar el lodo con largas varas.
—Son recolectores de gusanos —explicó Marith a Thalia , al ver su expresión de curiosidad—. Gusanos de fango. Navajas. Salicornia. La salicornia está muy buena.
Thalia sintió un vuelco en el estómago.
Volvieron a internarse en los juncales. A medida que avanzaban, el camino se ensanchaba y ganaba altura, hasta alcanzar tierra firme: una colina redondeada que se alzaba sobre las marismas.
Desde lejos no parecía gran cosa, pero al acercarse revelaba su tamaño imponente, coronada por una torre de piedra y un cerco de estacas afiladas.
Más allá, la ladera descendía hasta perderse entre los lodos y el mar.
Entraron por los amplios portones de madera.
Un pequeño grupo de hombres celebró su llegada con un estruendo de metales.
Se detuvieron frente a las puertas de la torre central, donde una mujer los esperaba de pie, ataviada con un vestido verde, y con una copa adornada con gemas entre las manos pálidas.
Cuando Marith desmontó, la mujer se arrodilló ante él.
—Mi rey. Sed bienvenido a este lugar.
Su voz era aguda y suave, como el canto de los pájaros. Le ofreció la copa a Marith , que bebió con satisfacción y luego se la pasó a Osen, que también bebió de ella. Un sirviente ayudó a Thalia a bajar del caballo.
Tras el barro y el vacío de las marismas, el contraste súbito resultaba sobrecogedor: la mujer, joven y de hermosa tez sonrosada, vestía un traje bordado con plata y lucía joyas en el cuello; las puertas se abrían de par en par para mostrar una cámara adornada con tapices resplandecientes; a través de sus ropas, los sirvientes desprendían el calor del hogar en el aire frío del exterior.
Osen tomó a Thalia del brazo y la acompañó tras Marith . Atravesaron una antesala y luego entraron en una gran cámara con vigas talladas en lo alto y pequeñas ventanas estrechas que protegían del viento de la marisma.
Thalia se colocó junto al fuego, agradecida, mientras los hombres del lugar se acercaban uno a uno a Marith para arrodillarse ante él y besar su mano.
Después subieron hasta un dormitorio de techo elevando, en lo alto de una empinada escalera de caracol.
El lugar era sombrío y desprendía un intenso aroma a cera de abejas, lo que le produjo un escalofrío.
También allí había ventanas estrechas, que permitían vislumbrar destellos de cielo negro.
Supuso que podrían dormir al fin: le dolía la cabeza del cansancio tras la larga cabalgata. Pero una doncella entró con un vestido de terciopelo azul para ella, y otra le tendió a Marith una camisa limpia, unos pantalones y una chaqueta.
Los llevaron de nuevo al gran salón. Una fiesta los esperaba.
El aire denso apestaba a carne asada, vino fuerte, sudor y sal.
Un fuego enorme llenaba el espacio con sombras danzantes, y los rostros jubilosos brillaban a la luz de las llamas.
Los soldados del rey, los hombres de Malth Calien, la señora Fiolt y sus damas se pusieron en pie al ver entrar a Marith y bajaron la cabeza. La aclamación estalló al momento.
La señora Fiolt, que ahora vestía de escarlata y llevaba gemas rojas en el pelo y el cuello, le entregó una copa con una sonrisa. Marith la vació de un trago y se la devolvió.
—Rey Marith —dijo la señora Fiolt.