Capítulo 2La diplomacia de la cafetera de cápsulas #2
La cocina es estrecha. Al acercarme, quedamos confinados en el espacio mínimo entre la encimera y la isla de madera reciclada.
Su aroma a vainilla y azúcar tostado invade el aire climatizado de la estancia.
Distingo la pequeña peca bajo su ojo izquierdo y el temblor de su respiración.
Mi pulso, lejos de la calma que exigiría un descafeinado, se acelera sin mi consentimiento.
—¿Por qué? —pregunta en un susurro, aunque sus dedos ejercen una resistencia tenaz bajo los míos—. ¿Tu hoja de cálculo colapsará si no tomas exactamente setenta mililitros de café a las once y quince?
—Tengo una jaqueca incipiente —admito, detestando la vulnerabilidad de la confesión—. Y un informe de viabilidad presupuestaria de sesenta páginas que entregar antes de las dos de la tarde. Necesito el efecto placebo para convencer a mi cerebro de que todo está bajo control.
Elena esboza la sonrisa ladeada que precede a sus peores ocurrencias creativas, esas que suelen destrozar mis presupuestos en las reuniones de cuentas.
—El control es una ilusión óptica, Montenegro. Deberías saberlo a estas alturas. —Sus dedos se mueven bajo los míos, intentando deslizar el metal hacia su palma.
Aumento la presión, atrapando su mano contra el fondo del cajón. El calor de su palma se transfiere a la mía. Ninguno de los dos retira los dedos; la competencia por la dirección creativa regional parece haberse reducido a este palmo de madera.
—Si crees que voy a ceder, subestimas mi resistencia —digo, sosteniendo su mirada. Sus ojos bajan un milisegundo hacia mis labios antes de volver a los míos. El aire se vuelve denso.
—Lo mismo digo —susurra. Su tono pierde la burla habitual, sustituida por una gravedad más física—. No voy a dejar que te quedes con todo, Adrián. Ni con la cafetera, ni con el viaje, ni con el despacho de Puerto Coral.
La mención de la delegación del sur cae entre nosotros como una declaración de guerra.
—El despacho de Puerto Coral requiere a alguien capaz de ofrecer garantías, Elena. Don Aurelio de la Vega es un cliente volátil. Si intentas gestionar su cuenta únicamente con intuición y juguetes de baño, nos arruinarás a todos en el primer trimestre.
—Y si tú intentas gestionarlo con tus plantillas de Excel y tu rigidez de sargento de hierro, se aburrirá y se llevará sus millones a otra agencia antes de que acabe el mes. Me necesita a mí para brillar.
—Y a mí para no quebrar —le devuelvo, con la voz reducida a un murmullo por la escasa distancia. Su respiración roza el cuello de mi camisa. Tenso la mandíbula para no perder la compostura.
—Entonces estamos en un callejón sin salida —dice ella, con los ojos fijos en los míos.
Nuestras manos siguen unidas sobre la cápsula azul cobalto. Ninguno cede.
La puerta de la cocina se abre con un chirrido metálico.
Nos separamos de inmediato. Retiro la mano del cajón y me coloco las gafas con un gesto rápido, alisando las solapas de mi americana. Elena se apoya contra la encimera con calma fingida, cruzada de brazos, marcando un ritmo nervioso con el tacón.
Mateo entra con un termo de acero cubierto de pegatinas de anime y se detiene a medio camino. Nos mira, evalúa la distancia entre nosotros y el cajón de las cápsulas aún abierto.
—Vaya —dice Mateo, con una lentitud deliberada—. No sabía que la reunión para la unificación de propuestas se había trasladado a la sección de electrodomésticos. ¿Interrumpo alguna negociación de fusión bilateral?
—Para nada, Mateo —responde Elena, recuperando su tono habitual en un segundo—. Solo le explicaba a Adrián que su concepto de la distribución de recursos comunes carece de flexibilidad creativa.
—Yo solo defendía la prioridad temporal —digo, recuperando el tono formal, aunque la palma de mi mano derecha conserve el calor de su piel—. Que pases una buena mañana, Valenzuela.
Giro sobre mis talones y salgo de la cocina, dejando la cápsula descafeinada atrás.
El aroma a vainilla se ha adherido a las solapas de mi traje, acompañándome de vuelta a la seguridad estéril de mi despacho.
Un elemento perturbador en mi planificación, un factor de riesgo que mi hoja de cálculo se niega a cuantificar.
Apenas me siento frente a la pantalla y coloco las manos sobre el teclado para reanudar el análisis de costes, el rastro de vainilla vuelve a colarse por mi nariz.
Me sacudo la solapa izquierda con un golpe seco, intentando desterrar la distracción.
Inútil. El olor sigue ahí, impregnado en la lana fría de mi americana, justo al lado del nudo de mi corbata de seda.
No llego a abrir la celda C42 de mi hoja de cálculo. La puerta de cristal de mi despacho recibe dos golpecitos secos. Sofía Ramos no espera a que le dé paso. Desliza la hoja de vidrio lo justo para asomar la mirada, sosteniendo su taza de té con una elegancia intimidante.
—Montenegro, Valenzuela. A mi despacho. Ahora —ordena, con esa modulación gélida que no admite réplicas.
Me levanto de inmediato, ajusto el botón central de mi americana y recojo mi libreta de cuero negro.
Al salir al pasillo, Elena ya está allí.
Ha dejado el rotulador verde sobre su mesa, pero todavía conserva una mancha esmeralda en el nudillo de su mano derecha.
Me mira de reojo, entornando los ojos, con la guardia alta tras nuestro encuentro en la cocina.
—¿Le has ido con el cuento de la cápsula? —susurra mientras caminamos en paralelo hacia el despacho de la esquina, manteniendo una distancia prudencial de treinta centímetros.
—No soy un alumno de primaria, Valenzuela —respondo en voz baja, mirando al frente—. Si quisiera sabotearte, usaría tu historial de entregas tardías, no un descafeinado.
—Qué corporativo —masculla ella, acelerando el paso para adelantarse medio segundo antes de cruzar el umbral.
El despacho de Sofía es un santuario de minimalismo japonés y brutalismo corporativo.
El suelo de hormigón pulido refleja la luz grisácea que entra por los ventanales con vistas al distrito financiero.
No hay archivadores ni papeles acumulados.
Es el único lugar de la agencia donde me siento a salvo de la contaminación visual de los pósits de colores.
Sofía se sienta tras su mesa de roble negro.
Nos indica con un leve gesto de la barbilla que tomemos asiento en las sillas de cuero frente a ella.
Elena se desploma en la suya, cruzando las piernas con un movimiento rápido que hace que su bolso de tela —con un estampado de gatos espaciales— choque contra la pata de la mesa.
Yo me siento con la espalda recta, coloco la libreta sobre mis rodillas y mantengo los pies alineados.
—Bien —comienza Sofía, entrelazando sus dedos largos sobre la madera—. Supongo que ya habéis digerido la noticia de la delegación de Puerto Coral.
—Totalmente, Sofía —interviene Elena, inclinándose hacia delante—. He estado pensando que el lanzamiento de la sede necesita una campaña de guerrilla que...
—No corras, Elena —la interrumpe Sofía con suavidad, levantando una mano—. Antes de inaugurar la oficina, tenemos que asegurar el cimiento que la va a sostener. Y ese cimiento se llama Don Aurelio de la Vega.
Abro mi libreta en una página limpia, con el bolígrafo de gel listo.
—Asumo que el señor De la Vega ha presentado objeciones formales a la estructura de costes que le enviamos el viernes —digo.
Sofía suspira, un sonido inusual en ella que enciende mis alarmas.
—Ojalá fuera un problema de costes, Adrián.
El viernes por la tarde, Don Aurelio consultó con su astrólogo de cabecera.
Al parecer, Mercurio está en retrógrado y ha decidido que la propuesta de marketing tradicional que le enviamos carece de «vibración cósmica».
Dice que somos una agencia de robots grises que solo piensan en el margen de beneficio.
Elena suelta una risita ahogada a mi lado. Le clavo una mirada de advertencia, pero ella ya me está sonriendo con suficiencia.
—Te lo dije, Montenegro. Los números aburren hasta a los planetas.
—Silencio, ambos —dice Sofía, y la risa de Elena se extingue al instante—.
La situación es crítica. Don Aurelio representa el cuarenta por ciento de la facturación proyectada para la nueva sede.
Si retira la cuenta, el proyecto de Puerto Coral se cancela antes de empezar.
No habrá delegación, ni oficina frente al mar, ni puesto de Dirección Creativa para ninguno de los dos.
El frío del aire acondicionado parece intensificarse de golpe.
El plan de cinco años que tengo diseñado en mi Excel, la seguridad financiera que necesito garantizar para mi madre, la estabilidad que tanto me ha costado construir.
.. todo tambaleándose por las creencias astrológicas de un multimillonario que viste túnicas de lino.
Un nudo de tensión se me instala en la base del cráneo.
—¿Qué propone, Sofía? —pregunto, forzando un tono neutro.
—Don Aurelio ha exigido una reunión presencial en su residencia privada de Puerto Coral, Villa Albatros. Quiere ver una propuesta definitiva, una que combine la solidez del negocio con la frescura digital. Y la quiere este viernes por la mañana.
—Perfecto —dice Elena, recuperando el entusiasmo—. Preparo la maleta y...
—Viajaréis juntos —sentencia Sofía.
La palabra cae en el despacho con el peso de una guillotina.
Giro la cabeza hacia Elena al mismo tiempo que ella se vuelve hacia mí. Sus ojos están abiertos de par en par, y su habitual verborrea se congela en un gesto de incredulidad absoluta. Ajusto mis gafas de montura negra para disimular la tensión en mi mandíbula.
—¿Juntos? —exclamamos a la vez.
—Sofía, con todo respeto —digo, buscando argumentos lógicos en mi base de datos mental—, logísticamente es una ineficiencia.
Nuestros métodos de trabajo son diametralmente opuestos.
Trabajar en paralelo desde la central nos permitiría presentar dos opciones de campaña diferenciadas para que el cliente elija.