La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Epílogo
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Epílogo

Sam

Le Marais bulle hoy con el público del teatro. Como la mayoría de los veranos, los turistas inundan la ciudad y le dan una nueva energía. Me gusta ir conociendo el ritmo de esta ciudad. Estamos en nuestra mesa habitual del fondo, todas impacientes por contar nuestras novedades.

Mo empieza:

—Acabo de conseguir al cliente más importante de mi carrera. No puedo contaros nada hasta que el contrato esté firmado, pero os aseguro que sabréis quién es en cuanto oigáis el nombre.

Barbie levanta su copa y las demás nos unimos.

—Por Monique, la fuerza de la naturaleza que pronto conquistará el mundo.

—No estoy segura de que queramos eso —dice Caroline, aunque su sonrisa es genuina.

Las dos mujeres van encontrando poco a poco puntos en común.

Todas bebemos nuestros mojitos. Los clientes y el personal van y vienen.

Evie nos habla de sus chicos y de Adam. Están montando su propia fundación benéfica. Algo relacionado con la conservación de los parques nacionales.

—Zane, el amigo de Adam, lidera la iniciativa —dice Evie, y no sé si eso le hace gracia o no.

—Es uno de los mejores escaladores del país, pero su nombre ya lo dice todo. El tipo está como una cabra —sonríe—. Pero si no fuera por él, no sé si Adam y yo estaríamos juntos.

Barbie picotea su ensalada Cobb sin perder detalle.

—¿Estuvo en tu boda?

Evie busca algo en el móvil y se lo pasa. Veo cómo Barbie arquea la ceja izquierda.

—Ah, ahora me acuerdo.

Las demás nos pasamos el móvil. Cuando me toca, entiendo a qué se refiere Barbie. El tipo está fibroso, cachas y con una tableta de chocolate impresionante.

Cuando Barbie recupera el móvil para echarle otro vistazo, Evie dice:

—Ni se te ocurra. No es tu tipo.

El camarero deja en la mesa una porción de tarta de chocolate y cinco cucharas. A regañadientes, Barbie devuelve el móvil y coge una cuchara.

—¿A quién le toca?

—¡Yo! —dice Caroline, agitando la mano izquierda.

Un discreto rubí brilla en el anular.

—¿No es perfecto?

El club la colma de halagos, justo como a ella le gusta.

Calvin y ella se comprometieron de la forma más romántica imaginable.

Desde entonces, ha ido buscando el anillo perfecto.

La mudanza a Vermont no podría ir mejor.

Una transición gradual mientras Calvin reduce su trabajo en Nueva York y se traslada al hospital de Sugarbush Falls.

Mo dice:

—Me han dicho que la gala fue un exitazo.

Antes de que pueda responder, Caroline interviene:

—Todo gracias a esta de aquí —dice, señalándome.

Con millones en donaciones, la recaudación superó todo lo que Caroline, Ramona o yo habíamos esperado. No solo cubriremos los gastos del próximo año de programación, sino que podremos financiar proyectos que la junta lleva tiempo queriendo explorar.

Por lo que he oído, la relación entre Caroline y sus hijastros va mejorando. Ella me atribuye el mérito. Parece que cualquier duda que tuvieran sobre su lealtad a la fundación de su padre se disipó cuando me contrató.

Aun así, ha dejado claro que va a cortar lazos con Estrellas Brillantes.

Caroline quiere centrarse en su vida en Vermont, dedicar tiempo a la biblioteca local y a la asociación de padres del colegio.

Incluso habla de adoptar a Chacha. Nunca imaginé a Caroline con instinto maternal.

Pero ya ves, la gente evoluciona incluso a nuestra edad.

Me va a regalar toda su ropa elegante. Qué irónico.

—Le paso las riendas a Sam, si las quiere.

Digo:

—Voy a reducir las clases, quitar una de las dos escuelas de mi horario —bebo un sorbo del cóctel—. Ah, y escuchad esto. Le canté las cuarenta al ex, lo amenacé con llevarlo a los tribunales si no empieza a pagar. En la última visita, Ethan volvió a casa con un palo de hockey nuevo.

Puede que mi hijo tarde un poco en confiar en la recién descubierta generosidad de su padre. Ya veremos cuánto dura.

Observo las caras de sorpresa de mis amigas mientras aplauden.

—¿Qué?

Caroline dice:

—No has dicho el nombre de tu ex.

Evie dice:

—¡Y plantaste cara!

Sonrío. Las dos tienen razón. Progreso.

—Es como si algo hubiera cambiado en él.

—Eres tú la que ha cambiado —dice Barbie.

Mo levanta la mano.

—¡Esto merece otra ronda de mojitos!

—¿Qué tal Blake? —pregunta Evie.

Nunca llegué a saber si fue ella la responsable de los fuegos artificiales aquella noche gloriosa en la mansión. En cuanto a su puja en la subasta, mereció cada céntimo.

—Es increíble. El próximo fin de semana nos vamos de acampada con los niños.

Los niños se llevan genial entre ellos y con Blake. Ayuda que ya estén acostumbrados a verlo por casa, así que no les resulta raro. A menos, claro, que vaya con su disfraz de payaso, un look que ahora me encanta.

Chloe ha asumido el papel de hermana mayor con Vivi y eso me llena de alegría. Ethan y Blake van esta noche a un partido de los Rangers. El padre de mis hijos sigue hablando de mudarse a París. Ya veremos.

Resulta que ser vecina de Blake tiene sus ventajas. Mi césped nunca ha estado tan impecable, mis canalones relucen. Estamos quitando la valla trasera y, en cuanto ahorremos lo suficiente, uniremos las dos casas. Por ahora, vamos y venimos de una a otra constantemente.

Les cuento todo a las chicas y veo lo contentas que están por mí.

Se lanzan miradas cómplices por encima de las copas, y conozco esa mirada: significa que están tramando algo. O que saben algo jugoso. Quizá otra sorpresa.

Doy un sorbo a mi copa, fingiendo no darme cuenta. Después de presentarse en Delray Beach, no me imagino qué podría superar una sorpresa así.

Estoy cortando verduras cuando Blake entra en mi cocina, con Ethan pisándole los talones. La cazuela se enfría en la encimera.

—¿Quién ganó? —pregunto, aunque está claro por los hombros caídos de mi hijo y sus pies que se arrastran. Es estudiante de primero de secundaria y juega en el equipo de hockey.

Ethan murmura algo sobre que los han masacrado.

—Lo siento —digo.

Se deja caer en una silla de la cocina, deja la bolsa de gimnasio a su lado y el palo de hockey en el suelo. Desprende un olor inconfundible.

Desde aquí veo a Chloe en el salón, a buena distancia de su hermano, ayudando a Vivi con los deberes. —¿Ambientador, alguien? —dice.

Vivi se tapa la nariz. Ethan ni se entera.

Blake se ríe. —Cosas de chicos.

Me río. —Vaya si lo sé.

Blake me rodea con los brazos y me derrito.

Sigo cortando y le digo a mi hijo que recoja sus cosas y se duche. Refunfuña, pero obedece.

Es entonces cuando pillo a Blake mirándome fijamente. —¿Qué?

Niega con la cabeza. —Solo me preguntaba si habrás activado alguna alarma de humo con esa cazuela.

Entrecierro los ojos. —Tienes mucha suerte de que no me queden cucharas de madera.

Se ríe y se me encoge el corazón, porque resulta que ambos tenemos suerte.

Blake está poniendo la mesa cuando me llega un mensaje de Barbie. Se va a California y combina un viaje de trabajo con una visita a Evie en Yosemite. Algo me dice que estará investigando al amigo de Adam, Zane. Cuando Barbie se propone algo, nada se interpone en su camino.

Ethan pasa arrastrando los pies, con el pelo chorreando. Al menos está limpio. Se une a Chloe y Vivi en el salón.

—¿Lista para nuestra cita? —pregunta Blake.

La cazuela y la ensalada son para los niños.

Blake sugirió que fuéramos a nuestro lugar favorito.

Estoy segura de que se refiere a la mansión.

Me emociona volver al lugar donde nos declaramos.

Después de los fuegos artificiales en el jardín, nos obsequiaron con una elaborada cena de guante blanco, con acompañamiento musical incluido.

Solo el recuerdo me pone la piel de gallina.

Dejo el teléfono a un lado y busco el neceser de maquillaje mientras me estudio en el espejo del pasillo. Me encanta mi atuendo. Top naranja quemado, unos vaqueros de diseño idénticos a los de Chloe y mis nuevas botas militares. Me han dicho que son «geniales».

Blake se detiene a mi lado y mira el rímel que tengo en la mano. —No lo necesitas. Eres perfecta tal como eres.

Amo a este hombre.

El hombre que subió al escenario para salvarme el pellejo. Que hizo reír a mi hijo en el hospital. Que siempre sabe cómo hacerme sentir la mujer más hermosa de la sala, incluso cuando llevo mallas de yoga y se me ven dos centímetros de canas.

—Solo necesito un minuto —digo.

Blake me toma de la muñeca y me gira hacia él. —Sabes, estaba pensando… —se interrumpe; sus dedos me rozan ligeramente la piel y me recorre una pequeña descarga eléctrica.

Levanto una ceja y el corazón se me acelera. —¿Pensando en qué?

Duda, pero solo un segundo. Antes de acercarme más, me mira fijamente a los ojos. —Que mi lugar favorito no es la mansión.

Una chispa de decepción. —¿No lo es?

—Mi lugar favorito es aquí, contigo y con los niños. —Me toma la mano entre las suyas.

Dejo el rímel en la encimera y lo sigo al jardín, perpleja. —Pensaba que íbamos a salir.

—Vamos a salir. Aquí fuera.

Me lleva al extremo más alejado de nuestros jardines unidos, exuberantes y verdes, bordeados de narcisos amarillos brillantes. En la esquina hay un pequeño huerto de hierbas aromáticas que empiezan a brotar, un regalo de Blake.

Se muerde el labio inferior, lo que me preocupa.

—¿Qué pasa?

Blake respira hondo, armándose de valor. Luego me entrega un trozo de papel.

La expresión de su rostro me dice que esto es importante. Miro el mensaje escrito a mano y leo en voz alta.

—Sam, podría intentar escribir algo poético, pero la verdad es simple: te amo, te deseo. No quiero pasar ni un día sin ti. Eres mi giro argumental favorito, lo mejor que jamás esperé, y el único final que deseo.

El corazón me late desbocado.

Blake se aparta lo justo para meter la mano en el bolsillo; sus dedos se cierran alrededor de algo pequeño y brillante.

Con delicadeza, me toma la mano. —Quiero pasar el resto de mi vida contigo… y con nuestra tribu.

Se me corta la respiración; lo repentino de sus palabras me deja sin habla.

Se arrodilla, con los ojos llenos de amor suplicándome, un delicado anillo de plata en la mano. —¿Te casarías conmigo, Sam?

Se me llenan los ojos de lágrimas y el pecho se me hincha de emoción. Todo lo demás se desvanece, y solo quedamos nosotros dos en este momento hermoso y perfecto.

Antes de que pueda decir nada, oigo las voces inconfundibles de nuestros hijos en el salón; sus risas llegan por la ventana abierta. Me giro y veo a Ethan y Vivi con Chloe, los tres reunidos, expectantes.

Vuelvo a mirar a Blake y asiento antes de que las palabras salgan de mi boca. —Sí, Blake. Sí.

Los niños salen corriendo con los rostros radiantes mientras Blake me atrae a sus brazos una vez más. Todo encaja, como si este fuera exactamente el lugar donde debemos estar.

Blake me besa, suave y dulce, un beso que sabe a nuevos comienzos y a un amor que ha ido creciendo en silencio hasta hacerse demasiado grande para ignorarlo.

Los labios de Blake rozan los míos con la certeza de un hombre que sabe lo que quiere y lo que ha encontrado. Su mano me sostiene el rostro, su pulgar me acaricia la mejilla mientras el beso se hace más profundo, tierno y lleno de promesas.

Cuando nos separamos, lo siento—el futuro se despliega ante nosotros, más brillante y pleno de lo que jamás imaginé.

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