Chapter 12 #2
»Primero pensaron celebrar el rito nupcial, que exigía una preparación minuciosa.
Durante varios años lunares, Adán y Eva fueron alcanzando la armonía.
Llenaron sus almas de sosiego y de firmeza.
Al final empezaron a ver en sus sueños la imagen de su hijo futuro, lo que les colmaba de una felicidad añadida.
Tanto Adán como Eva sentían que el día feliz estaba cerca.
La concepción debía producirse cuando ambos alcanzaran un estado del alma particular.
El rito de la obtención de la mónada divina había sido el sacramento más sagrado de su vida anterior, y ahora tampoco había nada más importante.
»Cuando llegó aquel día, Eva estaba hermosa.
Resplandecía como resplandecen los arcángeles.
Su estado de alma era imposible de describir con palabras.
Bailaba, y aquella danza completaba su belleza y su gracia.
En aquella danza estaba su vida entera. Adán se le acercó y empezaron a bailar juntos.
Se entretejían en un solo cuerpo y quedaban inmóviles en un éxtasis del alma.
La corriente de luz que creaba su danza atravesaba con su fuerza los cielos.
Parecía que se hubieran convertido en dos soles capaces de calcinar todo alrededor.
Su amor no era simplemente milagroso: no había nada más fuerte que él, y la concepción se cumplió.
Eva sintió al hijo futuro desde el primer segundo. Se sintió madre.
»El resto de la noche Adán y Eva durmieron un sueño largo y profundo. Les parecía haber perdido la mitad de toda su fuerza vital. Y con todo, fue el sueño más dulce de su vida difícil.
»Al despertar por la mañana, oraron a los dioses.
Los atlantes eran conscientes de que su unión estaba llena de una responsabilidad enorme ante las generaciones venideras de quienes vivirían en aquella tierra.
Su presencia allí no podía ser un acontecimiento casual, y sentían que formaban parte de la providencia de Dios.
»Pero Satanás tenía sus propios planes. También él esperaba el momento de la concepción, pues había preparado para él una de sus armas más pérfidas: el ego humano.
Estaba dispuesto y aguardaba su hora para introducirse en la mónada humana.
El ego debía cambiar la naturaleza humana.
Los hijos de los dioses recibían su suerte mortal al mezclar el principio divino con el terrenal.
Así debía cumplirse el ansiado milagro diabólico, la catarsis que tanto esperaba Satanás.
Y cuando la mónada fue obtenida, Satanás, sin demorarse un segundo, sembró la simiente espantosa en un suelo propicio.
Lo terrible se había consumado. Ahora su ego estaba unido a la naturaleza divina de Adán y de Eva.
Solo quedaba esperar a ver cómo arraigaba y cuáles serían sus frutos.
»Desde el momento mismo de la concepción, al sentirse madre, Eva empezó a cambiar.
Fue como si se le activara un mecanismo natural de defensa.
Sin sospecharlo siquiera, hacía cosas que antes nunca había hecho.
Los instintos maternos empezaron a gobernarla.
Eva se volvió más cautelosa, más receptiva.
Sus sentidos se agudizaron; todo lo que ocurría con ella y a su alrededor empezó a tomárselo muy a pecho.
Adán advertía esos cambios. Sabía que la naturaleza femenina había sido siempre más emocional que la masculina.
Comprendía que la naturaleza de la mujer había estado siempre más cerca del Alma del Todo.
Dios había creado el Universo con una naturaleza dual, y era precisamente la unión de esas naturalezas la que engendraba la vida.
El principio femenino había sido siempre más sensible, mientras que el masculino se ocupaba más de la lógica y del pensamiento.
Solo el impulso sempiterno de la vida, el principio vivificante mismo, contenía en sí ambos principios, y era eso precisamente a lo que aspiraban los dioses.
Era eso lo que creaba, según su medida, el paraíso.
Adán lo sabía por los manuscritos sobre el ser de los dioses y la creación del mundo, en cuya traducción había empleado una cantidad enorme de tiempo.
Meditando sobre esto, Adán observaba a Eva y veía que a veces se comportaba de un modo insólito.
»Entretanto Adán y Eva seguían llevando una vida tranquila.
Trabajaban juntos, abrían senderos entre los árboles, disponían canales para regar los campos y los huertos que habían creado.
Recogían los frutos maduros que habían cultivado para aplacar el hambre que los atormentaba.
Aquello que no habían conocido en la Atlántida se convertía poco a poco en su vida cotidiana.
Su fuerza vital, su juventud eterna, ya no les estaban garantizadas.
»Pasó el tiempo, y Eva advirtió que ya era el segundo ciclo lunar en que sus entrañas no sangraban.
No cabía duda: estaba embarazada. Ya lo había sentido antes, pero ahora tenía una confirmación directa.
Llena de una alegría enorme, corrió hacia Adán para compartir la noticia con él.
Él trabajaba en el bosque, labrando el tronco de un árbol con una piedra afilada.
Mientras corría hacia su amado, Eva le gritó:
»—¡Adán! ¡El milagro se ha cumplido, vamos a tener un hijo! ¡Los dioses se han apiadado de nosotros!
»Era feliz. En su vientre había vida. Una criatura diminuta que germinaba como una flor prodigiosa y frágil.
Adán, de alegría, la levantó en brazos y empezó a dar vueltas con ella.
Los dos se reían y se alegraban como niños pequeños.
En verdad fue el momento de su felicidad verdadera.
La naturaleza los había obsequiado, y ellos le estaban locamente agradecidos.
»—Sangre mía —susurraba Adán, estrechando a Eva contra sí—. Mitad mía indivisible, enviada desde el paraíso para pasar conmigo la eternidad. Has hecho un gran sacrificio en nombre de los dos. Y yo lo valoro. Serás la mejor de las madres. Tu seno es sagrado.
»Poniendo a Eva de pie, Adán se arrodilló y le tocó el vientre. Sintió el calor e intentó imaginarse la sensación de la vida que se engendraba dentro y que Eva estaba experimentando. Era feliz.