Capítulo 1Post-its fosforitos y trajes de tres piezas #3
Mi respiración se detiene en seco. El osito de gominola que Mateo tiene a medio camino de la boca se queda suspendido en el aire, como si la gravedad también le temiese a nuestra jefa.
Al otro lado de la mesa de roble, el bolígrafo de gel de Adrián se detiene a una micra de tocar el papel.
Una gota de tinta negra empaña el papel crema de su libreta; una imperfección que, conociéndolo, debe de estar haciéndole sangrar los ojos por dentro.
—¿No está contento? —las palabras se me escapan antes de que mi filtro cerebral pueda detenerlas—. Pero si la estrategia para TikTok está prácticamente cerrada. El borrador de la página de aterrizaje es oro puro, Sofía. Los algoritmos adoran el concepto.
—A don Aurelio no le importan los algoritmos si siente que lo tratamos como a un cliente de segunda —responde Sofía con esa calma glacial que precede a los despidos en masa—. Dice que nuestra propuesta para su nueva línea de té helado prémium huele a «fórmula corporativa recalentada».
Adrián se tensa al otro lado de la mesa. Apuesto mi colección de tazas vintage a que me culpa de haber asustado al viejo multimillonario con mi lluvia de ideas. Y yo tengo claro que su maldito informe de viabilidad de cincuenta páginas ha aburrido al cliente hasta el coma inducido.
—Necesitamos un golpe de timón —continúa Sofía, mientras pasea la mirada por la sala—. Algo que demuestre que Vértice Digital no es solo una agencia con buena reputación en la capital, sino la única capaz de entender su excentricidad. Y aquí es donde entra nuestro plan de expansión.
La palabra «expansión» flota en el aire acondicionado como una promesa de supervivencia.
—Como algunos ya sabéis, la junta ha aprobado la apertura de una sede física permanente en Puerto Coral —anuncia Sofía, mientras da un pequeño sorbo a su té de jazmín—.
Una oficina de concepto abierto, justo frente al paseo marítimo, que gestionará todas las cuentas de la costa sur.
Un mercado millonario que espera a que alguien le dé la sacudida que merece.
El murmullo en la sala se eleva una octava.
Puerto Coral. La ciudad de rascacielos de cristal, sol perpetuo y neones frente al océano.
Para mí, es el paraíso. Para mi pelo, un desastre termodinámico por la humedad, pero el sacrificio lo vale.
Significaría escapar de este cubículo gris y de la calefacción central con olor a polvo viejo.
—Y para liderar ese proyecto —añade Sofía, clavando sus ojos felinos primero en mí y luego en el hombre del traje de tres piezas—, voy a crear el puesto de Dirección Creativa para la delegación de Puerto Coral.
El corazón me da un vuelco tan violento que temo que Mateo pueda oírlo sobre el zumbido de los ordenadores.
Dirección Creativa.
Es mi oportunidad de oro. El puesto por el que he pasado noches en vela devorando tendencias de madrugada, el título que validaría de una vez por todas que mi caos no es inmadurez, sino una forma distinta y brillante de ver el mundo.
Si consigo ese despacho, nadie volverá a mirarme como a la «chica de las ocurrencias raras».
Sería la jefa de mi propia tormenta de ideas.
Las mejillas me arden. Ya me veo allí: un escritorio de madera clara, notas adhesivas de colores sobre cristales con vistas al mar y libertad absoluta para crear sin pedir permiso.
—Por supuesto —la voz de Sofía me devuelve a la realidad de golpe—, un puesto de esa categoría no se asigna por antigüedad. Se gana en el terreno de juego.
—¿Cuál es el proceso de selección, Sofía? —pregunta Adrián. Su tono destila una moderación profesional ensayada, pero sus nudillos, apretados contra el bolígrafo hasta quedar blancos como la tiza, lo delatan.
—El viaje a Puerto Coral —sentencia ella—.
Viajaréis juntos este jueves. Vuestra misión es presentar una propuesta unificada que no solo salve la cuenta de don Aurelio de la Vega, sino que lo deje tan deslumbrado que firme un contrato de exclusividad por tres años.
Al volver, la persona que haya demostrado tener la visión, el liderazgo y la capacidad de llevar la cuenta al siguiente nivel, recibirá el nombramiento oficial de Dirección Creativa.
Giro la cabeza tan rápido que casi me da un tirón en las cervicales.
Al otro lado de la mesa, Adrián ya me está mirando.
Su rostro mantiene esa compostura de catálogo, pero detrás de sus gafas de montura negra, sus ojos brillan con una determinación helada.
Se acabó la suficiencia irritante. Esto es una declaración de guerra silenciosa, redactada en una hoja de cálculo impecable y sin errores de fórmula.
Sostiene mi mirada sin pestañear. La tensión cruza la mesa de roble como un arco voltaico capaz de fundir los portátiles del equipo de cuentas.
Él quiere ese despacho tanto como yo. Para él, representa el siguiente hito en su plan quinquenal, la dosis de control que su mente cuadriculada exige para respirar.
Para mí, es la prueba definitiva de que el desorden creativo puede aplastar a sus amados algoritmos.
—¿Una propuesta unificada? —pregunto, entornando los ojos y apoyando los codos en la mesa—. Sofía, con todo el respeto, mezclar el método de Adrián con el mío es como intentar mezclar agua y aceite en una batidora. Lo único que vamos a conseguir es salpicar a todo el mundo.
—Entonces os sugiero que encontréis el emulsionante adecuado antes del jueves —responde Sofía con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Tenéis tres días para preparar el terreno. No quiero excusas, solo resultados. La reunión ha terminado.
Sofía se levanta, alisa su americana de lino blanco y sale de la sala con el paso firme de quien acaba de soltar una granada en un gallinero y no tiene la menor intención de quedarse a limpiar las plumas.
El resto del equipo se levanta en un silencio fúnebre. Los redactores nos miran como a gladiadores en el coliseo; los analistas de datos desvían la vista, como si la tensión entre Adrián y yo fuera un factor de riesgo para su salud ocular.
Mateo se desliza en su silla hacia mi lado, mientras mastica su gominola con un ritmo frenético.
—Dime que tienes un plan de guerrilla, El —susurra, sin apartar los ojos de la mesa—. Porque el androide de enfrente ya está trazando las coordenadas de tu caída en un mapa militar.
Miro a Adrián. Sigue erguido, cerrando su libreta de cuero negro. El chasquido seco del imán resuena en la sala vacía como un disparo de salida. Se levanta con lentitud calculada, se abrocha el botón del chaleco gris marengo y me clava una última mirada.
Le sostengo la mirada con mi mejor sonrisa de suficiencia, aunque por dentro mis neuronas estén corriendo en círculos. La carrera por Puerto Coral ha comenzado. Y voy a ganar, aunque tenga que ahogarlo en un mar de notas adhesivas fosforitas.