La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 15El plan perfecto para salir completamente mal #2
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Capítulo 15El plan perfecto para salir completamente mal #2

Suelto una carcajada que despega dos pósits amarillos de mi pantalla; caen directos sobre el teclado.

—Oh, vamos, Montenegro. ¡Es una mina de oro digital!

—Me inclino sobre la frontera invisible de nuestras mesas, con los codos en el cristal—.

Imagina la campaña en TikTok. Un filtro que te escanea la cara y te receta la infusión para sobrevivir a tu ex según tu ascendente: «¿Te ha bloqueado en WhatsApp?

Culpa de Saturno. Tómate un té de frutos rojos con jengibre para canalizar la ira».

Adrián me sostiene la mirada. El brillo tras sus cristales delata que ya busca la estructura matemática detrás de mi delirio.

—Eso es un sesgo de manual, Valenzuela —replica con una media sonrisa que finge seriedad—. Pero admito que el engagement orgánico subiría un cuarenta por ciento en menores de veinticinco. —Saca una hoja limpia de su libreta de cuero—. Supongo que ya tienes un sabor para cada arquetipo.

—Por supuesto —giro el rotulador entre los dedos—. Para Virgo, menta triple. Purifica el aire y mantiene el orden alfabético de tus pensamientos. Vendrá en una botella con nivelador de burbuja en el tapón, para comprobar si la mesa está recta antes de beber.

Adrián da un golpe suave con el bolígrafo sobre su posavasos de corcho.

—Muy graciosa. ¿Y para Piscis? Imagino que agua destilada con sabor a melancolía existencial y un paquete de pañuelos de regalo.

—Exacto. Sabía que acabarías pillando el concepto.

—Y para Aries —se inclina hacia delante, acortando la distancia hasta que me llega su aroma a sándalo—, una infusión con setenta por ciento de cafeína para que sigan discutiendo con extraños en redes a las tres de la mañana.

—Eso es brillante, socio —le guiño un ojo—. El caos costero te sienta de maravilla. ¿Quién te ha visto y quién te ve? Hace seis meses habrías redactado un informe de cuarenta páginas sobre por qué la astrología carece de base científica aplicable al gran consumo.

—Sigue careciendo de ella —afirma, aunque sus dedos buscan los míos bajo el escritorio, un roce rápido que me eriza la piel—. Pero he aprendido que el presupuesto de Don Aurelio es inmune a la ciencia. Si quiere agua de luna, le venderemos agua de luna con un margen del cincuenta por ciento.

Al otro lado del cristal, Sofía Ramos pasa con su taza de té exótico. Nos lanza una mirada rápida y una sonrisa de aprobación corporativa antes de desaparecer hacia la sala de juntas.

Adrián retira la mano despacio, carraspea y recupera su postura de Director de Cuentas impecable. Pero la chispa del motel El Helecho Dorado sigue ahí, intacta, vibrando bajo el traje de lino.

—Bien —dice, abriendo una nueva hoja de cálculo en su monitor—.

Si vamos a presentar esto en diez minutos, necesitamos que sea viable.

Olvídate de inundar los lineales de los supermercados con doce referencias físicas.

Es un suicidio de inventario. Lo estructuraremos como un modelo de suscripción digital directa al consumidor: «La Caja Astral de la Vega».

Lo observo, fascinada por la velocidad con la que transforma mis locuras en un negocio redondo.

—Enviamos el sabor del signo de cada mes a sus casas —continúo—. Reducimos costes de distribución, creamos un club de fidelidad y convertimos la campaña en contenido recurrente.

—Y mitigamos el riesgo de stock al noventa por ciento —concluye, tecleando con un ritmo que me suena a música—. El plan de contingencia perfecto contra la astrología.

—Eres terriblemente sexy cuando hablas de mitigar riesgos, Montenegro.

Adrián se detiene. Mira de reojo la puerta de cristal, asegurándose de que Mateo sigue en su cubículo. Se quita las gafas despacio y me dedica esa mirada intensa que, bajo la lluvia de Puerto Coral, me dejó sin aliento.

—Y pensar que solía creer que el éxito era una oficina silenciosa y un organigrama predecible —susurra, sin rastro de formalidad—. Menos mal que tu desorden vino a salvarme de mí mismo.

Me muerdo el labio inferior mientras el calor me sube por las mejillas. Agarro la cartulina rosa a medio terminar, le guiño un ojo y me levanto.

—Venga, socio. Coge tu carpeta de cuero y tus decimales. Tenemos un té de Mercurio Retrógrado que venderle a un multimillonario.

Esa cartulina rosa, que todavía conservaba el olor a laca de mi mesa, acabó esa misma tarde sobre el escritorio de don Aurelio, inaugurando la era del té astrológico.

Pero hoy, seis meses después de aquel desvío imprevisto en la carretera nacional, el rosa ha cedido ante el rojo del Cabernet Sauvignon que sostengo entre los dedos.

El salón de mi apartamento huele a albahaca, a salsa de tomate reducida y a ese aroma a madera húmeda que entra por la ventana cuando sopla el viento de la costa.

La cena ha sido un éxito a nuestra manera: la lasaña de verduras muestra unos bordes sospechosamente crujientes —un ligero error de cálculo con el temporizador por mi parte—, y Adrián ya ha alineado los cubiertos de postre dos veces mientras hablábamos.

Sin embargo, la botella va por la mitad y su sonrisa ha perdido la rigidez corporativa; es de esas que solo usa cuando las luces están bajas y las defensas, desactivadas.

Lleva las mangas de su camisa de lino azul remangadas hasta los codos. El consultor metódico que medía la vida en bloques de cincuenta minutos ha dado paso a este hombre que sostiene la copa con una calma casi costera.

—Te estás riendo de mí, Valenzuela —dice, pillándome in fraganti mientras lo observo por encima del borde de mi copa.

—No me río —protesto, dando un sorbo al vino que me tiñe los labios—. Solo admiro tu capacidad para aplicar la geometría analítica a un tenedor de tarta. Es hipnótico.

—Es deformación profesional —replica, con esa chispa irónica que me acelera el pulso—. Alguien tiene que velar por la simetría. Si te dejara el control de la mesa, acabaríamos cenando en el suelo, sobre una alfombra de pósits de colores.

—Y sería una cena impecable, Montenegro.

Me estiro sobre la mesa para rozar su mano. Sus dedos se entrelazan con los míos sin dudar. Hace seis meses, este espacio era un campo de minas corporativo; ahora, sus dedos encajan perfectamente con los míos.

Dejo la copa sobre el posavasos de madera que él mismo trajo para proteger el pino de mi mesa y me levanto de la silla.

—Espera aquí. No te muevas, no alinees nada y no calcules el retorno de inversión de la cena —le advierto, señalándolo con el dedo.

Adrián suelta una risa baja y apoya la espalda en el respaldo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Prometo no tocar los tenedores.

Me dirijo al pequeño pasillo que lleva a mi habitación.

Detrás del armario, entre lienzos en blanco y cajas de mudanza que aún me niego a desembalar, descansa un paquete rectangular y pesado, envuelto en papel kraft grueso.

Tres semanas de conspiración, dos visitas furtivas a una tienda de enmarcación artesanal en el centro y un repertorio de mentiras piadosas para justificar mis retrasos de los martes por la tarde.

Regreso al salón sosteniendo el paquete contra el pecho. El papel cruje bajo mis brazos. Adrián arquea las cejas por encima de sus gafas de pasta al ver el volumen del regalo.

—¿Un paquete plano y rígido? —pregunta, incorporándose—. Déjame adivinar. ¿Un manual de instrucciones ilustrado para el uso correcto del lavavajillas?

—Mucho mejor —digo, depositándolo sobre la mesa, justo en el espacio que él había despejado con tanta pulcritud—. Feliz aniversario, socio.

Se queda mirando el envoltorio. A pesar de mis esfuerzos con la cinta adhesiva, una de las esquinas del papel kraft ha quedado ligeramente arrugada y el lazo fucsia que lo corona está un poco ladeado. Es un envoltorio cien por cien marca Valenzuela.

Adrián se toma su tiempo. No destroza el papel; desliza la yema del dedo por el borde, localizando el celo, y lo retira con una paciencia meticulosa que me obliga a morderme el labio.

—¿Vas a tardar cincuenta minutos, Montenegro? El vino se va a calentar.

—El buen diseño requiere su tiempo, Elena —murmura sin levantar la vista.

Por fin, el papel kraft cede y se despliega sobre la madera.

Bajo el envoltorio aparece un marco de madera de roble macizo, de un tono oscuro, con un cristal de museo antirreflejos que brilla bajo la luz cálida de la lámpara. Pero lo que hay dentro no es una lámina de diseño escandinavo ni una fotografía minimalista de la costa.

Es una cartulina verde.

Está arrugada, con los bordes desgastados y una gran mancha circular de color marrón oscuro en la esquina inferior derecha: el sello de aquella taza de café de máquina que se desbordó en el motel El Helecho Dorado.

Sobre el fondo verde, los trazos negros de rotulador permanente dibujan diagramas caóticos, flechas que conectan ideas imposibles y, en el centro, con la caligrafía recta y obsesiva de Adrián, destacan las palabras: *El Patrocinador Oficial de la Ley de Murphy*.

Adrián se queda completamente inmóvil. Sus manos, que aún sostienen el papel kraft por los bordes, se congelan sobre la mesa. Se quita las gafas despacio, limpiando los cristales con el dobladillo de la camisa, su clásico mecanismo de defensa para ganar tiempo.

—¿De dónde... —La voz le sale un poco más ronca de lo habitual. Se aclara la garganta—. ¿De dónde has sacado esto? Pensé que don Aurelio se había quedado con todo el material en Villa Albatros.

—Se quedó con las definitivas —explico, rodeando la mesa para sentarme en el brazo de su silla, sintiendo el calor de su hombro contra mi costado—.

Las que pasamos a limpio sobre el capó del coche amarillo, sin tachones ni grasa.

Pero esta fue la primera, Adrián. La que descartamos por el viento y la llovizna antes de entrar a la reunión.

Él extiende la mano y, con una suavidad extrema, roza el cristal del cuadro, justo por encima de la mancha de café. Sus dedos tiemblan apenas un milímetro.