Capítulo 1Post-its fosforitos y trajes de tres piezas #2
—Los datos no se vuelven virales, Montenegro.
La gente no comparte un gráfico de barras en sus redes sociales a las tres de la tarde para evadirse de su jornada laboral.
Comparten emociones. O patitos de goma si les arrancan una sonrisa.
Pero tu algoritmo emocional debe de estar desconfigurado.
¿Te has planteado reiniciarte? A lo mejor si te desabrochas el tercer botón del chaleco te llega algo de oxígeno al lóbulo creativo.
Mateo tose a mi lado, un amago de carraspeo poco sutil mientras finge retocar un diseño en su tableta con los ojos fijos en nosotros.
Adrián no se inmuta. Se limita a bajar la mirada hacia mi taza, luego hacia la cordillera de papeles fosforitos y, finalmente, regresa a mis ojos. Un destello frío en su mirada me dice que disfruta de este ping-pong tanto como yo, por mucho que su código de conducta le prohíba admitirlo.
—Mi lóbulo creativo funciona perfectamente, gracias.
Solo que prefiere trabajar con la gravedad a favor, no en caída libre sin paracaídas —dice, dando un paso atrás y alisándose las solapas de la chaqueta—.
Prepara algo más sólido que juguetes de baño para la reunión de esta tarde con Sofía.
A nuestra directora general no le entusiasmará presentarse ante el cliente con un proyecto de preescolar.
—Tú preocúpate de que tus amados números no duerman a las ovejas, Adrián. De la magia ya me encargo yo.
—La «magia» no paga las nóminas, Elena.
—Ni el aburrimiento gana premios —le devuelvo con mi mejor sonrisa de suficiencia.
Él ladea la cabeza, sosteniendo mi mirada durante un segundo interminable. Odio lo impecable que se ve incluso cuando es condescendiente. Odio que su compostura sea un muro donde mis mejores pullas rebotan sin dejar marca.
—Que tengas un productivo y caótico día, Valenzuela —dice, con una leve inclinación de cabeza insultantemente caballerosa.
Gira sobre sus talones y regresa a su territorio acristalado. Se sienta y, de inmediato, vuelve a sumergirse en su pantalla. Lo observo teclear con un ritmo constante, sin un solo titubeo, como si yo fuera una simple mota de polvo fuera de su planificación diaria.
Arranco el post-it rosa de la mesa y lo pego en el centro de mi monitor. El adhesivo está casi muerto, pero lo aplasto con el pulgar hasta que queda fijo.
—Un día de estos —mascullo, buscando un osito de gominola verde para decapitarlo de un mordisco— le voy a meter un patito de goma en el radiador de su coche. A ver cómo calcula el retorno de inversión de eso.
—Te tiene tomada la medida, El —comenta Mateo, deslizándose hacia mi mesa con su vaso de café helado—. Aunque tengo que admitir que la tensión entre vosotros dos podría alimentar la red eléctrica de toda la ciudad durante una semana.
—No es tensión, Mateo. Es repulsión biológica —corrijo, aunque mi pulso acelerado diga lo contrario—. El rechazo natural de un organismo vivo ante la presencia de un androide de contabilidad.
Miro de reojo hacia el ala norte. A través del cristal, Adrián sigue concentrado, ajeno a mi escrutinio, o fingiendo muy bien estarlo. La batalla por la campaña de Don Aurelio acaba de empezar. Y voy a ganar, aunque tenga que empapelar la agencia de rosa.
La fantasía de sabotear el radiador de Adrián con un patito de goma dura exactamente tres minutos: lo que tarda Sofía Ramos en asomar la cabeza por la puerta de su despacho acristalado, sosteniendo una taza de gres negro de la que se eleva un vapor con olor a cardamomo y autoridad.
—Sala de juntas. Todos. Ahora —dice, con esa voz que, sin necesidad de elevar el tono, hace que treinta personas dejen de teclear al unísono.
Mateo se quita los auriculares de un tirón, los deja caer sobre su cuello como un collar de plástico y me clava una mirada con los ojos como platos.
—Dime que no has filtrado la campaña de los patitos antes de tiempo —susurra, mientras se estira para recoger su cuaderno de bocetos.
—Claro que no. Es una sorpresa táctica —respondo, mientras me levanto de la silla de un salto.
Caminamos por el pasillo central, esquivando las mesas de diseño y los pufs de color mostaza que se supone que fomentan la sinergia horizontal, pero que solo sirven para que la gente se tropiece.
De reojo, veo a Adrián levantarse de su escritorio de cristal.
No tiene prisa. Nunca la tiene. Se toma tres segundos para cerrar la tapa del portátil, deslizar la estilográfica en el bolsillo interior de la chaqueta y coger su libreta de cuero negro.
Esa libreta. Me produce una mezcla de fascinación y urticaria.
Las cubiertas de cuero oscuro absorben la luz de los fluorescentes y las páginas tienen ese tono crema de los cuadernos caros que huelen a biblioteca antigua.
Ni una esquina doblada, ni un borrón, ni una anotación fuera de las líneas invisibles que su mente cuadriculada proyecta sobre el papel.
Es el diario de a bordo de un capitán que teme al mar.
La sala de juntas es un cubo de cristal templado suspendido en el centro de la planta. La mesa de roble recuperado —otra concesión al postureo ecológico— está rodeada por sillas ergonómicas que cuestan más que mi alquiler.
Adrián entra justo detrás de mí. Noto la corriente de aire frío que parece seguirlo a todas partes, o tal vez sea solo mi sistema nervioso alterándose por su proximidad.
Se sienta en el lado opuesto de la mesa, exactamente frente a mí.
Un movimiento estratégico automatizado: mantener la distancia de seguridad para que nuestras auras de desaprobación mutua no provoquen un cortocircuito en las pantallas.
Alinea la libreta con el borde de la mesa, dejando exactamente dos centímetros de margen.
A su lado, coloca un bolígrafo de gel de punta fina.
Espalda recta, hombros firmes, el chaleco gris marengo sin una sola arruga.
Parece un conferenciante de TED esperando el micrófono; yo, en cambio, me desplomo en mi silla con la elegancia de un saco de patatas, cruzo las piernas y planto los codos sobre la mesa.
—¿Crees que nos va a caer bronca por el presupuesto de producción del mes pasado? —susurra Mateo a mi izquierda, mientras abre un bote de ositos de gominola como si fuera una ofrenda de paz.
—Si fuera por el presupuesto, Adrián ya tendría un gráfico en PowerPoint listo para restregármelo en la cara —respondo en voz baja, sin apartar los ojos de mi rival—. Míralo. Está demasiado tranquilo. Sabe algo que nosotros no.
Adrián levanta la vista. Sostiene mi mirada con una fijeza exasperante.
Sin burla, solo con esa evaluación analítica que parece diseccionar mi próxima propuesta antes de que la pronuncie.
Ladea la cabeza un milímetro, un saludo invisible que ignoro al abrir de golpe mi carpeta de proyectos.
De ella sobresalen tres pósits amarillos despegados y un boceto arrugado donde Mateo me dibujó con orejas de gato.
La sala se va llenando con el resto del equipo.
Los redactores se apelotonan en una esquina murmurando teorías sobre fusiones; los analistas de datos se sientan en bloque, con pantallas llenas de gráficos que parecen electrocardiogramas con arritmia.
La sala se carga de esa electricidad estática de las agencias cuando se convoca una reunión sin orden del día: un aroma a pánico, perfume caro y desodorante de marca blanca.
Sofía preside la mesa desde el extremo, observándonos sobre el borde de su taza.
Su presencia intimida sin esfuerzo. Lleva una americana de lino blanco inmune a las manchas de café y un moño tan tirante que sospecho que le estira las ideas para mantenerlas ordenadas.
Calla durante dos minutos eternos. Nos mira, saboreando el silencio y su té de jazmín con la parsimonia de un felino que contempla a un grupo de hámsters en su rueda.
El único sonido es el roce del bolígrafo de Adrián contra el papel.
Escribe la fecha y el título con una caligrafía tan perfecta que parece tipografía de imprenta: *Reunión de Estrategia - Cuenta De la Vega*.
Sigo el trazo firme de su mano, la tensión en sus nudillos y la forma en que su muñeca apenas roza el papel para no emborronar la tinta.
Una disciplina militar, una necesidad patológica de registrar la realidad antes de que se atreva a desordenarse.
—Montenegro —digo, elevando la voz lo justo para romper el murmullo—. ¿Redactas ya tu discurso de victoria o solo apuntas los nombres de los que sobreviviremos a la purga?
Varios diseñadores ahogan una risa. Adrián ni parpadea. Termina de trazar una línea horizontal perfecta bajo la fecha, apoya el bolígrafo con suavidad y levanta la mirada.
—Simplemente me aseguro de tener un registro preciso de los hechos, Valenzuela —responde con esa voz de barítono diseñada para leer contratos de confidencialidad—. Asumo que tu plan de contingencia incluye algo más que intuición y papel de colores.
Sofía deja la taza sobre la mesa con un golpe seco. El silencio se desploma como una losa.
—Suficiente, vosotros dos —dice Sofía, con un tono suave que corta como un bisturí—. La tensión creativa es saludable, pero hoy no hay tiempo para vuestro torneo de esgrima verbal. Tenemos un asunto mucho más urgente.
Me recoloco en la silla; la adrenalina del pique con Adrián se transforma en una curiosidad punzante. Mateo deja de masticar su gominola. Al otro lado de la mesa, los dedos de Adrián se cierran con fuerza alrededor del bolígrafo, aunque su expresión siga siendo una máscara de absoluta compostura.
Sofía se inclina hacia delante, apoya los antebrazos en la mesa de roble y nos clava la mirada.
—Don Aurelio de la Vega acaba de llamarme —anuncia. El subidón de tensión en la sala es casi físico—. Y no está contento con el rumbo de la campaña.