Chapter 58
CAPÍTULO CUARTO
EL ÁRBOL SAGRADO
Entretanto, Liubomir salió con los santos profetas y los hijos de Dios al cruce del Mundo.
Los cuatro caminos convergían en cruz hacia el centro de aquel cruce, y en cada uno de los caminos, casi al final, se alzaba un querubín enorme que asombraba por su magnificencia.
Entre las cuatro estatuas de querubines se había dispuesto un pozo inmenso, o bastión, que recordaba sobre todo a una antigua alberca circular en cuyo interior chapoteaba el agua y que se llenaba de la luz que descendía de la pirámide de la que era centro.
En la luz y en el agua se bañaba el Árbol de la vida.
Crecía en el centro mismo del recinto y era de una belleza indescriptible.
Al igual que el agua del enorme pozo, él mismo irradiaba luz.
Y los cuatro querubines, situados en los cuatro costados del Árbol de la vida, parecían guardar aquel lugar sagrado.
No hacían falta explicaciones. Liubomir comprendió de inmediato que era ese, ese mismo árbol representado en los frescos del templo.
Se avecinaba algún rito. Todos los que habían venido con Liubomir empezaron a situarse en torno al recinto lleno de agua.
Liubomir dio un paso adelante y quedó inmóvil de admiración.
La luz que descendía de la pirámide y la luz irradiada por el árbol y por el agua se mezclaban y se refractaban ante el niño.
Bajo sus rayos, todo alrededor adquiría otro aspecto.
Todos los que se hallaban en aquella plaza misteriosa, en el cruce del Mundo, todos los que rodeaban la antigua alberca sagrada se transfiguraron y se volvieron semejantes a ángeles.
Sus cuerpos irradiaban luz, sobre sus cabezas aparecían nimbos.
Se transfiguraban todos los que se acercaban al santuario.
Liubomir quedó inmóvil a un brazo de distancia del límite de la luz.
Sentía que algo lo llamaba. No había duda: era la voz tierna y amorosa de la Madre del Todo, la Madre del espíritu.
Liubomir se acercó a los escalones que descendían al pozo y tendió la mano.
Primero los dedos, después la palma y luego el brazo entero se sumergieron en la esfera luminosa.
Al principio Liubomir vio que por sus venas corría sangre azul, y después el brazo se convirtió directamente en fuente de luz.
Y entonces Liubomir dio un paso más adelante y entró en la luz.
Todo siguió igual y cambió al mismo tiempo.
Se encontró dentro del pozo y caminó despacio sobre el agua de la fuente santa hacia el Árbol de la vida.
Al mirarse a sí mismo comprendió que empezaba a brillar igual que brillaban todos los demás.
Hallándose dentro de la luz divina, empezó a oír una música celestial, una sinfonía asombrosa que, siendo modelo de armonía pura, unía a todos entre sí.
Creaba y consagraba una alianza de corazones en la que estos se unían en uno solo para latir y existir en un mismo algoritmo: el algoritmo de la vida.
En un instante Liubomir sintió a todos y comprendió que todos lo sentían a él.
Era una sensación de perfección y un estado de permanencia en armonía absoluta. Se transfiguraba…
Ante Liubomir estaba el Árbol de la vida.
Era él. Liubomir lo sentía con todo el corazón.
Lo había visto en sueños. Era uno con aquel árbol, era parte suya, una rama, un pétalo.
Parecía que su alianza sagrada durase una eternidad.
Y, asumiendo lo que le ocurría como un milagro, Liubomir tendió la mano y tocó el árbol sagrado.
Y en ese mismo segundo fue como si se disolviera en el Universo.
Cada partícula suya se convirtió en parte del Universo, y el Universo lo llenó por dentro y lo disolvió sin dejar resto. Su ser perdió los límites. Estaba en todas partes y en todo.
Fue la liberación tan esperada y la transfiguración espiritual.
Un éxtasis espiritual indescriptible estalló dentro del alma de Liubomir, liberando toda su memoria, toda su historia, toda la existencia de las vidas que había vivido antes.
La alianza del Alma del Todo y de la Esfinge le arrancó de los ojos la cascarilla querida y entrañable, barrió la ilusión mentirosa impuesta por la vida perecedera, sacudió el velo de la cotidianidad y del engaño.
La conciencia se remontó y en el alma cayeron los muros y se derrumbaron las fronteras de la memoria que lo bloqueaban todo, impidiendo ver los verdaderos orígenes del alma.
Fue una clarividencia. Fue aquella misma copa de la sobriedad.
Las ilusiones se disiparon. Todo cambió…
Ahora Liubomir lo recordaba todo. Podía relatar minuto a minuto todas sus vidas pasadas.
Fue una liberación completa. En todos los lugares donde alguna vez había estado su espíritu, ahora estaba también Liubomir mismo.
Un niño pequeño de siete años lo sabía ahora todo.
Recordaba dónde había vivido en sus vidas pasadas, recordaba a todos sus padres, hermanos y hermanas, a sus propios hijos.
Recordaba cómo había muerto y cómo había vuelto a nacer.
Comprendía por qué la providencia de Dios le daba en cada nueva vida unos padres nuevos.
Los recuerdos lo inundaron. Volvía a vivir los momentos más significativos de sus vidas pasadas, echaba de menos a todos aquellos que habían quedado en su corazón, y con cada uno de ellos tenía un vínculo sutil e invisible.
Lo sentía y comprendía que estaban bien y que sin falta volverían a encontrarse.
Desde aquel momento Liubomir ya no era un niño.
Con el regreso de la memoria, su alma alcanzó su edad plena, la edad de un alma madura.
Sumergiéndose en los estratos más profundos de su propia memoria, Liubomir comprendió que el tiempo corría a la velocidad de la luz, pero que a él le daba tiempo a verlo todo.
Ante sus ojos pasaban millones, miles de millones de años del Universo, volando en cuenta atrás hacia el comienzo mismo, hacia su nacimiento.
Y de pronto el tiempo se detuvo. Era el lugar del principio de los principios.
El lugar en el que los dioses creaban el tiempo.
Era el instante prolongado de la concepción del Universo.
Liubomir vio cómo los dioses depositaban en el suelo joven de lo existente la simiente del Árbol de la vida, que prendió y empezó a crecer, dando vida a todo el universo.
Liubomir vio cómo empezaba a derramarse por el Universo una fuerza vital única, que estaba en todas partes y en todo.
Liubomir vio cómo crecía el Árbol de la vida y cómo daba su primer fruto al cosmos primigenio y virginal, animándolo con su sustancia vital.
Liubomir observó cómo venía al mundo la primera Alma del Todo, que vertió en el cosmos transfísico su fuerza vital.
Vio cómo aquella fuerza vital llenaba el Universo entero desde su principio hasta su fin mismo, y vio también cómo surgían las primeras civilizaciones bajo el amparo del Alma del Todo y cómo de ella procedía la vida.
Y en todos los mundos y civilizaciones el Alma del Todo hacía crecer el Árbol de la vida para todas las criaturas vivas.
Liubomir vio miles de millones de planetas vivos y de civilizaciones esparcidas por todo el Universo, en el que bullía la vida.
De pronto el tiempo empezó de nuevo a acelerarse y volvió a volar a una velocidad enloquecida hasta llegar al límite.
Fue como si se interrumpiera en una pausa, tras lo cual pareció volverse del revés y se detuvo.
Era un lugar sin tiempo ni materia, cierto vacío del que Liubomir, con toda su memoria despierta, ni siquiera tenía noticia.
Pero sentía la presencia de alguien en aquel vacío que todo lo abarcaba.
Era él. Ante Liubomir se presentó la Esfinge viva, el Nous mismo, el principio que engendró el cosmos, el Intelecto del mundo, el Logos primordial, progenitor de todas las formas, el que dio inteligencia a todo, Brahman: aquel cuyos nombres eran infinitos, pero al que a todos ellos los unía uno solo: Dios.
—Hola, hijo mío —llenó cada célula del ser de Liubomir una voz maravillosa—.
Estoy aquí para darte algunas llaves con las que deberás cerrar la caja de Pandora.
Ha llegado el momento de detener el mal de una vez y para siempre.
Las demás llaves te ayudarán a encontrarlas tus hermanos.
Será la misión principal de toda tu vida.
Para eso fuiste creado. En eso consistes tú entero.
Mis hijos te ayudarán con ello; todos están a tu lado, confía en ellos.
Vosotros sois mi alegría, vosotros sois mi verdad, vosotros sois mi vida.
Y de nuevo…
—Vosotros sois mi alegría, vosotros sois mi verdad, vosotros sois mi vida… Vosotros sois mi alegría, vosotros sois mi verdad, vosotros sois mi vida…
Aquellas palabras se repetían y, con cada repetición, recordaban cada vez más a un eco. Se alejaban y se alejaban, llegaban cada vez más tenues: «…alegría, verdad, vida, alegría, verdad, vida…».
Liubomir abrió los ojos. Al principio ante sus ojos solo hubo luz, que venía de la cúpula de la pirámide del templo.
Después pareció aparecer una sombra, una imagen borrosa que a cada instante se hacía más nítida, hasta que se aclararon los contornos de un rostro.
Era el rostro de Jesucristo, que se inclinaba sobre Liubomir y le sostenía la cabeza.
Liubomir comprendió que, por alguna razón, estaba tendido en el agua y que a su alrededor estaban sus amigos. Lo levantaron y lo tomaron en brazos.
—No te preocupes, Liubomir —sonrió Jesús—. Todo está bien. Simplemente perdiste el sentido y hemos venido a ayudarte. En cuanto tocaste el Árbol de la vida, caíste al instante. Algo así no había ocurrido aquí en muchos miles de años. Y he aquí que ha sucedido…
El corazón de Liubomir latía con tal fuerza que parecía querer salírsele del pecho.
Colmado de emociones por lo vivido y lo visto, Liubomir pidió que lo pusieran de pie, pero, cuando miró hacia abajo, comprendió que seguía flotando en el aire.
¡Levitaba! Quedó suspendido sobre el agua y, al parecer, le obedecían todas las fuerzas de la naturaleza.
Sin volver a tocar el agua, salió del pozo, descendió a tierra y se acercó a los habitantes de la ciudad sagrada que estaban alrededor.
Un instante después empezó a hablar y, en el silencio que se hizo en torno, la voz de Liubomir no solo era sonora y melodiosa: sus vibraciones emitían luz.
—Lo he visto. Era Dios, y habló conmigo.
Ha llegado el momento de cerrar la caja de Pandora.
Hay que sellar las tablas de la vida y de la muerte con siete llaves.
Sellarlas para siempre; ha llegado el momento.
Dios me ha dado tres llaves; las otras cuatro hay que encontrarlas. Se lo ruego, ayúdenme en esto.
Jesucristo miró al profeta Mahoma. Mahoma miró a Buda Shakyamuni.
Buda Shakyamuni miró a Moisés. Moisés miró a Krishna; Krishna, a los que estaban cerca.
En el cruce del Mundo había más de cien grandes mesías y profetas de la humanidad.
Ahora, en su presencia, ocurría aquello que todos habían esperado tanto tiempo y por lo cual se hallaban en la tierra santa. Había llegado el momento de actuar.