Capítulo setenta
Sam
Hace mucho más calor aquí de lo que recordaba. No esperaba tener que secarme el sudor a las diez de la mañana. El ventilador de techo del porche cerrado de Shel no sirve de nada. Entro en la cocina y me sirvo un vaso de limonada, contenta de haberme saltado la tarde de láser tag.
Hay que reconocerle el mérito a mi hermana, que fue quien lo sugirió. Chloe y Ethan estaban encantados de que su tío y sus primos los acompañaran. Cuesta creer que Alex y Lucas ya sean adultos. Deberían volver todos pronto.
Me siento en el office y miro el móvil por si tengo mensajes. Con la emergencia de Ethan, se me olvidó contarles a las del Fab lo de mi viaje improvisado. Estoy escribiendo un mensaje en el chat del grupo cuando oigo abrirse la puerta principal.
Chloe entra en la cocina, sudorosa. Y nerviosa.
Mi alarma interna se dispara.
—¿Dónde están todos?
—Fueron a por pizza. Yo quería volver, así que me dejaron de camino.
Algo va mal.
—¿Es Ethan?
Niega con la cabeza.
—Ethan está bien.
Dejo escapar un suspiro de alivio.
Chloe coge una manzana de un bol en la encimera.
—¿Qué tal el banquete? No hemos tenido ocasión de hablar de ello.
Sé que mi hija me está preparando para algo.
—¿Qué ha pasado, Chloe?
Se le descompone el rostro.
—Es papá.
Espero, incapaz de imaginar de qué se trata.
—¿Está bien?
—Bueno... sí.
—Dime.
—Se ha comprometido.
De golpe, todo se vuelve rojo. No negro. Rojo. Mi cerebro no procesa. Este hombre que no veía el momento de alejarse de mí va a casarse con otra.
Chloe me mira preocupada.
—¿Mamá?
Gruño algo ininteligible.
—¿Estás bien?
—¿La francesa?
Asiente.
—Yvonne.
Mi cuerpo debe de estar en estado de shock porque no lo siento. Mi cerebro pasa del entumecimiento a ir a mil por hora. ¿Estuvo ella de por medio todo el tiempo? ¿Cómo ha podido hacerme esto otra vez?
Me levanto, no quiero que los demás me vean así.
—Necesito echarme un rato. Ya hablaremos de esto luego.
—Mamá... —su voz se apaga mientras me apresuro hacia las escaleras.
Un coche entra en la entrada.
—Luego —digo, zanjando el tema. Antes de que se abra la puerta principal, subo corriendo a mi habitación, dispuesta a no volver a hablar con nadie en la vida.