La Tierra Prometida Chapter 4
5%

Chapter 4

CAPÍTULO PRIMERO

LOS MANUSCRITOS DE SET. LA ATLÁNTIDA

El primer manuscrito era el relato de Set, hijo de Adán, y Moisés se lanzó a leerlo con avidez.

«Nosotros, hijos del gran Adán, portadores de la herencia paterna y custodios de ella para la historia, os transmitimos los relatos de nuestro padre primogénito acerca de todo lo que sucedió, de lo que sucede y de lo que habrá de suceder.

»Todo aquello se cumplió cuando el tiempo corría por espirales inquebrantables, bañándose en las corrientes de una luz divina e inconmovible dentro de los límites de la gran plenitud divina.

En el centro mismo del Universo, en el poderoso eón de la luz, había un planeta prodigioso y virginalmente puro.

Si en aquel Universo hubiera existido un paraíso, aquel planeta habría sido su encarnación perfecta.

Era un mundo que no conocía el dolor ni el sufrimiento, un mundo en el que resultaba imposible dañar de ningún modo a un ser vivo, pues los cuerpos sutiles de todo lo viviente estaban tejidos con una materia especial que la naturaleza misma protegía.

»En aquel planeta no se alternaban el día y la noche, porque la luz de la plenitud divina, que se derramaba sobre su superficie desde la bóveda celeste, jamás se agotaba.

Aquel planeta no conocía ni vientos huracanados ni lluvias devastadoras, ni otoños húmedos ni inviernos helados.

Su naturaleza era serena como el mundo mismo.

Todo en él, desde las cimas de las montañas más altas hasta las profundidades del océano, moraba en el sosiego.

Aquel planeta prodigioso pertenecía a una civilización antiquísima: la raza de los atlantes.

Los hijos y las hijas de aquel pueblo eran semejantes a las mejores creaciones de Dios, y eso era exactamente lo que eran.

Recordaban a entidades angélicas gigantescas.

Su carne resplandecía como las estrellas que derraman luz.

Sus cabellos parecían lenguas de fuego. Sus ojos azules resultaban más hondos que la bóveda celeste sobre sus cabezas y hablaban de la naturaleza divina que habitaba en ellos.

La sangre divina que corría por sus venas llenaba a los atlantes de fuerza, de vida, de grandeza y de santidad.

Su sabiduría se reflejaba en sus conocimientos y en sus destrezas, y elevó a aquella civilización a una perfección de ingeniería y a una abundancia universal.

Todas las riquezas del mundo —oro y plata, piedras preciosas y minerales raros— las extraían los atlantes sin esfuerzo, pues la tierra misma los ayudaba.

Los atlantes sabían trabajar las piedras y los minerales, extraer de ellos su fuerza y comunicarse con ayuda de esa fuerza con el mundo del más allá.

Cada mineral poseía propiedades particulares, y esas propiedades, por deseo del atlante y con la bendición de la naturaleza misma, pasaban al alma del atlante.

»La raza de los atlantes era una de aquellas razas perfectas que sostuvieron la balanza de la justicia para todos y para cada uno durante decenas de miles de años.

En su mundo todos eran iguales, cada alma valía más que cualquier cosa en el mundo y a cada alma se le prestaba una atención particular.

De los atlantes cuidaba no solo su Estado, organizado de un modo casi ideal, sino la naturaleza misma.

»El secreto principal de la prosperidad de los atlantes residía en la armonía del corazón y del alma que habían alcanzado.

La grandeza de sus corazones —o, más exactamente, sus vibraciones— les abría un saber sagrado que se convertía en la esencia de su existencia.

A lo largo de milenios, la posesión de ese saber se hizo hábito en ellos, se transformó en su sabiduría y llegó a ser aquello que les permitió unirse en espíritu con la naturaleza misma, con el Alma del mundo, a la que llamaban el Alma del Todo.

Era una alianza sagrada, una catarsis del espíritu, y nada podía ser más sagrado.

El Alma del Todo, la madre naturaleza, les pagaba con largueza aquella cercanía, pues era el corazón vivo del planeta, la madre de todo lo viviente.

Todos los seres vivos —aves, animales, peces— que habitaban junto a los atlantes se sentían en alianza sagrada con ellos, ya que no existía nada de lo que pudiera venir un peligro.

Los atlantes ni siquiera conocían esa palabra, porque vivían fuera de una naturaleza depredadora.

La abundancia de vida que los rodeaba confirmaba lo esencial: un mundo sin crueldad, un mundo sin instituciones estatales, un mundo lleno de confianza y de espiritualidad, de amor y de cordialidad, un mundo fundado en la firmeza inquebrantable del alma, es posible; y su planeta era la prueba.

»Alguien podría decir que eso no ocurre.

Que un orden del mundo ideal es imposible.

Que no hay vida sin muerte, ni muerte sin dolor, sin sufrimiento o sin extinción.

Todos estos relatos parecen invención, porque cuesta imaginar una civilización que no solo desconoce las enfermedades, el dolor, las guerras, la desgracia, la mentira y las catástrofes naturales, sino que ni siquiera tiene noción de nada semejante.

Sin embargo, por muy imposible que pueda parecernos un mundo tan perfecto, mucho más imposible les habría parecido nuestro mundo a quienes vivían en aquel planeta.

»Los atlantes no se fatigaban ganando el pan de cada día: la naturaleza misma los colmaba de frutos prodigiosos y jugosos.

Pero todas las fuerzas y la energía para vivir las reponía ante todo el fundamento espiritual de su mundo, que emanaba del Árbol de la Vida y nacía en el manantial que había bajo la sombra del Alma del Todo, la sempiterna sustancia del espíritu de la tierra, como la llamaban en las tierras de oriente, y a la que, con amor, identificaban con la naturaleza misma, madre de lo viviente.

Precisamente gracias a ella los atlantes no sabían nada de la muerte.

»Dotados de una longevidad que excedía todo límite —miles de años—, percibían la muerte como un sueño.

Quizá fuera, en efecto, un sueño. Los cuerpos sutiles y semitransparentes de los atlantes vivían en plena unión con la naturaleza y, tras su partida, al dormirse en un sueño eterno y prodigioso, era como si se disolvieran en ella, se unieran a ella en espíritu y se transfiguraran.

Sus almas eran conducidas por la gran providencia a mundos dignos del espíritu, a los eones del destino, y así continuaba hasta el infinito.

»El nivel cultural de los atlantes era tan alto que el tiempo estaba prácticamente sometido a su voluntad y no influía en la vida cotidiana. Los atlantes se consideraban guardianes del mundo y sostenedores del cielo.

»En las tradiciones de los atlantes se conservaban, en efecto, revelaciones que decían que sobre ellos se sostiene la sabiduría del mundo.

Los atlantes sabían que habían sido creados a imagen y semejanza de Dios, que los dioses habían depositado en ellos su simiente, la mónada divina primordial.

Así estaba escrito en las tradiciones antiguas que dejaron los dioses que vivieron mucho antes que ellos.

Los atlantes sabían que los dioses los habían creado como una balanza de armonía y de justicia, para que se correspondieran al máximo con la plenitud divina que los dotaba.

»Y así era. Los juicios de los atlantes se distinguían por su nitidez y su claridad, por una serenidad honda del alma y por una entereza inaudita del espíritu. Sus corazones obraban milagros, y su amor atravesaba con su fuerza los rincones más remotos de la galaxia.

»Los atlantes no eran simplemente parte de la naturaleza viva del mundo que habitaban. Estaban impregnados de un espíritu de bienestar, de felicidad, de alegría, de amor a todo lo vivo, y ese estado permanecía con ellos casi eternamente.

»El planeta entero era su casa paradisíaca, un Edén sin fronteras ni límites.

En el centro de la Atlántida se extendía una isla inmensa que era su cuna inconmovible, su santuario sagrado, el foco de aquella civilización prodigiosa a la que la naturaleza, guardándola de las desgracias y de cualquier influjo exterior, había cubierto cuidadosamente con una cúpula protectora invisible pero segura.

»El Estado creado por los atlantes —o, más bien, su organización social— no era simplemente ideal: estaba lleno de la misma armonía que su unión total con la naturaleza.

Todo lo que creaban servía al bien común, y en nada de lo creado había falla alguna.

Todo estaba pensado de modo que nadie careciera de nada, y ni siquiera conociera semejante noción.

Nadie sufría escasez de nada, tampoco escasez de calidez, de ternura o de amor.

Los atlantes no sabían mentir: la mentira contradecía su naturaleza interior.

A ellos los movía otra cosa: la sinceridad, la franqueza, la bondad, la solicitud, el sacrificio y la misericordia, aquello que vivía eternamente en sus corazones.

Un amor puro e ilimitado, que engendraba una conciencia grandiosa, constituía su esencia más honda, y de ella se admiraban los dioses.

»Los atlantes entregaban a la naturaleza una parte de sus corazones amorosos, y a cambio la naturaleza les ofrecía sus dones; pero aquel intercambio era del todo desinteresado.

Se parecía a la respiración y a un vínculo sagrado permanente.

Cada uno de los atlantes sabía y sentía que el alma universal era parte de él y vivía en él, y que él mismo era una parte de esa alma universal, del Alma del Todo.

»En el centro de la Atlántida había una colina sobre la cual se alzaba el templo del Tiempo y del Corazón.

A vista de pájaro, el conjunto del templo recordaba un círculo enorme coronado por doce cúpulas, cuatro de las cuales eran mucho más majestuosas que las demás.

En sus cúspides se erguían estatuas gigantescas de animales sagrados, y aquellas cúpulas marcaban un cuadrado inscrito en el círculo.

Para los atlantes aquel conjunto era sagrado, pues lo habían construido los dioses antiguos en la confluencia de los tiempos y lo habían llamado el Anillo del Gran Resplandor.

Era la única construcción que quedaba de una civilización antigua que había abandonado la tierra hacía mucho.

»Desde cualquier punto de la tierra podía verse cómo el tiempo discurría por aquel anillo como una corriente de proporción áurea.

Las doce esferas de la vida se reflejaban en las doce cúpulas del conjunto, y doce apóstoles-kronos las gobernaban.

Solo a ellos les había sido confiado guardar aquella corriente eterna, aquel mecanismo complejísimo del universo.

Parecía que el Universo entero viviera en su ritmo, girando sin fin por las vueltas de la espiral en que, de un modo prodigioso, se convertía el anillo cerrado.

Su sabiduría era infinita e inescrutable.

Según las tradiciones, aquella construcción fue creada por los dioses que en la oscuridad de los tiempos la dejaron en herencia a los atlantes y se disolvieron en el ritmo de la eternidad, sumergiéndose en la sempiterna plenitud divina.

»En el centro de aquel conjunto se alzaba una pirámide enorme que en esencia era un rombo, pues tenía una parte especular invisible a la mirada exterior que se hundía hondamente en la tierra.

Parecía unir el cielo con la tierra. Estaba hecha de sílice, de oro y de cuarzo.

En sus caras se reflejaba no solo la grandeza de los dioses idos, sino también la sabiduría perdida de los antiguos maestros joyeros.

Resplandeciendo con todos los colores del espectro, el templo-pirámide parecía hablar de la grandeza de los antiguos, de la infinitud del ser y del conocimiento.

»Alrededor del conjunto se habían abierto tres canales hondos y anchos por los que navegaban naves y nadaban ballenas y delfines, y que bullían de bancos de peces extraordinarios.

Sobre los canales se tendían anchos puentes de cristal que llevaban al centro de la isla.

El espacio entre los canales estaba ocupado por jardines asombrosos en los que las plantas florecían y se ramificaban de tal modo que parecían no obedecer las leyes del planeta.

Los arbustos y los árboles crecían con las raíces hacia arriba y con las hojas y las ramas hacia abajo.

Eran jardines en los que todo contradecía el orden habitual de las cosas, y ese era un enigma legado por las civilizaciones antiguas.

»Aquella isla entera, aquel conjunto de templos entero, era para los atlantes el más grande de los santuarios.

Lo consideraban la cuna de la vida. Y era, en efecto, el lugar donde había nacido la vida, el lugar de la gran transfiguración.

Los oficios que los atlantes celebraban en aquel templo y las liturgias que allí resonaban asombraban a cuantos las oían por su virtud milagrosa.

En verdad, aquel templo era el corazón de la naturaleza y el alma de toda la Atlántida.

»Ante la entrada del templo se erguía una Esfinge enorme, hecha de un metal o de una piedra desconocidos: ningún análisis lograba determinar su origen. La majestuosa Esfinge reunía en su figura a cuatro animales, lo que multiplicaba su misterio.

»Tenía rostro de atlante; la parte delantera de su cuerpo era de león y la trasera de toro, y sus alas pertenecían a un ave enorme.

Cuatro animales guardaban la entrada del templo del Tiempo y del Corazón.

La antigua Esfinge era el guardián de los tiempos y del saber.

Solo los atlantes que controlaban las leyes del tiempo y poseían la memoria del Universo podían ser admitidos en él.

Los llamaban kronos. Se creía que gobernaban la esfera mental del planeta, en la que estaba registrado todo desde su primera inspiración.

Aquella esfera mental era la sustancia más compleja del planeta vivo, y en ella todo se comunicaba con todo, y la Memoria del Todo, en su carácter ilimitado, era conservada por la naturaleza misma.

»Entre las obligaciones de los kronos figuraba la observación del curso eterno del tiempo y su custodia. También ejercían el control sobre la conservación de la memoria de la tierra y sobre el mantenimiento de la armonía de todos los procesos naturales del planeta.

»Uno de aquellos kronos era un joven atlante llamado Adán.