Capítulo Setenta y Tres
Sam
TRES MESES DESPUÉS
Los niños y sus padres hacen banderas y juegan al lanzamiento de sacos, mientras los adolescentes pintan las caras de los más pequeños. Chloe está entre ellos. Los niños la siguen como un imán y me pregunto si algún día decidirá ser maestra.
Es un evento totalmente diferente al banquete que organicé, pero esta reunión informal resulta mucho más agradable. Al menos para mí.
Me pregunto cómo estarán celebrando Blake y Vivi. La semana pasada desapareció el cartel de Se Vende. Cuando volví de Florida y lo vi plantado en el jardín de Blake, me quedé de piedra. Ahora estoy preparada para lo inevitable. Pronto tendré nuevos vecinos.
No he visto a Blake desde el día en que Ethan ingresó en el hospital. Es como si él y Vivi se hubieran esfumado de la faz de la tierra. Nada en redes sociales, nada en la clase de español. Incluso pasé por el preescolar y la maestra me dijo que hacía tiempo que no aparecía.
Durante días, miré el móvil cada pocos minutos con la esperanza de recibir un mensaje, pero no llegó ninguno. Le escribí una vez y lo borré al instante. Si Blake hubiera querido que supiera adónde fue, me lo habría dicho.
El único contacto fue una foto que Vivi le envió a Chloe. Estudié esa foto hasta la saciedad en busca de pistas. Lo único que pude descifrar fue una niña feliz con una cabaña detrás. Quizá se mudaron al campo. Eso explicaría algunas cosas.
Cada uno tiene su forma de lamerse las heridas. La mía es mantenerme ocupada. Y empezar terapia familiar. Es algo que debería haber hecho hace mucho tiempo. Con la ayuda de Flo encontré a alguien que puedo permitirme. Nos está ayudando a afrontar todos los cambios en nuestras vidas.
Chloe me saluda con la mano. Joey sonríe de oreja a oreja, con la cara convertida en un tigre de colores brillantes.
Flo se acerca con un vaso de papel rojo.
—¿Ponche?
Sonrío y acepto el vaso. Al primer sorbo me doy cuenta de que ha vuelto a las andadas.
La mayoría de los vecinos han vuelto a sus casas, las mesas están plegadas, la basura embolsada y recogida. Chloe y Ethan se lavan cuando aparece Alan.
—¿Nos hemos equivocado de día? —pregunto desde la puerta. Sé que no. Los niños me tocan a mí el 4 de julio.
—Encontré unas camisas de Ethan en mi casa. Solo venía a dejarlas.
Me entrega una bolsa de basura con ropa sin lavar. ¿Tan difícil era traerlas lavadas? Me muerdo la lengua.
Hasta que dejo de hacerlo.
Cruzo los brazos.
—He notado que la semana pasada no llegó la pensión de los niños.
Pone cara de ofendido.
—Oye, te estoy haciendo un favor —dice señalando la bolsa.
Quizá sean las sesiones con la terapeuta o que por fin he llegado a mi límite, pero miro a mi exmarido a los ojos. Mi tono es tan dulce como la sacarina.
—O pagas lo que debes de pensión o nos vemos en el juzgado.
Llevo meses guardando una carta de mi abogada, demasiado agotada o asustada para hacer nada con ella. Está en la consola junto a la puerta. La saco y se la doy.
Alan le echa un vistazo y juraría que se le cae la mandíbula.
—¿Te has buscado una abogada?
Su mirada incrédula me da otro impulso de audacia.
—Así es. Debes un montón de atrasos. Paga o atente a las consecuencias.
Asiente con vacilación, sin apartar la vista de la carta, y vuelve arrastrando los pies hasta su coche deportivo. Nunca me he sentido tan poderosa en mi vida.