La tintorería (La limpiadora de París 2) La ciudad sumergida
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La ciudad sumergida

Madeleine ya no estaba para verlo. Se había ido dos años antes, en una madrugada de agosto que olía a ozono y a final de trayecto.

No hubo ataúdes ni procesiones hacia Père Lachaise.

Sophie, siguiendo las instrucciones precisas que la vieja le había dejado escritas en la última página del Libro de las Manchas, disolvió su cuerpo en una tina de ácido nítrico reforzado.

Fue un proceso de seis horas. El cabello blanco, la piel curtida por la sosa y los huesos deformados por el reuma se convirtieron en un líquido amarillento y viscoso que Sophie vertió por el desagüe con la misma reverencia con la que un sacerdote derrama el vino en el cáliz.

Madeleine no quería una tumba donde los gusanos hicieran su trabajo; quería volver al sistema circulatorio de París, mezclarse con la mierda que tanto había ayudado a limpiar.

Ahora, a los veintiocho años, Sophie era la única Madame Ombre. Ya no era la aprendiz que miraba con asombro; era la mujer que medía el mundo en gramos de cianuro. Sus manos, permanentemente resecas y con las uñas cortas para no retener residuos, sostenían ahora el destino de la red.

—El agua está a tres escalones del laboratorio, Madame —dijo una voz desde la penumbra.

Era Marguerite. Tenía apenas catorce años, pero su mirada ya poseía esa opacidad necesaria para sobrevivir a la Teinturerie.

Sophie la había sacado de un burdel de baja estofa en Les Halles, donde la niña se encargaba de limpiar las sábanas después de que los carniceros terminaran sus faenas.

Marguerite no hablaba mucho; prefería escuchar el silbido de las calderas.

—Que suba —respondió Sophie, sin levantar la vista de una probeta donde destilaba esencia de almendras amargas—.

El Sena está haciendo nuestro trabajo. Hay cuerpos en los sótanos de la Place de l'Hôtel de Ville que no deberían ser encontrados cuando el agua baje.

El Prefecto de Policía está desesperado.

Dice que si el nivel del río sube diez centímetros más, ciertos archivos de la brigada de costumbres saldrán flotando por las ventanas.

Sophie se levantó y caminó hacia la estantería de seguridad. El sótano estaba envuelto en una niebla de humedad que hacía que el papel del Libro de las Manchas se rizara.

—No nos importa el Prefecto, Marguerite.

El Prefecto tiene hombres que pueden nadar.

Nos importa la señora Lefebvre. Su marido, el ilustre concejal de urbanismo, tiene a cinco costureras encerradas en un taller ilegal bajo el nivel del río.

Ha bloqueado la puerta desde fuera. Quiere que el agua limpie su rastro.

Si mueren ahogadas, dirá que fue una desgracia de la inundación y cobrará el seguro de las máquinas mientras los cuerpos se pudren en el limo.

La justicia de los hombres es una balanza trucada, lector.

Lefebvre era un héroe de la administración pública, un hombre que hablaba de progreso mientras dejaba que las ratas y el agua se encargaran de sus testigos.

Pero no contaba con que una de esas costureras era la hermana de Lucile, nuestra ojos y oídos en el orfanato.

—Prepara la barca, Marguerite. Y trae la caja de los reactivos de contacto. Vamos a enseñarle al señor concejal que hay manchas que no se quitan con agua, sino con fuego químico.

Salir a las calles de París en mil novecientos diez era como navegar por un sueño febril.

El agua reflejaba las farolas eléctricas, creando un espejo deforme de una ciudad que se hundía.

Sophie remaba con fuerza, sus músculos tensos bajo la capa impermeable.

No sentía miedo por la inundación; sentía un asco profundo por la pulcritud con la que los edificios de piedra intentaban ignorar la putrefacción que subía desde sus bases.

Llegaron al edificio de Lefebvre en el Quai de la Rapée.

El agua ya llegaba a la mitad de la puerta principal.

Sophie no entró por ahí. Conocía los conductos de ventilación.

Se deslizó por una rejilla con la agilidad que le había enseñado Madeleine.

Dentro, el sonido era ensordecedor: el rugido del agua filtrándose por las paredes y los gritos ahogados de las mujeres desde el sótano inferior.

Sophie bajó por las tuberías. La cerradura del sótano estaba bloqueada con una barra de hierro soldada. Lefebvre no solo quería que murieran; quería que no hubiera posibilidad de escape.

—¡Apartaos de la puerta! —gritó Sophie, su voz cortando el pánico como un cuchillo.

Sacó un frasco de termita líquida, una mezcla que Madeleine había perfeccionado para abrir cajas fuertes sin hacer ruido.

Vertió el líquido sobre la soldadura. El siseo fue inmediato, un resplandor blanco que iluminó el pasillo inundado.

En diez segundos, la barra de hierro se derritió como mantequilla caliente.

Sophie pateó la puerta y el agua entró a borbotones en la habitación.

Cinco mujeres, empapadas y con el rostro desencajado, salieron atropelladamente.

—Subid a la barca de Marguerite por la ventana trasera —ordenó Sophie—. No hay tiempo para dar las gracias. Si os quedáis aquí, seréis parte del inventario de bajas del concejal.

Cuando las mujeres estuvieron a salvo, Sophie no se marchó. Volvió a subir a la planta noble del edificio. Lefebvre estaba allí, contemplando la subida del río desde su balcón, con una copa de brandy en la mano y la tranquilidad de quien cree que ha borrado su pasado.

Sophie se materializó en la penumbra de su despacho, una mancha de sombra entre las cortinas de terciopelo.

—El agua está subiendo, Monsieur Lefebvre —dijo Sophie, y su voz hizo que el hombre derramara el alcohol sobre su alfombra persa.

—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado? —preguntó él, intentando recuperar una autoridad que ya no tenía.

—Soy la limpiadora. He venido a informarle de que su taller del sótano está vacío.

Las costureras están vivas, y el seguro no va a pagarle ni un franco.

De hecho, mañana el Libro de las Manchas tendrá una entrada muy detallada sobre sus contratos de obra pública y las fundaciones de este edificio, que son tan débiles como su carácter.

Lefebvre intentó abalanzarse sobre ella, pero Sophie era más rápida.

Le golpeó la sien con el pomo de plata del bastón de Madeleine.

El hombre cayó al suelo de rodillas. Sophie no lo mató.

Hubiera sido demasiado fácil. En lugar de eso, sacó un pequeño frasco de nitrato de plata y lo vertió sobre sus manos.

—A partir de ahora, Monsieur, cada vez que la luz del sol toque su piel, sus manos se volverán negras.

Una mancha indeleble que le recordará a las mujeres que intentó ahogar.

Podrá lavarlas, podrá frotar con lejía, pero la marca de la Teinturerie no se quita.

Es una advertencia. Si vuelve a intentar "limpiar" a alguien, la siguiente dosis será en su café.

Sophie salió por la ventana mientras el agua seguía subiendo. Aquella noche, el Sena reclamó muchas cosas, pero no la vida de aquellas cinco mujeres. La Teinturerie se había convertido en algo más que un negocio; era una guerrilla urbana.

De vuelta en la Teinturerie, el sótano estaba inundado hasta la rodilla.

Sophie se sentó en la escalera de madera, con el Libro de las Manchas sobre las piernas, y empezó a escribir la cronología de 1910.

Las páginas estaban húmedas, pero la tinta de hollín se agarraba al papel con una tenacidad feroz.

—Madame —dijo Marguerite, acercándole un trapo seco—, ¿qué pasará si el agua llega a las calderas?

Sophie miró a la niña y sonrió con una amargura que habría hecho temblar a la propia Madeleine.

—Si el agua llega a las calderas, Marguerite, significa que París necesita un baño de vapor. No te preocupes. Nosotras somos las que decidimos cuándo se apaga el fuego.

La inundación bajaría semanas después, dejando lodo y destrucción.

En los bajos fondos, la leyenda de la Teinturerie creció.

Las mujeres de París empezaron a entender que, mientras siguiera encendida una caldera bajo el Passage des Panoramas, no estaban solas ante la crecida de la mierda masculina.

Sophie cerró el libro. La primera década del siglo terminaba y ella estaba lista para frotar hasta que el mundo brillara o se disolviera.

El agua tardó semanas en retirarse del sótano y dejó una costra de lodo negro, un hedor orgánico que ni el cloro podía anular.

Sophie pasaba los días agachada, rascando el limo de las paredes con una espátula de hierro.

Cada centímetro de piedra recuperado era una victoria diminuta contra el desorden de la naturaleza.

Marguerite trabajaba a su lado en silencio, con los dedos agrietados y los ojos fijos en la tarea.

La inundación había sido una purga, pero también una advertencia. París era frágil bajo su armadura de piedra.

Sophie se detuvo un momento y se miró las manos.

Estaban hinchadas, con la piel volviéndose blanca y quebradiza.

Recordó a Madeleine y su desprecio por la debilidad física.

La vieja habría dicho que el agua era solo otro reactivo, uno que servía para medir la resistencia de los materiales.

Y ellas eran el material más duro de la ciudad.

—El concejal Lefebvre ha solicitado un permiso de baja por enfermedad —dijo Marguerite, rompiendo el silencio con una voz que parecía haber sido pulida por la arena—.

Dicen que sus manos se han vuelto negras y que ningún médico de la Facultad sabe explicar por qué.

Dicen que es una maldición del Sena por los cuerpos que el río se llevó.

Sophie permitió que una sombra de sonrisa cruzara su rostro, una expresión que no contenía alegría, sino la satisfacción técnica del artesano.