La torre de cristal 1977
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1977

El chasquido de la ficha enmudece por un segundo el murmullo general de la cantina cuando el periodista más veterano del lugar, a quien todos llaman simplemente el Güero , la azota sobre la superficie metálica después de darle un trago a su gin tonic.

Deja el vaso junto al cenicero. Vuelve a estudiar el juego, concentrado, como si en su cabeza apagara el bullicio y las conversaciones a su alrededor. Sonríe.

—¿Estás seguro de ese movimiento, Camacho? —ironiza con voz rasposa al notar que el contrincante de su izquierda dejó los extremos a blancas.

Camacho, uno de los neófitos en la nota roja que lo acompañan junto con Márquez y García esa y muchas tardes, asiente seguro. La sonrisa del Güero se hace amplia, con el pulgar y el índice elige la del centro entre las tres fichas que le quedan y la estampa contra la mesa:

—¡Me acuesto encuerado y este cuento se acabó! —voltea hacia el joven periodista—. Cómo se ve que no sabes contar, mi amigo.

—¡Me lleva la…! —grita Márquez y de un manotazo voltea sus fichas, entre las que se halla la mula de seises—. ¡Pinche Camacho! ¡Estás viendo y no ves! ¡Hubieras puesto tu seis, cabrón!

—“Sin llorar” se llama este juego… y mejor díganme, ¿cuál es la mejor manera de describir a un asesino en la nota roja? —el Güero pasea la mirada entre los tres jugadores sentados con él.

García, el fotógrafo recién contratado por Novedades , levanta la mano con timidez, como si se encontrara en un aula de clases.

—¿De caminar siniestro y aviesas intenciones, don Güero?

El reportero de la vieja guardia lo contempla burlón por unos segundos, luego echa mano a la cajetilla de Faros, extrae uno y, antes de que busque con qué darle lumbre, el propio García enciende un cerillo y se lo acerca.

—¡Muy bien, chamaco! Recuerda que los periodistas están para contar historias y que los lectores se sumerjan en ellas, así que no se vale ser tibio.

Camacho y Márquez comienzan a revolver la sopa haciendo zumbar las piezas sobre el metal. Al ver García la espiral de humo saliendo de la nariz de quien considera su mentor, le dice:

—Y hablando de contar, don Güero. Cuéntenos, pues… ¿ha cambiado mucho la reporteada desde que la dejó?

El veterano se toma su tiempo para responder. Da un hondo jalón a su cigarro, expulsa el humo hacia el centro de la mesa a modo de suspiro, escupe una hebra de tabaco y envuelve con la mirada a los jóvenes.

—Todo cambia, si no es que ya se jodió —afirma mientras escogen sus piezas del montón.

—¿Y cómo estuvo la movida con lo de Trotsky? —insiste Márquez, quien termina de mover las fichas—. En la facultad todavía ponen de ejemplo su crónica, maestro. Y sobre todo las mañas que se dio para poder sacar la información.

—Pero estamos jugando —alega el Güero con el cigarro en la comisura de la boca—. Y acuérdense de que este juego lo inventó un mudo.

—Nadie más va a hablar. Nomás usted —promete García.

El viejo periodista, que ya frisa los setenta años, da una fumada al cigarro sin meter las manos, por lo que los demás observan cómo el humo forma una cortina que va de la boca a su nariz.

Con los ojos entrecerrados revisa su juego, cambia de lugar un par de fichas, extrae una de la hilera y la coloca con suavidad en el centro de la mesa: la carreta de seises.

Se quita el cigarro del ángulo de la boca y lo tira al suelo. Carraspea antes de hablar.

—Chingao, ¿cómo empezar…? Creo que bastará decirles que, en ese tiempo, cuando a los papás de ustedes ni siquiera se les había ocurrido embarazar a sus mamás, el mundo estaba hundido en un verdadero caos.

Nada era igual que ahora. En Europa y Asia los vientos de guerra tenían a la gente alborotada, si no es que aterrorizada, y aquí el país era un verdadero desgarriate porque nuestra mentada Revolución nomás no terminaba de asentarse, a pesar de los esfuerzos de Tata Cárdenas.

Algunas de estas cosas ustedes más o menos ya las saben, venían en sus textos de primaria.

Pero nunca será lo mismo leer en un libro lo que sucedió hace décadas que haberlo vivido día a día.

Además, los libros, sobre todo los oficiales, nunca cuentan toda la verdad, chingao…

¿Cómo pones esa ficha, García? ¿No estás mirando mi juego?

¡Yo llevo la mano! ¡Pon atención, carajo!

Por ejemplo, les aseguro que no han leído una sola página sobre los espías que pululaban entonces en la Ciudad de México, ¿verdad?

Pos así mero era. En cantinas como esta no resultaba raro toparse con una mesa repleta de güeros, pero no de rancho como yo, nomás coloraditos, sino güeros de verdad, rubios, de ojos azules, grandotes y patones.

Bolillos, pues. Y no siempre resultaban gringos: si te acercabas un poquito y los oías hablar como ladrando, en chinga te dabas color de que eran alemanes; nazis, de los de Hitler.

Había otros que hablaban con voces roncas y palabras como mordidas: esos eran rusos.

Estaban los españoles, republicanos o franquistas.

Franceses, italianos y hasta uno que otro de piel amarillenta y ojillos rasgados.

¡Había de todo! Daba la impresión de que el país se volvía cosmopolita, y a lo mejor sí, pero por las razones equivocadas…

Y no era nomás por la guerra que ya se terminaba de cocinar allá en las Europas.

Acá también se cocían habas. El espionaje interno entre las distintas tendencias ideológicas estaba que ardía…

En México la gallera política andaba harto inquieta por las reformas que el presidente había echado a andar para bajarles los humos y las ganancias a los ricos y a los políticos callistas, y al mismo tiempo darles más chance a los jodidos para que alzaran la cabeza.

¿No se lo han contado sus padres? Pocos presidentes, que yo recuerde, han levantado tantos odios y resentimientos entre los fifís, y tantas muestras de cariño y lealtad entre obreros y campesinos.

Sí… los madrazos internos no paraban, sobre todo antes y después de las elecciones del año 1940, que Tata Cárdenas se había empeñado en que fueran de verdad libres, con lo que rompió la tradición del “heredero” que habían impuesto los sonorenses Obregón y Calles.

Había sabotajes, homicidios, linchamientos, atentados, batallas campales, ataques en la prensa, venganzas públicas.

Nomás imagínense: agraristas contra terratenientes y guardias blancas y verdes contra los camisas rojas, católicos contra gobiernistas; comunistas contra anarquistas, trotskistas y liberales; los viejos callistas contra los partidarios de Cárdenas, todo esto entre mítines, manifestaciones, protestas, confiscaciones por causa de utilidad pública, huelgas y, por si fuera poco, la expropiación del petróleo, que acabó de agitar el avispero…

Me doblo a cuatros. ¡Fíjate bien en mi juego, García!

No la vayas a regar… En medio de este hervidero nacional e internacional, a Tata Cárdenas se le ocurrió, por insistencia del pintor Diego Rivera, ofrecerle asilo político a León Trotsky, que años atrás había salido pitando de la Unión Soviética, donde su antiguo camarada Stalin quería verlo muerto.

Trotsky llevaba algún tiempo en plena huida por varios países europeos, que primero lo recibían y, ante las amenazas de la urss , terminaban por expulsarlo para no comprometerse, hasta que Cárdenas le mandó aviso de que podía venirse para acá con todo y chivas, que en México no le iba a pasar nada porque estaría muy bien protegido.

Sí, el presidente Cárdenas tenía buenas intenciones, como en todo lo que hizo.

Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir… En fin, si con la llegada de Trotsky en el año 37 los periódicos pegaron el grito en el cielo contra la política del gobierno, y la Ciudad de México se halló de pronto plagada de agentes secretos soviéticos, podrán adivinar cómo se pusieron las cosas poco después, al perder los republicanos la Guerra Civil española, cuando Cárdenas aceptó también dar asilo a los derrotados, que empezaron a llegar por miles…

Fue cuando de plano esta ciudad se convirtió en el primer nido de espías a nivel mundial: unos venían para tener a la vista los movimientos de los gringos antes de que entraran a la guerra, otros para hacer contraespionaje sobre los primeros, la mayoría para tratar de influir en los mandos del gobierno mexicano, y otros más, sobre todo los rusos, con misiones más específicas, como eliminar al viejo Trotsky, quien en ese entonces escribía una biografía de Stalin que, según decían los enterados, iba a ser demoledora para el prestigio del dictador soviético, pues lo desenmascararía como el tramposo y asesino que en verdad era…

Yo conocí a Trotsky. Incluso guardo una foto donde aparezco con él.

Tuve dos veces la oportunidad de hacerle unas preguntas, la primera en una conferencia de prensa que dio recién llegado al país.

Su trayectoria me había impresionado. No nomás por haber sido líder de la primera revolución, la de 1905, en su país, ni porque entre él y Lenin lograron coronar el golpe de Estado que les dio el poder a los bolcheviques en octubre del 17, sino porque tan sólo con su fuerza de voluntad y su capacidad oratoria fue capaz de levantar, así de la nada, al Ejército Rojo que a la larga venció a todos los enemigos de su partido durante la guerra civil que siguió a la revolución en Rusia.

Ese mismo ejército que años después derrotó a Hitler en Stalingrado y marchó hasta el mero Berlín.

Qué huevos de cabrón. Un tipo admirable…

¡Bien jugado, García! Se me hace que nuestros amigos van a valer madre otra vez en este partido…

La segunda vez que tuve la suerte de platicar unas palabras con él fue después del primer atentado que sufrió en su casa de Coyoacán, en la calle de Viena.

Imagínense: más de cuatrocientos tiros recibieron sus habitaciones y la de su nieto, y nomás una bala rozó el pie del niño.

¡Eso es suerte y no chingaderas! Ese ataque dio mucho de qué hablar.

Algunos afirmaban que fue un autoatentado, otros señalaban al muralista David Alfaro Siqueiros, el Coronelazo , su apodo durante la Guerra Civil española, como el responsable de la irrupción armada en mayo de 1940.

Pero Siqueiros andaba desde entonces prófugo y nadie había logrado detenerlo.

De ese atentado, tanto Trotsky y su familia como sus secretarios y guardaespaldas salieron ilesos, pero como quiera hubo un escándalo en la ciudad, en el país y más allá de nuestras fronteras.

En fin, una piedrita molesta en el zapato de Tata Cárdenas; por eso ordenó una investigación exhaustiva y puso a trabajar en ella a los mejores hombres de la policía mexicana de entonces.

Y, por supuesto, yo anduve pegado esas semanas a los investigadores.

¡Incluso me tocó ayudarlos en las pesquisas!

Claro, como reportero de nota roja yo tenía bien apergollados a varios malandrines que me debían algunos favores y eran mis informantes.

¡Eso es lo que deberían hacer ustedes también desde ya!

Si quieren ser buenos reporteros policiacos, deben ubicar luego luego dónde está la verdadera información de lo que ocurre.

.. Yo era bueno en eso. Además, tuve un chingo de suerte.

Ustedes lo saben: todo reportero de policía sueña con que le toque la fortuna de cubrir un gran crimen.

Y mi sueño se realizó cuando me topé con el Caso Trotsky.

Repito: yo era bueno, pero gracias a ese caso me convertí en un mejor reportero…

Sí, muchas cosas tuvieron que ver para que esto me pasara.

Una de ellas fue que entonces conocí a quienes quizá fueron los verdaderos protagonistas de esta historia: el doc Alfonso Quevedo y Leandro Valentín Quintanilla…

Fíjate bien lo que vas a tirar, García, porque puede que en esta nos vayamos…