Chapter 3 #3
—Bien —susurró el faraón, pasando la palma por la piedra pulida—.
Escúchame con atención. Pronto partiré al otro mundo, y tú deberás transmitir a este las tradiciones de los primeros dioses de la tierra.
Hacer lo que yo no alcancé a hacer. Deberás poner los cimientos firmes de una nueva y gran cultura y de una religión que es la herencia de nuestros antepasados.
Tutankatón no podrá con ello. Deposito esta carga difícil sobre tus hombros, hijo mío.
No puedo confiar en los sacerdotes: por muy hondas que sean sus reverencias y por muy dulces que sean sus discursos, me han traicionado.
Quieren cambiar lo que yo he creado y volver a exaltar a sus dioses mentirosos.
Quieren ahogar el Espíritu de Dios en el brillo de los ritos y las ceremonias.
Cuentan con mi ignorancia, pero yo, igual que ellos, conozco todos los manuscritos antiguos y secretos del primer Dios, el Atlante, y sé cómo deben ser las cosas.
Los sacerdotes se han anquilosado en sus estatutos y quieren torcer la historia, y podrían conseguirlo si no se lo impedimos.
Mientras corra por mis venas la sustancia sagrada de la vida, me ocuparé de ello sin demora; tú me ayudarás con todo lo demás.
Que nos asistan Atum y Ptah, que moran eternamente en la plenitud divina, en la sempiterna sustancia de la vida.
—Soy todo oídos —inclinó la cabeza Moisés—. Tu voluntad es ley.
—Voy a entregarte un libro sagrado —dijo Ajenatón—.
Por él sabrás cómo gobernar los cuatro elementos de nuestra naturaleza, su núcleo, nuestro divino Nous, esfera de fuego llameante.
Con ayuda de esos elementos puede lograrse lo inconcebible: mover montañas con la fuerza del pensamiento, obrar con la propia voluntad cualquier prodigio que escape a todas las fuerzas terrenas, esas que todo lo atraen y entre las cuales no hay intersticio alguno donde no discurra el tiempo ni estén presentes las fuerzas de vida de la gran plenitud divina.
Son las leyes sobre las que está construido el Universo.
Ellas te explicarán muchas cosas. Aprenderás a gobernar tu tiempo interior, a estirarlo y a comprimirlo, lo que te permitirá, con ayuda del guardián del tiempo, la Esfinge, acceder a la memoria universal.
Aprenderás a distinguir el tiempo exterior del interior y verás la línea sutil donde se entretejen.
Allí donde se funden, los grandes kronos de la Rueda de la Vida unen el espíritu y el alma con las grandes naturalezas del Anillo del Gran Resplandor.
Comprenderás que todo en la naturaleza se sostiene sobre esos pilares.
Ese mecanismo te abrirá los ojos a cuanto sucede, hijo mío.
Todas las fuerzas de la naturaleza te estarán sometidas.
Saldrás de sus límites, te lanzarás allí donde nada te retenga.
Mandarás sobre los cuatro vientos, sobre los elementos del mundo.
Serás un ave capaz de desaparecer en el cielo y un gigante capaz de mover montañas.
Esta enseñanza la alcanzamos antes que ninguna otra cosa, y yo te la transmito.
—Sí, padre —volvió a inclinarse Moisés ante Ajenatón.
—Comprenderás que nada tiene límite —alzó la voz el faraón—.
¡Nuestra semejanza con Dios no es una simple semejanza!
En pleno uso de mis facultades te declaro que ¡somos dioses!
Somos hijos terrenales de los dioses, Moisés, y todavía guardamos memoria del paraíso en su santa tierra prometida.
En las crónicas de la vida de los dioses que nos han sido legadas, ellos describieron esa tierra a la que todos llegaremos algún día y donde sin falta habremos de encontrarnos con ellos para una vida eterna y serena.
Somos dioses, y en nuestras almas se guardan todas las llaves de la naturaleza de las cosas; todo nos es accesible.
Pero eso solo es posible para aquellos en quienes hay simiente de Dios, y los que somos así constituimos un tercio de la tierra.
Los otros dos tercios no nos pertenecen: los creó el Demiurgo, es decir, los engendraron las tinieblas.
La mitad de ellos procede de la simiente del caos, y sus pies se hunden en los abismos espantosos del no ser, en el siniestro Tártaro.
La otra mitad son hombres nacidos de matrimonios mixtos, indefinidos y ya arraigados del todo a la tierra.
En sus almas hay una mezcla de fuerzas de sombra y de luz; a ellos les resulta doblemente duro.
—¿Por qué, padre? —preguntó Moisés.
—¡Porque ellos también recuerdan el paraíso!
—respondió Ajenatón—. Porque también ellos tienen en el alma la simiente de Dios, ¡pero son apóstatas!
Por la sustancia misma de su existir lo han traicionado, y por eso les resulta mucho más duro.
La conciencia todavía los roe, pero con cada día de vida las tinieblas se adueñan de ellos, pues tienen acceso directo a ellos y ejercen una influencia enorme, y tarde o temprano se someten a las tinieblas.
Quedan esclavizados por ellas para el resto de su vida.
Es una guerra, Moisés, que dura desde que el tiempo nació en la tierra, desde el instante en que se hundió la tierra santa.
Ajenatón se interrumpió un momento para recobrar el aliento. Le costaba mucho hablar, y concentró toda la fuerza de su espíritu para terminar su relato. Y, tras exhalar, prosiguió:
—Escucha, hijo mío, y no digas luego que no lo oíste.
Hace muchísimo tiempo vivían en la tierra los atlantes, los primeros dioses, en una ciudad inmensa que era parte de un vasto país al que llamaban Atlántida.
En esencia era un paraíso, en el que había de sobra cuanto hacía falta para una vida feliz, y de lo que faltaba había en abundancia.
Y aquellos atlantes vivieron miles de años bajo la sombra, o bajo el techo, del gran Nun, la plenitud divina, el Alma del Todo.
Era una alianza sagrada entre la naturaleza y las almas de la mónada divina.
Más aún: toda aquella tierra, toda aquella naturaleza estaba viva y tenía un alma que se unía a las almas de la mónada divina.
Se comunicaban mediante el lenguaje del corazón, que entendía todo ser vivo, desde la brizna de hierba más diminuta hasta el árbol más enorme, desde la criatura más ínfima hasta los dioses más altos.
Y así habría seguido hasta la consumación de los siglos si su civilización no hubiera sufrido una suerte terrible.
Los dioses abrieron la caja de Pandora y dejaron entrar en el mundo al Demiurgo, a quien Sofía Ajamot había expulsado de sí como se expulsa a un feto muerto.
Con él llegaron al mundo la muerte, el mal y las tinieblas, y devoraron la tierra con toda su fuerza espantosa.
Desde aquel instante reinó sobre la tierra el dios Isfet, el caos, que empezó a destruirlo todo.
Al mezclarse con la naturaleza, la alteró de raíz.
Desde aquel instante empezaron en la tierra las lluvias, apareció la luna en el cielo, se manifestó el frío, y los hombres enfermaron y se volvieron impotentes, porque su naturaleza se hizo doble.
Adquirió, en la figura del Demiurgo, su reflejo oscuro.
Por la tierra se extendieron las bestias de presa, gobernadas por un instinto atroz.
Devoraban todo lo vivo y todo lo muerto.
»Solo se salvaron dos dioses, y fueron ellos quienes nos contaron todo esto.
Contaron cuanto había sucedido y revelaron todos los secretos del universo.
Sus hijos levantaron en esta tierra sus primeros templos y crearon sus primeras bibliotecas.
Todavía hoy guardamos su herencia manuscrita; somos sus descendientes directos, pero nunca llegaremos a ser lo que ellos fueron.
Aun así, tenemos las llaves de la vida eterna, y quiero entregarte esas llaves.
En ese momento se acercó a ellos un sirviente y, con una profunda reverencia, ofreció un libro grueso atado con una cinta. Moisés lo tomó en sus manos.
—Este es el Libro de la Vida, o el Libro del Aliento de la Vida —dijo Ajenatón—.
Está compuesto con los rollos que nos dejó el primer Dios, Adán.
Bajo esta cubierta está el original. En los archivos de los sacerdotes, en las bibliotecas, dejé copias; creo que es lo correcto.
Debes estudiar estos manuscritos. Con el tiempo los sabrás de memoria, como yo.
»A lo largo de sus seiscientos años de vida terrena, el dios Thot —que es también Ra-Adán— hizo muchísimas observaciones, y todas están aquí.
Ra-Adán las conservó para transmitirlas a través de los siglos.
Es su mensaje a las generaciones futuras, que deberán descifrar el gran enigma y el misterio del guardián del tiempo, la gran Esfinge.
Es un tesoro de conocimiento creado para el caso de que la cadena del saber se rompiera entre generaciones, y fue la providencia misma la que le ordenó crearlo.
»En vida, Thot-Adán enseñó a sus hijos el saber secreto, y ellos, en los años siguientes, copiaron y conservaron sus pensamientos, sus razonamientos, sus obras y sus descubrimientos.
En realidad aquel saber no era secreto: era, más bien, un saber perdido.
Era el conocimiento de la naturaleza de las cosas, de su esencia y de su espíritu.
Los hijos de Ra-Adán fueron los primeros guardianes de ese saber, que pasó de generación en generación, y pronto empezaron a llamarlos los guardianes del guardián del tiempo.
Aquellos primeros sacerdotes, hijos de los primeros dioses, prepararon el terreno para que ese saber conservado pudiera ser recibido, y empezaron a levantar monumentos gigantescos, dejando un mensaje sagrado a las generaciones futuras.
Mira esas pirámides: ¿acaso no son hermosas, como es hermoso todo lo perfecto y acabado?