Chapter 24
CAPÍTULO CUARTO
EL LIbrE ALBEDRÍO
Jesús no respondió, y el Diablo siguió perorando:
—¡Fíjate! Bastó con conceder libertad de voluntad para que cayeran tanto los ángeles del cielo como los hombres creados a semejanza de Dios.
Su ser, su naturaleza lo quería. No a todos les atrae la vida santa; a algunos les gusta mucho su imperfección, con el caos, los vicios, las pasiones, la lujuria e incluso el barro.
Sin todo eso el Universo no existiría; sobre eso se sostiene el universo.
Los que eligieron la imperfección son la corona de esta vida.
Mis hijos, a los que amo, mis hermanos de sangre.
¿Crees que los ángeles no darían su eternidad por una sola vida en la tierra?
No puedes imaginar cuántos hay aquí. ¡Un tercio de los ángeles se marcharon de Dios conmigo!
—el Diablo prestó oído al eco que retumbaba y sonrió—.
¿A quién le hace falta tu eternidad? El libre albedrío está precisamente en la libertad de elegir.
Y si existe, entonces todo se puede. Fíjate bien.
En este universo todo se puede. ¡Bienvenido!
¡Solo aquí te encontrarás a ti mismo en toda tu plenitud!
¡Solo aquí podrás vivir como tu alma desee!
¿No es eso el paraíso? Nadie está sometido a nadie; libertad completa.
Ni fronteras, ni reglas, ni condenas. Aquí un ángel puede vivir con quien quiera.
Aquí se entrelazan las almas puras con las almas que yo he criado, y todos viven felices y comen perdices.
¡Puedo crear todo lo que desees! ¡Te daré todo, vive como te apetezca! ¡Mora en la verdadera bienaventuranza!
—¿La verdadera bienaventuranza en el infierno?
—preguntó Jesús—. Otro extravío más. Dios permitió el libre albedrío, pero tú lo torciste y lo pervertiste.
Fue creado para otra cosa. Existía como prenda de desarrollo y de crecimiento, para que cada cual pudiera elevarse.
Para que el alma pudiera hacerse semejante a Dios.
Eso no significa que el hombre pueda igualarse a Dios y tenga derecho a una elección divina; no.
El libre albedrío supone responsabilidad.
Te concede espacio, pero también te mantiene dentro de unos límites.
Si estás con Dios, su infinitud se convierte en tu infinitud.
Si estás contra Dios, tu infinitud se convierte en abismo.
Yo no me considero esclavo de Dios; soy su Hijo, pero preferiría ser esclavo y no tener libre albedrío antes que quebrantar la ley de la vida.
Antes que ir contra el amor. Tú, Diablo, no puedes entenderlo.
¿Puedes imaginar qué sutil es la materia en la que va envuelto el verdadero libre albedrío?
¿Puedes imaginar lo que es no traspasar la línea porque no se puede traicionar con el corazón?
¿Puedes imaginar lo que es la perfección?
No, porque tú eres por naturaleza un traidor.
Caído no porque fueras expulsado, sino expulsado porque habías caído. Acéptalo como es debido.
Jesús captó la mirada del Diablo, ardiente de odio, y continuó:
—No confundas el libre albedrío con el todo vale.
La línea que no puedo traspasar no me limita: me protege.
Hay verdades que no se pueden traicionar porque son parte de ti.
Pero tú no eres de esa arcilla; estamos hechos de masas distintas.
Mi libre albedrío está siempre conmigo; el tuyo está pisoteado y violado.
Lo has trastocado todo como te convenía.
Quieres que todos crean en aquello que tú mismo llamas verdad.
No vale nada, y tu miedo se explica porque lo sabes.
Pero aún temes más a los que también lo saben.
A los que son como yo. Siempre supiste dónde está la fuerza del universo, dónde está la fuerza de la naturaleza verdadera, y, al no poseer esa fuerza, creaste tu miserable universo, te enorgulleciste de ello y lo presentas como algo asombroso.
¡Qué ingenuo eres! Espero que ya hayas comprendido quién soy.
No me ofrezcas nada más, pero óyeme. Nuestra conversación quedará impresa en el Libro de la Providencia.
Dios me ha enviado a mí, su Hijo. Tú no fuiste más que un querubín y no conoces a sus hijos, pero debes saber qué fuerza poseen.
Recordarás esta conversación hasta el fin de tus días.
Por eso te lo pido por última vez: arrepiéntete.
—¿Arrepentirme? —se rio el Diablo—. He vivido como quise.
He creado el mundo que deseaba crear. Soy el único que se atrevió a oponerse a Dios.
Soy aquel a quien se recordará eternamente.
Se recordará al que tuvo agallas de hierro, al que no conoció el miedo.
Nadie se compara conmigo. No hay ni volverá a haber nadie como yo.
A los que son como yo no se los puede borrar del Libro de la Vida.
La memoria de mí atravesará milenios y hará temblar los cielos.
Reza por mí, Cristo, pero sabe que no cambiaré jamás y que, si tuviera la oportunidad de empezar todo de nuevo, sería aún más espantoso.
¿No está en eso mi esencia y mi naturaleza? ¿Te he entendido bien?
—Lamento que no creas en ti mismo —dijo Jesús.
—¿De qué fe hablas? —se asombró el Diablo—.
¿De veras crees que tengo alguna oportunidad de cambiar algo?
¿De veras crees que se aceptaría mi arrepentimiento?
¿De veras admites que Dios me perdone por todo lo que le he hecho a este mundo?
He arrancado corazones a recién nacidos.
He destruido millones sin el menor remordimiento.
He segado naciones y generaciones. He enviado guerras, peste y cólera.
¡Me he divertido! ¡Lo he cubierto todo de sangre!
He inundado con ella los cielos. ¡Yo soy la muerte!
Sobre mi conciencia pesan todas las muertes.
La sangre que gotea de mis manos podría llenar un océano.
Todos los horrores han procedido de mí. ¿Crees que hay perdón para mí?
El Diablo abrió los brazos y, con sorna, hizo una reverencia.
—Reza por mí y vete, Jesús. No te tentaré más.
Pero pregúntale a Dios si puedo pedirle, por mi ayuda, tan solo una oportunidad.
Al fin y al cabo, fui yo quien, bajo la apariencia de ángel de luz, tentaba a los justos y a los profetas, a todas las almas de Dios.
¡Yo las ponía a prueba! ¡Y lo hacía mejor que nadie!
¿Quién sino yo podía comprobar la fidelidad de los ángeles, su fe en Dios?
¿Se me tendrá en cuenta ese trabajo tan duro?
—¿Pides gratitud? —repitió Jesús—. ¿Tú, que fuiste su diestra, el querubín que estaba a la derecha de Dios?
¿Tú, que estabas al frente de los ángeles, el más inteligente, el más fuerte, el más hermoso?
¿Tú, que caíste solo porque te consideraste merecedor de más?
¿Tú, a quien cegó tu propia soberbia y que todavía no te has curado de esa ceguera?
¿Tú, que fuiste contra la naturaleza misma de lo divino?
¿De veras crees que quedará impune lo que has hecho?
¿O esperabas otro desenlace? ¿Para qué necesitabas aquel derramamiento de sangre?
¿Qué brillo te atrajo hacia la traición?
¿Querías ser semejante al Altísimo? Pero ¿creías de verdad en ello?
Lograste convencer a un tercio de los ángeles de Dios y levantarlos contra la verdad suprema, contra una ley que era perfecta y estaba en armonía con la vida misma.
¿Caíste porque no podías dejar de caer, o realmente te parecía que, al precipitarte al abismo, te elevabas por encima de los cielos?
¿Cómo pudiste dudar de la verdad? ¿Quizá también consideras casual tu derrota, el que tu espíritu rebelde fuera precipitado por el arcángel Miguel a las tinieblas del infierno?
¿Callas? He venido a restaurar lo destruido.
Yo no tengo tu falla. Mi naturaleza es pura. Y pronto te convencerás de ello.
—No todas las leyes eran perfectas —se encogió de hombros el Diablo—. No todos los encargos de Dios eran ideales. No todas las verdades son impecables. Yo podía haberlo arreglado y organizado todo mucho mejor de lo que estaba organizado. ¿Y qué obtuve?
—Pero no fuiste destruido —observó Jesús—.
Se te asignó tu infierno pero, incluso estando en el infierno, lograste seducir a Adán y sigues seduciendo a los hombres, a los ángeles, a los cielos y al propio Dios.
Aunque sabes que del infierno no tienes salida, salvo hacia la gehena de fuego.
Y eso es la muerte. A mí tu infierno no me retendrá.
Sacaré de él a todos los mártires, a los justos, a todos los que merecen la salvación. Su infierno no es eterno.
—¿Y tú crees, seguramente, que puedes bajar al infierno y salir de aquí vivo?
—se asombró el Diablo—. ¿Salir de mi reino, de mi guarida?
Me temo que te equivocas. Nadie ha salido de ahí vivo todavía.
Solo lo haré yo. Y cuando llegue el momento saldré del infierno y sacaré a todos mis guerreros fieles.
Ya queda poco: otro milenio está tocando a su fin.
¡Y entonces mostraré lo que quería! Mostraré cómo debe organizarse todo. Entonces todo será distinto.
—El error no es pecado —dijo Jesús—. Sufrimos y morimos por nuestros errores.
Pero con el camino no se puede errar. En cada bifurcación nos aguarda una elección: o ir por el camino del corazón, o encaminarse a la gehena de fuego.
Si pudiéramos ver el final de nuestro camino comprenderíamos, seguramente, que el camino del corazón y del amor no tiene fin.
Y donde hay infinitud, hay eternidad. En el infierno, en cambio, hay eternidad sin infinitud.
¡Qué sencilla es la verdad y qué difícil es comprenderla!
Recuerda: nadie quiso que te ocurriera lo que te ocurrió.
—¿Nadie lo quiso? —se rio el Diablo—. Lo dudo.
¿O acaso tú estás dispuesto a aceptar que Dios pudo crear el mundo y al hombre previendo su caída?
¿O el infierno era también designio suyo?
¿Cómo pudo un Dios perfecto no preverlo?
¿O acaso la creación resultó tener una falla por casualidad?
¿No está claro que todo estaba decidido de antemano?
Mi infierno es el contrario de la vida, como el reverso de una moneda.
¿De qué límites me hablas? ¿Todavía no has comprendido lo que eso significa?
Un Dios que permite conscientemente el caos y los tormentos infernales no puede ser Dios de ningún modo.
Es pecador, igual que yo. ¡Soy su imagen y su semejanza! ¡Su verdad es su mentira!
Y de nuevo Jesús no le respondió nada al Diablo.
—Razonemos —continuó este—. Sabes cómo cayó Adán y cuál fue la causa.
Olvida mi tentación. Dime: ¿por qué el Árbol del conocimiento del bien y del mal fue plantado tan cerca del Árbol de la Vida?
¿Para qué colocar una planta tan peligrosa en un lugar perfecto?
¿O es que sin él el jardín del Edén habría parecido menos frondoso?
¿Para qué había que hacer crecer en el corazón mismo del jardín la causa futura de la caída?
Para demostrar que la perfección es imposible.
Que todo palo tiene dos extremos. Que la naturaleza es dual e imperfecta.
Imagina que en el paraíso no hubiera existido ese árbol.
Que Adán no hubiera pecado. ¡Con todos mis designios, yo no habría podido acercarme a él!
Adán, a imagen y semejanza, se habría convertido en Dios, ¡y cuántos jardines paradisíacos como aquel habría podido crear el Señor!
¡Y en ninguno de ellos habría falla alguna!
Pero no: el Árbol del conocimiento del bien y del mal tenía que tener su lugar en aquel paraíso.
Y eso solo podía significar una cosa: que tarde o temprano, aunque fuera al cabo de mil años, cuando el paraíso se hubiera llenado de multitud de personas, un buen día la manzana sería arrancada de la rama.
Era solo cuestión de tiempo. A la caja de Pandora le estaba destinado abrirse.
Así que el designio es evidente. Y el hombre no era tan perfecto como para ignorarlo.
»Mientras exista la prohibición existirá también el fruto que atrae.
Sí, huele a muerte, pero la curiosidad es más fuerte que cualquier olor.
Así es la naturaleza, y solo por eso estamos aquí frente a frente, y siempre lo estaremos, porque contra cada Hijo de Dios hay un Hijo de Dios rechazado.
Vuestro paraíso es una ilusión, y yo entiendo de ilusiones.
Si no hay mundo sin falla, tampoco hay un Altísimo impecable que sea su Creador.
Temedme, porque me hago más fuerte cada día.
Y en mi maldad no hay ni una sola falla.
—Nadie teme tu fuerza —respondió Jesús—.
Ni en los cielos ni en la tierra. En cada nacido, en cada alma, hay capacidad para la hazaña; eso viene de Dios, y eso no podrás quitarlo.
En las honduras de cada corazón hay una fuerza capaz de mover montañas.
Capaz de fundir tu infierno como un trozo de plomo.
¿O has olvidado que el hombre fue creado a semejanza de Dios?
Que sea pecador y que haya sido enviado a la tierra no significa aún que esté privado de esa semejanza.
¿O acaso no perdías cada vez que te enfrentabas a la entereza del espíritu?
¿Cuántos miles de veces has sufrido una derrota?
Exactamente tantas como veces te enfrentaste al amor que llena los corazones sacrificiales.
El hombre pecador puede arrancar de sí las raíces del mal, alzarse como un ángel santo con toda la fuerza del Señor y morir por todos sin dudar un instante.
No tiene precio el sacrificio santo de aquellos grandes mártires que depositaron sus corazones sobre el altar en nombre del amor grande, eterno y sin pecado.
¿Cuántos hubo que te retorcieron, que te partieron el espinazo?
¿Cuántos hubo sobre los que no tuviste poder?
Ellos estarán siempre conmigo. Dios les dará espadas de fuego para que acaben con tu horda y con tu inmundicia.
Y después de aquella batalla restauraré la cadena de la vida.
La haré indisoluble. Arrancaré tu dualidad de esta naturaleza.
Y el universo adquirirá otro aspecto. No habrá causa, y por tanto tampoco habrá efecto.
Daré a todos una paz eterna. Manifestaré al mundo la tierra prometida. Pero tú no lo verás.
Jesús calló un instante, pero enseguida continuó:
—Nuestra conversación ha llegado a su fin. Hace mucho que se puso el sol y en el cielo se ve mi estrella preferida. Y tu luna está ya alta; pronto su luz envolverá estas tierras. Me voy, tengo que regresar. Me espera el Gólgota. Debo cumplir lo debido.