La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 1
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La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3)

La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3)

Por Elena Montalban Rivas

© inepub.com

Capítulo 1

La ladera en fotografías

—El coche estaba aquí.

La teniente Raquel Barreiro apoyó el índice sobre una impresión tomada desde arriba de la ladera.

La fotografía no era buena: luz gris de primera hora, humedad en el objetivo y un recorte demasiado cerrado para entender qué había alrededor.

Aun así, se distinguía un turismo oscuro detenido junto al ensanche de una pista.

—Punto A —añadió—. Antón Veiga lo vio a las seis cincuenta y cinco. Ramiro Varela tenía previsto empezar con él a primera hora y no contestaba al teléfono. Al principio pensó que ya estaría en los bancales.

Mara llevaba menos de veinte minutos en la sala y Raquel había empezado a hablar antes de que terminara de dejar la chaqueta sobre el respaldo.

Le pareció bien. Habían llegado a Monforte de Lemos de noche, después de una jornada de llamadas entre mandos, Policía Judicial y dos provincias, y no tenía sentido gastar tiempo en presentaciones que podían resolver trabajando.

Noelia Aguirre ocupaba el otro extremo de la mesa con el portátil abierto.

Había pedido acceso a la documentación remitida durante el viaje y revisaba una carpeta de diligencias mientras escuchaba.

Raquel, de pie, iba separando fotografías y hojas sin seguir un orden aparente, aunque Mara tardó poco en advertir que había un criterio: llevaba desde la mañana anterior con el caso y había elegido empezar por lo que necesitaban saber para entender el problema, no por reproducir cada actuación en orden cronológico.

—¿A qué hora encontró el cuerpo? —preguntó Mara.

—Siete dieciocho. Aquí.

Raquel cambió de fotografía. Esta vez el plano era más abierto y el encuadre permitía ver varias franjas de viñedo descendiendo por la pendiente. Había una señal discreta junto a un muro bajo de piedra.

—Punto C. Un bancal que trabajaba Ramiro.

Antón bajó buscándolo por los recorridos que conocía.

Cuando lo encontró, se acercó lo justo para comprobar que aquello no era una caída de alguien que necesitara ayuda y llamó al 112.

La primera patrulla llegó entre las siete y media y las siete cuarenta.

A las ocho y diez ya teníamos la investigación asumida y coordinada desde Policía Judicial.

Mara acercó la fotografía, pero no intentó extraer del papel más de lo que ofrecía.

Desde aquella altura, los bancales parecían escalones regulares, aunque sabía que al pisarlos sería distinto.

Una línea de piedra podía esconder una diferencia de cota importante; una separación mínima en la imagen podía obligar a recorrer cien metros hasta encontrar un paso.

—¿El vehículo seguía en A cuando llegó la patrulla?

—Sí. Cerrado y sin signos de manipulación exterior. Ramiro había bajado a pie.

—¿Y C es solo el lugar del hallazgo?

—De momento trabajamos también con C como lugar de la agresión.

Criminalística no ha encontrado indicios de traslado y el entorno inmediato es compatible con que cayera allí.

La autopsia preliminar apunta a una única lesión contundente principal en la cabeza.

La muerte habría sido rápida o se habría producido en un intervalo breve.

El forense nos da una franja amplia, aproximadamente entre las seis y las ocho de la tarde, y no quiere estrecharla hasta tener resultados complementarios.

Mara dejó la fotografía sobre la mesa.

—Mejor así.

—No tendremos una hora exacta salida de la autopsia —dijo Raquel.

—Ni falta que hace si podemos construirla por otros medios.

La teniente asintió y retiró dos imágenes que mostraban el cuerpo desde ángulos que no necesitaban volver a ver en ese momento. Mara agradeció el gesto. La fotografía forense servía para documentar; contemplarla más tiempo no iba a añadir información.

Ramiro Varela Souto tenía cincuenta y siete años y vivía en O Val de Moure, una aldea pequeña del entorno de Doade.

Era viticultor y responsable de una explotación familiar compuesta por parcelas propias, heredadas, arrendadas y trabajadas mediante acuerdos que no siempre estaban escritos.

Durante más de quince años había recuperado bancales que otros habían dejado de cultivar y había conseguido mantener una superficie suficiente para vivir de ella.

Raquel resumió lo que habían repetido varias personas a lo largo del día: trabajador, persistente, eficaz y difícil cuando estaba convencido de llevar razón.

—También hay quien dice que no distinguía bien entre un trato y una promesa —añadió—. Si alguien le decía que quizá le alquilaría una parcela, una semana después Ramiro hablaba como si el acuerdo estuviera casi cerrado.

—¿Familia?

—Divorciado. Una hija de treinta años, Celia, vive en Vigo. La hermana, Clara, está en Monforte y conserva intereses en terrenos familiares. Con ella tuvo una conversación tensa ayer por la mañana.

Noelia levantó la vista del portátil.

—A las diez y diez. Consta una llamada entre ambos. Clara reconoce que discutieron por unas propiedades y porque ella está valorando vender o ceder parte de sus derechos.

—¿A quién?

—Todavía estamos separando propuestas reales de conversaciones —respondió Raquel—.

Pero ahí entra Esteban Rego, que trabaja para una bodega de tamaño medio de la zona.

Se reunió con Ramiro entre las doce treinta y cinco y la una y cinco.

Hablaron de suministro de uva y de reorganizar varias parcelas.

Mara esperó. Había reconocido ya el modo en que Raquel estaba armando el día: no como una lista de sospechosos, sino como una serie de fricciones que habían dejado rastro antes de la muerte.

—Hay más —dijo Noelia.

Giró el portátil para que pudieran ver una relación provisional de contactos.

A las tres cuarenta y cinco, Ramiro se había reunido con Diego Souto Cid, primo suyo y heredero reciente de una pequeña parcela.

A las cinco y siete había enviado un mensaje a Sabela Nogueira Pardo para verla en la ladera al terminar la tarde.

Entre las seis veinte y las seis veinticinco constaba una última llamada profesional con Esteban.

Después, la actividad del teléfono descendía hasta los intentos de llamada de su hija, a las nueve treinta y seis, y de su hermana, a las diez y ocho.

—¿Qué decía el mensaje a Sabela? —preguntó Mara.

Noelia consultó la transcripción incorporada a las diligencias.

—Breve. Que cuando terminara se vieran arriba para hablar de las parcelas. Nada más.

—¿Sabela estaba trabajando allí?

—Sí —respondió Raquel—. Es viticultora. Trabaja bancales propios y arrendados en la misma ladera. Ha reconocido que se encontró con Ramiro y que discutieron. Dice que se separaron hacia las seis y media en una zona alta, antes de bajar cada uno por su lado.

Mara no hizo ninguna anotación. La hora del mensaje, el encuentro admitido y la discusión eran datos; por el momento, nada de aquello situaba a Sabela en un lugar distinto al de las demás personas que habían tenido algún conflicto con Ramiro.

—¿Antón?

—Trabajaba para Ramiro por campañas y en tareas de mantenimiento. Ayer por la mañana discutieron porque Ramiro quería reorganizar encargos y recortar algunos trabajos. Antón simplificó bastante su tarde cuando declaró. Estamos comprobándola.

—¿Y el resto?

Raquel buscó otra hoja.

—Roi Lemos. Viticultor de la ladera. Lleva tiempo enfrentado con Ramiro por un paso que utiliza para llegar a unos bancales inferiores.

Dice que ayer no entró en terrenos relacionados con él.

Criminalística y las primeras entrevistas no nos permiten aceptar esa frase sin más, pero tampoco tenemos nada que lo vincule todavía con la muerte.

Mara pasó la vista por los nombres del documento: Clara, Diego, Roi, Sabela, Esteban, Antón.

Familia, tierra, trabajo, accesos y una operación comercial componían demasiadas líneas para tratarlas como una sola historia, aunque estaban demasiado relacionadas entre sí como para investigarlas de manera independiente.

—¿Por eso pedisteis apoyo?

Raquel apoyó ambas manos en el borde de la mesa.

—Por eso y porque la documentación no se queda en Lugo.

Diego vive en Ourense, la negociación de Esteban toca propietarios de los dos lados y, cuando hemos empezado a preguntar quién trabaja cada parcela, hemos descubierto que la respuesta cambia según si preguntas por el propietario, el arrendatario, el que la cuida o el que lleva años pasando por ella.

Podemos hacerlo desde la UOPJ, pero necesitamos avanzar en paralelo sin dejar el terreno parado.

La petición había llegado a Madrid a media tarde.

Alicia Baeza había tardado poco en decidir que Mara y Noelia viajarían como apoyo, no para sustituir a la unidad de Lugo ni para asumir un homicidio que ya estaba siendo investigado, sino porque el caso combinaba una red documental dispersa con movimientos que solo podían entenderse sobre una ladera fragmentada.

Noelia ordenaría titularidades, acuerdos, pagos y comunicaciones; Mara trabajaría con Raquel en la reconstrucción física y en la integración de las distintas líneas.

La distribución tenía sentido y evitaba, además, uno de los errores más fáciles cuando una investigación crecía deprisa: hacer que todo pasara por la misma persona.

—Enséñame dónde están A y C en el conjunto.

Raquel sacó entonces la primera planimetría.

Era un esquema provisional preparado durante la mañana, suficiente para documentar posiciones y recorridos conocidos, pero todavía lejos de representar la complejidad de la explotación.

El acceso superior aparecía marcado con una A.

Más abajo figuraba B, un cruce alto. El bancal donde habían encontrado a Ramiro era C.

A partir de ahí, la hoja recogía más sectores y pistas de acceso, algunas con líneas discontinuas que indicaban pasos de trabajo pendientes de comprobar.