La torre de cristal EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS
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La torre de cristal

La torre de cristal

Por Eduardo Antonio Parra, Carlos Rene Padilla

© inepub.com

EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS

Primero fue una luz titilante en el interior de una casa, luego un farol en la esquina de una calle sin pavimentar.

Siguieron los autos, drenaje, edificios.

La gente creyó que el progreso sólo traía cosas buenas, pero se equivocó porque una ciudad, una verdadera, tiene dos caras: la que la mayoría de sus habitantes entiende, y otra, la que se aparece apenas cae la noche.

Ese rostro lacerado, que muy pocos se atreven a mirar, es la señal inequívoca de que una nueva urbe crece y seguirá haciéndolo sin que nadie la detenga.

Una ciudad se vuelve una ciudad real cuando muestra sus contradicciones: una arquitectura urbana creada para otorgar seguridad puede tornarse en un espacio para el horror y la infamia.

Una metrópoli es generosa porque da confort a sus habitantes “decentes”, pero a los otros, a los indignos, les regala sitios desolados, oscuros, calles olvidadas, nichos para que nazcan crímenes nuevos.

Una ciudad moderna provee no sólo a quienes trabajan de sol a sol, sino a aquellos que noche a noche ofrecen en sacrificio carne, sangre y almas que nadie extrañará.

El Ford toma turno en la procesión de vehículos cuyos conductores revisan la mercancía en oferta.

El ritual consiste en pasar una y otra vez frente a las mujeres hasta que una de ellas los convence de llevársela a un sitio discreto, tal vez un hotel, quizás un callejón solitario.

Es la tercera vez en la noche que el hombre del Ford recorre esa pasarela.

Impaciente, tamborilea el volante con su anillo, grabado con el emblema de Petróleos Mexicanos.

Sospecha que a causa de la demanda de pecados nadie querrá subir a su auto, pero de pronto fija la mirada en una silueta de grandes pechos y baja estatura.

Está un tanto apartada del área de transacciones.

Él gira un poco la dirección y los faros iluminan de lleno el rostro de la mujer y un lunar en su mejilla izquierda se vuelve visible.

El hombre da vuelta y se detiene en otra calle con los latidos acelerados dentro del pecho.

Aluza con una linterna sorda el legajo encuadernado que descansa en el asiento del copiloto.

En su memoria precisa hay un eco de la cara que acaba de atisbar.

Hojea el volumen repleto de imágenes de prostitutas, impresas en blanco y negro, donde aparecen de cuerpo entero con su vestimenta de trabajo y, a un lado, nombre, lugar de nacimiento, edad, oficio anterior y si laboran en algún establecimiento o de manera independiente, estado civil, operaciones y enfermedades contraídas a causa de su profesión.

Pasa las páginas separadas en cuatro grandes apartados: “De primera”, con las mujeres situadas en casas de citas exclusivas y las extranjeras; “De segunda”, con las que se prostituyen en burdeles de medio pelo; “De tercera”, con aquellas cuyo lugar de trabajo es inestable, como ciertas cantinas; y, por último, “Callejeras sin categoría”, con mujeres que ocupan el nivel más bajo de esa pirámide laboral.

En sus buenos tiempos, algunas llegaron a escalar en las secciones, pero la edad, la dureza de la vida o los vicios, al mermar sus cuerpos, las arrojaron al mercado callejero.

El hombre detiene su revisión en una foto.

Sonríe. Es la mujer que acaba de ver. Lee el nombre: Juana Rentería.

Golpea emocionado el volante con los dedos y el metal del anillo, al chasquear contra la madera, le recuerda el sonido de un tambor de guerra.

Cierra el volumen y lee el título impreso en la portada con letras rojas: Registro de mujeres públicas , y abajo el nombre de su autor: Alfonso Quevedo.

Ahora el hombre ya sabe a quién invitará a subir a su Ford esta noche.