Chapter 11
CAPÍTULO SEGUNDO
TIERRA EXTRAÑA
»Al cabo de unos meses, Adán y Eva habían dejado de parecerse a los atlantes de antes.
La preocupación constante por el sustento y el trabajo penoso de intentar organizar una vida miserable extenuaban a los desdichados.
Sus cuerpos maltrechos despedían un olor desagradable.
La ablución diaria se convirtió en un rito para ellos.
Cada mañana y cada tarde se metían entre las olas del océano para lavarse la suciedad, pero el olor parecía imposible de eliminar.
En su vida todo había cambiado. Habían conocido lo que son el frío, los vientos, las lluvias.
Ahora, en lugar de llorar la abundancia perdida, pensaban en cómo encontrar refugio para la noche, cómo procurarse un techo, dónde conseguir ropa de abrigo.
»Al segundo día de estancia en tierra extraña, Adán y Eva se pusieron a construir su primera vivienda.
Ya tenían material suficiente: todo lo que habían logrado pescar del agua servía.
Eva se apoyaba en Adán para todo. Él poseía un gran saber e intentaba aplicarlo a las leyes de la naturaleza salvaje que ahora los rodeaba.
En cualquier caso, se representaba con claridad cómo debía ser su cabaña.
»Ante todo, buscaron con Eva un lugar donde construir.
La elección recayó en una explanada seca de tierra fértil, situada ni demasiado lejos ni demasiado cerca de las olas peligrosas del océano y de la línea de la marea.
Empezó el trabajo duro de levantar la casa.
Adán ideaba diversos mecanismos para alzar las vigas pesadas, labraba la piedra con maña y reforzaba con ella los cimientos, pero tanto a él como a Eva les resultaba igualmente difícil.
Al cabo de unas semanas su primera choza estaba levantada.
En una orilla desierta y salvaje, en un jirón de tierra sin cultivar, apareció una casa hecha con trozos de la Atlántida destruida, con las ruinas de la cultura más antigua, con los restos de una civilización que en otro tiempo se comunicaba directamente con los dioses, con la naturaleza viva, con el Alma del Todo.
Cuánto echaban en falta todo aquello… Su primera casa se convirtió en un recordatorio de aquella grandeza que se había ido sin remedio.
Se convirtió en un tributo a una cultura desaparecida.
»De pronto llegó el otoño. Por el aumento del frío, Adán y Eva comprendieron que los días cálidos habían terminado y que los aguardaban tiempos duros.
Los atlantes empezaron a enfermar. Los rasguños de sus manos y de sus pies tardaban en cerrarse, supuraban, la sangre manaba largo rato de las heridas sin coagularse, las ampollas de las palmas reventaban, las articulaciones dolían y no los dejaban dormir.
Ni Adán ni Eva sabían cómo curar una herida ni cómo librarse de un absceso.
En la Atlántida no habían tenido que enfrentarse a nada semejante.
Allí no existía nada que pudiera causarles daño.
Sus cuerpos estaban protegidos y no conocían el dolor.
Aquí, en cambio, la naturaleza, que antes era su protectora, se les mostraba por otro lado.
»Para ellos todo empezaba desde el principio.
La tierra no era allí tan fértil como en la Atlántida, y las plantas del lugar no los mimaban con frutos prodigiosos; por eso a los antiguos atlantes no los abandonaba una sensación permanente de hambre.
También esa sensación era nueva; en sus vientres nacían ruidos insólitos, los estómagos de los antiguos atlantes dolían sin descanso.
Todo lo que Adán y Eva veían a su alrededor lo evaluaban de inmediato según su aptitud para el alimento.
Todo eso los hacía parecerse a los animales.
Era como si en ellos hubiera despertado el instinto de supervivencia, como si diera señales de sí un sentimiento que el propio Satanás había depositado en la naturaleza.
Así llamó Adán a aquel que, según suponía, había salido de la caja de Pandora y había destruido su mundo.
»Si Adán hubiera sabido cuán cerca estaba de comprender lo ocurrido…
Pero estaba demasiado ocupado en procurar sustento para él y para Eva como para hundirse en el trasfondo de lo existente.
Y Satanás no dormía. Como primera arma e instrumento suyo tomó a unas criaturas de instintos atroces que, según su plan, debían apoderarse del dominio sobre la naturaleza.
Criadas en el infierno, las envió a la tierra para que fueran los reyes de lo existente, los soberanos de un mundo sobre el cual, según suponía Satanás, Dios había perdido su fuerza.
Y algunas de aquellas criaturas empezaron a aparecer no lejos de la primera vivienda de Adán y Eva.
»Eran animales que la Atlántida no había conocido.
En el cielo, sobre la orilla que se había convertido en refugio de Adán y Eva, planeaban los buitres; en la maleza de los alrededores acechaban las fieras; en las grietas entre las piedras bullían escorpiones, serpientes, lagartos y otros reptiles.
En las aguas costeras cruzaban como sombras siniestras tiburones y pirañas.
En el aire zumbaban las moscas. Y todo aquello era solo una parte del cuadro general.
La tierra entera se llenaba de criaturas repugnantes que sobrevivían matando y devorando la carne de sus víctimas.
Para los atlantes aquello resultaba monstruoso.
Una y otra vez, al contemplar escenas espantosas, Adán volvía a los pensamientos sobre la caja de Pandora.
Solo ella podía haber dado vida a semejantes seres, porque para ellos aquel medio salvaje parecía un mundo natural.
No era casualidad que hubiera cada vez más de ellos en los alrededores.
»La vegetación cambiaba más despacio, pero también allí advertía Adán transformaciones.
Por la tierra empezaron a extenderse las malas hierbas, los árboles esbeltos quedaban envueltos por lianas parásitas, los arbustos se vestían de espinas y de sus grietas manaba una savia venenosa.
Toda aquella maleza abrazaba y ahogaba las plantas a las que Adán y Eva habían llegado a acostumbrarse.
Se extendía por los campos y ahogaba los cultivos que los atlantes intentaban trabajar.
Las raíces de las malas hierbas penetraban hondo en la tierra y privaban a las plantas fructíferas de las aguas subterráneas.
Cultivar algo en el campo labrado les resultaba a Adán y Eva cada vez más difícil.
Su huerto, en el que criaban árboles frutales del lugar, y su hortal, donde maduraban remedos lastimosos de los cultivos de la Atlántida, exigían cada vez más tiempo.
Pero los atlantes iban olvidando poco a poco el sabor de aquellos frutos de los que disfrutaban en su patria.
Los frutos de allí no admitían comparación, pero solo ellos servían de fuente de fuerza para los atlantes, y había que protegerlos.
»Entretanto los sembrados sufrían los estragos de las criaturas de los alrededores.
Los animales enloquecían de hambre, se comían todo lo que se les ponía delante, se atacaban entre sí devorando a los más débiles e intentaban incluso agredir a Adán y a Eva.
Los atlantes tenían que defenderse de ellos.
Adán llegó a fabricar una lanza enorme para espantar a los depredadores.
Pero no era solo eso lo que lo inquietaba.
»Poco a poco, Adán empezó a advertir que algo cambiaba en la naturaleza del hombre mismo.
En su propia cabeza sucedía algo extraño.
Le parecía que se le hubiera instalado dentro una especie de gusano.
Aquella sensación era apenas perceptible, pero Adán era un sabio filósofo de la Atlántida y empezó a buscar una interpretación de sus propias sensaciones, a intentar comprender su naturaleza y la causa de su aparición.
Distinguía los sentimientos provocados en él por el instinto natural: esos podía entenderlos y controlarlos; pero no lograba comprender la naturaleza de aquellos gusanos que percibía con el espíritu.
De aquellas malas hierbas que trataban de germinar en su mente, en su corazón y en su alma.
»En cierto momento, Adán comenzó a sentir algo semejante a un agujero negro en la cabeza.
Le parecía que alguien hubiera tendido un portal hasta su ser.
Que hubiera atado su alma a la caja de Pandora.
Que se hubiera estirado con cuerpo de serpiente y se hubiera convertido en un puente espantoso por el que llegaba hasta él lo que le era ajeno.
Adán se resistía a aquella corriente, porque pensaba que él mismo podía derrumbarse igual que se derrumbó la Atlántida.
Le parecía ser el último bastión de la civilización desaparecida y que, si él caía, se lanzaría sobre la tierra la hueste entera de la caja de Pandora y ya no habría salvación para nadie.
Una y otra vez volvía con el pensamiento a lo sucedido y, por las noches, al dormirse, pensaba que había que expulsar todas las simientes inmundas que se filtraban en su suelo y arrancar todos los brotes que echaban raíces en él.
Había que cerrar, había que sellar la caja de Pandora, como habían hecho los dioses, por los siglos de los siglos.
Al fin y al cabo, ellos lo habían conseguido de algún modo.
Y Adán conocía las llaves con las que se habían sellado las tablas de la vida y de la muerte.
»Al mismo tiempo, Eva soñaba que caía en un abismo oscuro.
La soledad se apoderaba de ella. Le parecía estar sola en el planeta entero y que la naturaleza misma —el Alma del Todo— luchaba por su alma, partiéndola en dos.
Como si la escardara, arrancando de su alma todo lo angélico.
Como si la aclarara para que, antes de que su cuerpo se estrellara contra el fondo del abismo, pudiera salvarse su parte pura y virginal.
Eva tenía un miedo espantoso; sentía que ni Adán ni Dios podían ayudarla.
Los llamaba, se hundía, le faltaba el aire, se ahogaba, pero no había nadie que le tendiera una mano.
Y de pronto su alma salió afuera, se desprendió de su cuerpo perecedero, que se estrelló contra el fondo del abismo.
Y en aquel sueño Eva experimentó la sensación de la muerte, tan cercana y tan intensa que, al despertar, tardó mucho en recobrarse.
Incluso con los ojos abiertos, Eva seguía dentro de la pesadilla.
Aquel sueño parecía más fuerte que la realidad.
El corazón de Eva golpeaba, la pesadilla se disipaba poco a poco y ella volvía en sí, empapada en sudor y sacudida por temblores.
»Eva no lograba comprender lo que le sucedía.
El modo en que la naturaleza trataba a su hija le infundía espanto, la atravesaba hasta lo más hondo del alma.
Quizá todo se debiera a la ausencia del Alma del Todo y a la imposibilidad de establecer un vínculo con la naturaleza de la Tierra.
La naturaleza implacable parecía inculcarle a Eva que estaba completamente sola y que no tenía de dónde esperar ayuda.
Todo aquello era la manifestación de aspectos nuevos de lo existente, consecuencias de la apertura de la caja de Pandora.
Satanás se abría paso ya hacia fuera y usaba aquellos sueños como uno de sus instrumentos.
Las dudas y el miedo se apoderaban de Eva.
Y Satanás, que había sentido su fuerza, comprendió sus posibilidades y advirtió su poder sobre el alma viva de Eva.
En su poder estaban los hilos que podía manejar. El siguiente era Adán.
»Al reponerse del sueño espantoso, Eva sintió cómo todo había cambiado en ella y en torno a ella.
Y los latidos de su corazón eran el reflejo de esos cambios.
Su corazón no estaba acostumbrado a responder así a los tormentos del alma.
Le costaba bombear la sangre por el cuerpo.
Respondía con dolor a la obligación de trabajar a semejante ritmo.
Pero era precisamente ese ritmo el que Satanás necesitaba.
Se alimentaba de aquellas vibraciones, gozaba con las emanaciones del sufrimiento, y aquel fue el primer alimento puro que se procuró después de que Dios lo cortara de la fuente de la gracia, del Árbol de la Vida.
Estaba consumado. Satanás podía volver a alimentarse del maná puro del cielo e incluso compartirlo con todo su Tártaro, llenando con él las copas.
Y en el instante en que Eva recobraba el aliento, en las estancias de Satanás retumbaba un banquete con las copas llenas de la savia de su vida.
»—Los atlantes han abierto de par en par la caja de Pandora —siseaba Satanás—.
¡Ahora tenemos poder sobre este mundo! Pero conseguir el poder no era más que el primer paso.
Ahora paso a lo principal. Instalaré en las cabezas de esos atlantes ingenuos a mi propia criatura.
Implantaré en su suelo mi ego. Cuando germine en sus almas, dará frutos tales que todo el Tártaro viviremos como dioses.
Los cambiará de tal modo que se nos abrirán portales inconcebibles y las cascadas inagotables del Árbol de la Vida nos asegurarán milenios de festín.
»Un trueno de aplausos fue la respuesta. Todos sabían que Satanás era dueño de su palabra. Y eso significaba que se había puesto de lleno a trabajar sobre la esencia del hombre.
»Para alegría de los dioses, tanto Adán como Eva poseían una intuición natural.
Por sus venas seguía corriendo sangre de atlantes.
En sus almas permanecía aquella vida de la que se habían empapado en la Atlántida, donde reinaba una armonía del alma fundida con el Alma del Todo y con la naturaleza de la vida.
Los atlantes estaban protegidos de las maquinaciones de Satanás.
Pero él disponía de todas las palancas para tomar su fortaleza. Era solo cuestión de tiempo.