Chapter 26
CAPÍTULO SEXTO
LAS HONDURAS DEL CORAZÓN
El Diablo calló, pero su monólogo siguió resonando.
«Dios me privó de todo. Me privó de lo más querido que tenía: la eternidad. Me cortó de la fuente de la vida eterna, y me convertí en un ladrón.
»Tuve que robar el humor vivificante por todos los medios posibles.
Precisamente por eso mordí a Adán. No porque fuera pérfido y espantoso, no.
Sencillamente necesitaba sobrevivir. Mi elección determinó mi camino.
No podía ser de otro modo. Pero comprendía que aquellos corazones humanos que yo tocaba eran tan puros únicamente porque llevaban dentro el vínculo con Dios y con la naturaleza misma.
El alma en estado puro es el instrumento más perfecto del Universo.
Sus membranas están unidas por un hilo sutil a lo Supremo.
Y yo rompía brutalmente esos hilos para sobrevivir.
Para captar aunque fuera un eco de ese vínculo.
Para exprimir la savia de la vida y alimentar mi mundo, mi infierno.
Dios me privó de todo, y lo único que me quedaba era chupar la vida, el maná del cielo, de los corazones vivos.
Vivo mientras lo hago, y mientras tanto existe lo que he creado.
Y así será hasta la consumación de los siglos.
Mientras yo esté en el infierno, el infierno me pertenece.
No se lo puede borrar. Todo debe llegar a su fin.
Mientras no llegue el fin de los tiempos, hay tiempo.
Mientras no se apague el sol, tengo una oportunidad.
Y sin embargo Jesús fue convincente. Se mire como se mire, tiene razón: el camino a la eternidad es uno solo.
Y en mi corazón todavía hay fe y amor; siempre estuvieron ahí, solo que yo procuraba olvidarlos.
Los escondí en las honduras más profundas del corazón, los encerré en estancias inexpugnables, los cerré con siete cerrojos y siete sellos.
Ha llegado el momento de romper los sellos y de sacar aquello que he destruido durante todos estos años.
Ojalá no se hayan oxidado los cerrojos. Ojalá las llaves de esos cerrojos no estén malditas. De lo contrario todo será tarde…»
Entretanto, su camino llegó a su fin. El Diablo se detuvo ante las puertas de la prisión de Adán.
—Hemos llegado —dijo el Diablo dirigiéndose a Cristo—. Ahí lo tienes: Adán, la corona de la creación de Dios.
Jesús se detuvo en el umbral y se dirigió al cautivo:
—He venido a lavarte de la sangre y a librarte del pecado original, Adán.
Desde ahora tu naturaleza es pura. Ven conmigo.
Has estado demasiado tiempo desterrado de la bienaventuranza de Dios.
Levántate, atlante. Te esperan tu esposa y tus hijos.
La tierra prometida os espera a todos desde hace demasiado.
Adán tendió la mano, se puso en pie y miró a los ojos de su salvador.
Eran los ojos en los que Adán había esperado mirar durante miles de años.
Estaban llenos de lágrimas, pero su entereza tampoco tenía límite.
Era un monolito en el que se endurecían todo el dolor y toda la fe humanos.
No hay palabras para expresar la fuerza que sintió Adán.
Percibió un poderío inmenso que había atravesado los muros del infierno, y la luz celeste que penetraba por la brecha.
Y aquella luz lo iluminó de la cabeza a los pies.
Impregnado de aquella luz, Adán sintió una ligereza inaudita.
En un instante desapareció todo: el dolor, los tormentos, los sufrimientos; todo aquello se quedó en el infierno.
Adán sintió su antigua fuerza de atlante, se llenó de serenidad y de armonía, sintió un amor sin límites.
Y vio que ante él se abrían tierras asombrosas.
Era una tierra nueva, un cielo nuevo y una ciudad santa nueva.
Adán caminaba por un sendero en torno al cual rebosaba de vida una belleza paradisíaca y prodigiosa.
Al borde del sendero estaba su esposa Eva.
Estaba hermosa. Él la recordaba precisamente así, joven e inmaculada, y precisamente así quería verla.
Un poco más allá estaba su hijo Abel y muchos otros hijos e hijas suyos.
Detrás de ellos estaban su padre y su madre.
Lo recibían los atlantes. Aquello era el paraíso, aquello era la tierra prometida, y resultó ser mucho más hermosa que la Atlántida celeste de la que en otro tiempo le hablaba a su hijo.
Después de que las almas salvadas de los justos ascendieran junto con Cristo, el infierno quedó vacío.
El Diablo se quedó solo con sus engendros infernales.
Con aquellos a los que le resultaba menos interesante atormentar.
Con aquellos en quienes no vibraba el hilo de un corazón vivo, a través del cual se podía beber y extraer la gracia del Árbol de la Vida.
El Señor privó al Diablo de su fuerza, pero este tenía en reserva miles de ardides. Lo sabía y se preparaba. Y ese momento llegó. Comenzó una era nueva: la última era, la del día del Juicio.