Capítulo setenta y nueve
Sam
—Yo también te quiero —digo entre lágrimas—. Y que conste que eres lo mejor que me ha pasado en mucho, mucho tiempo.
Blake me envuelve entre sus brazos. Se inclina.
Nuestros labios se encuentran. Su beso es tierno al principio, suave y lento, como si saboreara el momento.
El mundo deja de girar a medida que el beso se vuelve más intenso, cargado de todas las emociones que hemos mantenido encerradas: el anhelo, el miedo, la conexión innegable.
Me acuna el rostro con las manos, firmes y seguras, como si temiera que fuera a desaparecer.
Nos separamos y me seca las lágrimas de las mejillas con los pulgares. Veo todo el amor del mundo en su rostro. Es el mismo que siento yo.
Lo agarro de la camisa y tiro de él hacia mí, sintiendo su calidez reconfortante.
Explotan fuegos artificiales.
Seguro que es cosa de mi imaginación. Besar a Blake me produce ese efecto. Abro los ojos. Como por arte de magia, el cielo se ilumina y estalla en colores.
—¿Evie?
Blake alza la vista y los dos nos echamos a reír.
Me encojo de hombros.
—Quién sabe. Es muy capaz.
Un caleidoscopio de estrellas se extiende por el cielo sobre nosotros. Pero nada, ni siquiera este despliegue deslumbrante, me apartará de aquello a lo que he venido.
Blake se me adelanta y sus labios hambrientos se encuentran con los míos. Nuestros besos duran hasta que estalla el último fuego artificial.