La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo setenta y dos
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Capítulo setenta y dos

Sam

Shel y yo estamos descansando en el patio, yo en el columpio con vistas a su pequeña piscina, mi hermana en el sofá de dos plazas. El tiempo es perfecto: las abejas zumban, los pájaros cantan bajo un cielo despejado y sin contaminación. Siempre me ha encantado este lugar.

Shel deja su libro de bolsillo.

—¿Lista para contarme qué te pasa?

Doy un sorbo a mi té helado y le cuento lo más importante. La gala, mi trabajo, los logros académicos de los niños.

Shel inclina la cabeza.

—Me enteré de lo de Alan.

No pregunto cómo. Hay infinidad de formas en las que podría haberse enterado.

No voy a mentir.

—Estoy sorprendida, pero lo estoy sobrellevando.

Después de una noche llorando en mi habitación, me doy cuenta de que Barbie tenía razón. Por fin estoy cerrando una etapa que no había podido cerrar hasta ahora.

—Quizá ahora cumpla mejor con sus obligaciones.

No respondo. Por lo que sé, todavía está pensando en mudarse a Francia.

—Solo prométeme algo. No metas a todos los hombres en el mismo saco que Alan.

Es difícil no desconfiar de todos los hombres, pero incluso ahora, tan dolida como estoy, no voy a permitir que mi ex controle cómo veo el mundo. Hay hombres buenos. Lo sé de sobra.

Como si me leyera la mente, Shel pregunta:

—¿Qué pasa con tu nuevo vecino?

De nuevo, está más informada de lo que pensaba.

Empujo los pies contra el suelo para que el columpio se balancee y le cuento lo básico.

—Así que —dice— es viudo con una hija pequeña, que intenta mantener las cosas en orden.

Eso lo resume todo.

Shel frunce los labios y sé que está a punto de decir algo que no me va a gustar.

—¿Se te ha ocurrido pensar que ese hombre ha pasado por tanto como tú, o más?

—Una combinación encantadora —replico.

—Deja de hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Sabotear tu felicidad. De la misma forma que tú necesitas sentirte segura, él también. Podéis resolverlo juntos, en lugar de estar cada uno esperando a que el otro dé el primer paso. Estamos en el siglo XXI, Sam. Tú puedes dar el primer paso.

Pero no lo haré. No puedo. Está demasiado fuera de mi zona de confort. ¿Y si se equivoca en todo? ¿Y si él ya está harto de todo esto? Entonces será incómodo para siempre. Vivir puerta con puerta es demasiado cerca para eso.

Shel frunce el ceño al ver lo que pienso reflejado en mi cara.

Charlamos un poco más y Shel me pone al día sobre su marido y sus hijos. Todo parece ir bien. Nuestras vidas empezaron de forma similar, pero en algún momento divergieron: la suya hacia una vida sin dramas. La mía no tanto. Me alegro por ella.

—Creo que voy a dar un paseo por la playa.

—¿Quieres compañía?

Niego con la cabeza.

—Gracias por recibirnos, hermanita.

Se levanta y me abraza.

—Cuando quieras, Sam. Cuando quieras.

La playa está sorprendentemente vacía, con solo unas pocas personas tomando el sol. Camino descalza por la orilla, sandalias en mano, esquivando las enormes medusas mientras repaso mentalmente los últimos meses de turbulencias.

Hay movimiento más adelante, pasadas las gaviotas congregadas. Entrecierro los ojos, pensando que debo de estar alucinando. Hay un espejismo en la playa. Cuatro mujeres de pie en la orilla, con los pies hundidos en la arena. Jadeo, incapaz de creer lo que veo. Y entonces echo a correr hacia ellas.

Evie, Caroline, Barbie y Mo forman un arco y abren los brazos de par en par, envolviéndome en un abrazo de amor y seguridad.

—No es justo.

Me recuesto en la silla Adirondack. Sueno como una niña quejica.

Las chicas asienten solemnemente.

Estamos en el Delray Beach Shack, mojitos en mano, viendo desaparecer los últimos vestigios del sol mientras asoman las primeras estrellas. Llevo un puntillo muy agradable.

El bar al aire libre está en la playa, el ambiente es relajado con reggae sonando por los altavoces. Hay guirnaldas de luces colgadas entre las palmeras y una hamaca vacía se mece con la suave brisa.

Todavía no me creo que mis amigas hayan volado hasta aquí desde distintos puntos del país solo para escucharme quejarme de mi hijo, de mi ex y de mi patética vida amorosa.

Unos críos están bailando cerca. Nosotras subimos la media de edad fácilmente en treinta años.

—Tengo que confesaros algo.

Barbie me toma la mano.

—Vale. Puedes contarnos lo que sea.

Evie, Caroline, Barbie y Mo son mujeres fuertes y poderosas. Decididas, independientes. Por eso siempre me sentí diferente. Como el patito feo del grupo. A pesar de haberme dedicado toda la vida a la academia, comparada con ellas, soy la versión moderna de un ama de casa de los años cincuenta.

—No siempre es obvio, pero amaba a mi marido.

El puntillo se me pasa rápidamente, pero las lágrimas no llegan.

—Éramos unos críos cuando nos juntamos y nunca he estado con nadie más. Solo ha sido Alan.

Mo dice:

—Créeme, lo sabíamos.

Menciona un juego de beber que inventó en el que las chicas bebían cada vez que yo pronunciaba el nombre de Alan. Por lo visto, fue muy popular cuando fuimos a la boda de Evie. Supongo que no soy tan difícil de leer como pensaba.

Caroline le da un manotazo a Mo y le lanza una mirada de acero.

—¿Qué? Si alguna vez hubo un momento para decírselo, es este.

Las demás parecen mortificadas.

Una carcajada me sube por la garganta y escapa de mi boca. Las señoras sueltan un suspiro colectivo de alivio.

—¡Alan, Alan, Alan! —le grito al camarero.

Mis amigas se desatan. Debemos parecer un grupo de chifladas achispadas, una pandilla de cincuentonas que necesitan gafas de lectura para descifrar el menú.

Salvo Mo y Caroline, que apenas mueven las cejas, parecen sorprendidas por mi reacción. Mo levanta la copa recién llena.

—L'chaim.

Chocamos las copas.

—¡Que empiecen los juegos!

Vamos por la tercera ronda, cantando el estribillo de No Woman, No Cry de Bob Marley, cuando Barbie farfulla:

—Voy a hacer una encuesta.

Todas nos reímos y damos largos tragos a nuestros cócteles. Este juego es divertido.

—Levantad la mano si creéis que Sam es una perdedora.

Vale, este juego era divertido.

Por suerte, ninguna mano se levanta.

—Levantad la mano si sabéis que es una profesora de primera, una madre fantástica y la mujer más organizada del planeta.

Todas las manos se levantan, incluidas las de dos mujeres al azar sentadas a nuestro lado. Parece que no somos las únicas que vamos como una cuba.

Una calidez me recorre. Quiero a estas señoras como a hermanas.

—Levantad la mano si creéis que Sam debería abrir los ojos y dejar que el payaso vuelva a entrar en su vida.

Todas las mujeres gritan:

—¡Sí!

—Esperad...

Barbie sacude la cabeza y su melena negra ondea como las palmeras.

—Ese tío está coladísimo por ti.

Dejo la copa.

—Las relaciones son demasiado impredecibles. No tengo tiempo ni energía. Soy demasiado vieja.

Sé que no debería usar la palabra con V delante de estas señoras, pero las cosas como son. Para rematar, añado lo que nunca diría estando sobria:

—¿Por qué iba a quererme él?

Evie me señala con un dedo tembloroso.

—Vas a responder a esa pregunta.

No puedo.

Todas guardan silencio, expectantes.

—Porque soy una vecina servicial.

Ponen los ojos en blanco.

Doy un largo trago a la copa.

—Y soy sexy.

—¡Sí!

Grito:

—¡Divertida!

—¡Eso!

—¡Organizada!

Carcajadas.

—¡Soy mujer!

Todos a nuestro alrededor, incluidos los chavales en la pista de baile improvisada, nos vitorean. Nos quedamos hasta que cierra el local.

Por la mañana, preparo mi elixir de siempre y me tomo dos ibuprofenos. Los chicos ya tienen las maletas hechas para el vuelo de vuelta. Esperan fuera al taxi.

Shel me acompaña hasta la puerta.

—Gracias por salvarme.

Mi hermana sonríe.

—Por lo que me cuentan, anoche lo pasaste en grande.

—Fue la mejor medicina del mundo.

—¿Ah, sí?

El taxi se detiene y el conductor sale. Le hago un resumen rápido a Shel. No quiero perder el vuelo. Tengo algo muy importante que hacer.

Nos damos abrazos y se nos escapan algunas lágrimas.

Shel me suelta:

—Nos vemos cuando nos veamos.

Para cuando aterrizamos en LaGuardia, me muero por decirle al taxista que pise a fondo. El tráfico es más fluido de lo habitual, pero él va por debajo del límite de velocidad. Cuando paramos frente a mi casa, le pago y cada uno coge su maleta del maletero.

Los chicos, agotados tras horas de viaje, entran antes que yo.

Quiero refrescarme antes de hablar con Blake en persona. Tengo tanto que contarle.

Algo me llama la atención y miro a la derecha. No proceso de inmediato lo que veo. Cuando lo hago, me quedo paralizada; la confusión da paso a la conmoción.

En el jardín de Blake hay un gran cartel rojo de Se Vende. Solo ahora me doy cuenta de que su todoterreno no está en la entrada, donde siempre lo aparca.

Abandono mi plan original y cruzo hasta su casa. No hay luces encendidas, ningún movimiento. Llamo a la puerta. Nada. Pulso el timbre. Silencio.

Noto una presencia a mi espalda. Uf.

Seguro que hay una explicación.

—¿Blake? —digo mientras me vuelvo, pero me encuentro a Flo de pie en el sendero.

Por la expresión de su cara, sé que algo va muy mal. El nudo en mi estómago se convierte en un puño apretado cuando me da la noticia:

—Se han ido.