La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

En cuanto la puerta quedó fuera de su vista, dobló por un callejón lateral, dejó caer su disfraz y se apoyó exhausta contra una pared. El corazón le latía desbocado en el pecho, la coronilla le hormigueaba y los músculos le vibraban tanto que creía no poder dar un paso más.

Pero tenía que hacerlo. La vida de Cadrim y el destino de Laran estaban en juego.

Chiara se apartó de la pared de un empujón y se arrastró hacia el templo.

Seguramente la noticia del ataque de Lexor aún no se había extendido por la ciudad y, sin embargo, se respiraba tensión en el ambiente. La gente se agrupaba para cuchichear, intercambiando miradas inquietas. Tan cerca del palacio, el ajetreo que allí reinaba no pasaba desapercibido.

El estruendo de cascos se acercó por detrás. Sobresaltada, Chiara miró hacia atrás. Una decena de soldados galopaban hacia ella. Tanteó en busca de su magia. ¿Habrían descubierto su huida? ¿La buscaban a ella esos hombres?

Se hizo a un lado y procuró parecer lo más discreta posible.

Si intentaba camuflarse de pronto, llamaría la atención.

Sin duda, la patrulla la había visto hacía rato.

Aun así, no se rendiría sin luchar. Si llegaba al extremo, lanzaría una ilusión y ella misma desaparecería en otra dirección.

Su magia estaba agotada, pero bastaría para un breve engaño.

No tardaría mucho en perderse por el callejón.

Chiara tensó el cuerpo, lista para huir. Sin detenerse, los hombres pasaron al galope junto a ella. El alivio la mareó.

A toda prisa se adentró en la maraña de callejuelas, aunque eso alargara el camino. No quería arriesgarse a otro encuentro con los soldados de Cadrim.

Cuando por fin alcanzó el templo, tenía la garganta áspera y dolorida por la respiración agitada y el aire frío. El pulso le martilleaba en los oídos y, pese al esfuerzo, sentía un frío atroz.

Oculta tras un árbol, Chiara sopesó sus opciones. Lo que más le habría gustado era entrar sin más en el templo, como en todos los días anteriores. Allí nadie se habría incomodado por su presencia.

Salvo Soana. La sacerdotisa sabía de su arresto, de su traición. Si la descubría, todo habría sido en vano.

Una anciana avanzaba arrastrando los pies por la calle. Por un momento, Chiara creyó que entraría en el templo, pero pasó por delante de la entrada sin detenerse.

Aquello le dio una idea a Chiara. Con sus últimas fuerzas, comenzó a tejer un nuevo velo. Las palabras con las que daba sustancia a su magia solo brotaban de sus labios con un graznido.

Bajo la apariencia de una anciana encorvada por las penas, Chiara se puso de nuevo en marcha al cabo de unos instantes. Que apenas pudiera tenerse en pie daba aún más credibilidad a la figura.

Con un gemido, empujó la puerta del templo, cerrada a causa de la temperatura, y respiró aliviada cuando le envolvió el aire cálido y cargado de humo.

Atravesó con determinación el vestíbulo y casi había llegado a la puerta del santuario cuando le salió al paso precisamente Soana.

Rastros de lágrimas brillaban en las mejillas de la sacerdotisa.

Con remordimiento, Chiara recordó que Ora, con toda probabilidad, había muerto.

No sabía qué unía a la anciana de las montañas con las sacerdotisas de la capital, pero, sin duda, se habían conocido.

—Me temo que tendréis que iros —le dijo Soana—. El templo permanecerá cerrado hoy. Nosotras… —Tragó saliva—. Tenemos que hacer algunos preparativos.

—Pero mi nieto —improvisó Chiara, asustada—. Está muy enfermo. Quiero rezar a la Madre Tierra por su recuperación. Por favor —añadió con tono suplicante—. Los sanadores no pueden hacer nada por él.

—Lo lamento. —Soana torció el gesto con compasión—. La Gran Madre escucha vuestras plegarias siempre y en todas partes; no importa dónde las pronunciéis.

—Por favor —insistió Chiara. Las lágrimas le brillaban en los ojos. Había llegado demasiado lejos para fracasar allí—. Es aún muy joven. —La ilusión empezaba a escapársele del control.

—Está bien. —La sacerdotisa suspiró con resignación—. Tenéis diez minutos.

—Gracias. —Chiara inclinó la cabeza y pasó arrastrando los pies junto a ella. Oyó cómo los pasos de Soana se alejaban mientras ella se dirigía al símbolo circular sobre la mesa del altar.

De pronto la asaltaron las dudas. A la tenue luz que entraba por las ventanas, no era más que un trozo de arcilla cocida pintado.

¿Cómo se le había ocurrido que ese círculo pudiera ser otra cosa?

Aun cuando las sacerdotisas ocultaran el raro metal en aquel templo, sin duda no lo habrían hecho a la vista de todos.

Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

No tenía fuerzas para buscar en otro lugar, ni idea de por dónde empezar.

Se detuvo justo delante del gran anillo de arcilla y miró nerviosa por encima del hombro.

El pasillo a sus espaldas estaba vacío. Antes de que pudiera pensárselo dos veces, Chiara extendió la mano y aferró el artefacto.

No se desprendía del soporte. Y este pesaba tanto que apenas conseguía levantarlo. Decidida, Chiara agarró con ambas manos el objeto sagrado del templo, lo arrancó del altar a pulso y lo arrastró hasta la ventana. Tenía que ponerse a salvo con él antes de comprobar qué había robado.

Abrió de un tirón la ventana, que comenzaba a la altura del pecho, y empujó el pesado objeto a través de ella.

Cayó al otro lado con estrépito, y Chiara se apresuró a deslizarse también por la estrecha abertura.

Si no se equivocaba, así llegaría al jardín del templo, que solo estaba rodeado por un muro bajo.

Tenía, pues, una oportunidad real de escapar.

Los músculos de Chiara protestaron con un gemido.

No se había percatado de lo débil que se había vuelto en las últimas semanas.

Además, el vestido la entorpecía. Por fin logró cambiar de posición sobre el alféizar y saltar al suelo.

El pie se le enredó en la falda, no pudo frenar el impulso y cayó sobre manos y rodillas.

Al incorporarse, un dolor agudo le atravesó la pierna.

Apretó la mandíbula, recogió el anillo y echó a andar cojeando.

A cada paso le saltaban las lágrimas a los ojos.

De ese modo no llegaría lejos. Su mirada se clavó en el objeto que llevaba en la mano.

La base estaba astillada, la arcilla agrietada.

Y a través de las grietas descubrió un brillo mate que le resultaba familiar.

Chiara respiró hondo, sacudida por una oleada de inmenso alivio. Ahora todo saldría bien. Solo tenía que llevarle aquel anillo a Cadrim; él sabría qué hacer con él.

Por desgracia, no tenía ni idea de dónde se encontraba él. Y no estaba en condiciones de caminar.

Si la atrapaban, pasarían horas, si no días, antes de que el artefacto llegara a Cadrim. Si es que llegaba. Era mucho más probable que no la creyeran o que se quedaran con el precioso metal.

Como habían hecho las sacerdotisas durante todos esos años. Chiara no podía imaginar que ellas no sospecharan nada. Removerían cielo y tierra para recuperarlo en cuanto se descubriera el robo. Y no era difícil seguirle el rastro.

Chiara se arrastró hasta un árbol y se dejó caer exhausta, apoyada contra el tronco. No le quedaba otra opción. Tenía que servirse del poder del metal.

Solo así podría avisar a Cadrim. Solo así mantendría alejadas a las sacerdotisas hasta que él viniera a recogerlo.

Chiara aspiró hondo, estremecida. Recordaba muy bien cómo había sido extraer el éter con el anillo de Lexor. Aquello iba a ser muchísimo más poderoso.

Y Lexor sabría que estaba viva. Así ponía a su familia en peligro.

A menos que…

Chiara tragó saliva. No tenía la más mínima idea de si siquiera una parte de lo que se gestaba a toda velocidad en su mente podría funcionar. Pero no veía otra salida. Si no hacía nada, Cadrim y los suyos morirían.

Con manos temblorosas, alzó el artefacto y lo golpeó contra el árbol con las fuerzas que le quedaban, para desprender la arcilla.

Una y otra vez, procurando que su piel no tocase el metal demasiado pronto.

Al final se valió de las mangas para sujetar el aro reluciente.

Era más pequeño que el artefacto original; el metal curvo apenas tenía un centímetro de grosor.

Chiara se armó de valor, cerró ambas manos en torno al aro reluciente y se abrió al éter.

Por un instante no ocurrió nada. Después, un remolino invisible empezó a formarse en el hueco del círculo. Un vórtice que succionaba energía del éter y la disparaba de lleno al pecho de Chiara.

La fuerza del impacto superó todo lo que había vivido jamás.

Echó la cabeza hacia atrás, la boca se le abrió en un grito mudo, agónico y extático a la vez.

El tiempo se detuvo. La respiración se le atascó en los pulmones, su corazón dejó de latir.

Chiara se sumió en un silencio absoluto, que estalló en un trueno sin sonido y se derramó a su alrededor en miríadas de sonidos, imágenes y emociones.

El tiempo retomó su curso normal, pero la mente de Chiara era, de pronto, mucho más rápida, más nítida, más clara. Oyó a un escarabajo trepando por una brizna de hierba. A personas riendo, gritando, llorando. El aire estaba colmado de una energía centelleante que envolvía el mundo entero.

Una parte de Chiara ansiaba explorar, comprender y sentir aquel prodigio, toda esa plenitud de vida. Disolverse en ella, ser nada y, a la vez, serlo todo.

Chiara se esforzó por mantener su foco, oponiéndose al arrollador tirón de la magia. Tenía cosas más importantes que hacer.

Cerró los párpados y pensó en su madre, dejándose guiar por su amor mientras se precipitaba por un sendero incandescente que la arrastraba sin desvíos hacia Welzedon. Así que su familia estaba allí de veras.

Mamá, ¿me oyes? ¿Mamá? , la llamaba sin cesar, volcando toda su añoranza, todo su miedo en la búsqueda. Soy yo, Chiara. ¿Puedes oírme?