Capítulo cincuenta y nueve
Blake
El silencio es eléctrico, cargado de expectación.
Sam está sentada a mi lado y su mano roza la mía de vez en cuando.
Menos mal que se me ocurrió limpiar el coche.
El interior huele a cuero y pino; he despejado el asiento trasero, que antes parecía un campo de batalla de vasos de café abandonados y envoltorios de Vivi.
Me aguanto las ganas de mirarla en cada semáforo. Está encantadora, distinta a anoche pero igual de hermosa.
Llegamos a un pequeño parque cerca de Long Island Sound.
La tarde huele a flores, el aire a tierra fresca tras la lluvia.
He preparado una mesa bajo el sauce, con una cesta de pícnic a un lado.
De las ramas cuelgan guirnaldas de luces que brillan con suavidad.
Al verlo, se detiene en seco y abre mucho los ojos.
—¿Has hecho tú todo esto? —pregunta, con esa voz entrecortada que se le pone cuando algo la sorprende.
—Pensé que nos merecíamos algo mejor que comida para llevar —digo, y siento un cosquilleo de orgullo nervioso mientras ella lo asimila todo. He pasado horas preparando esto—. Hasta los sándwiches los he hecho yo. A ver si consigues no quedarte impresionada.
Su risa es grave y cálida, como una melodía que quiero memorizar. —Blake, esto es... guau. Es como si fuéramos personajes de una novela de Fitzgerald.
—Perfecto. Leí El gran Gatsby justo antes de llegar. Era todo un romántico.
—No sé qué decir.
—Pues di que tienes hambre —le propongo mientras le aparto una silla.
Mientras se sienta, noto cómo la luz tenue se refleja en su pelo. El pulso se me acelera.
—¿No tenías una cita con tu pretendiente misteriosa?
—Todavía no he sabido nada —digo—. A lo mejor está en el geriatra.
Sam se ríe. —No todas eran tan mayores.
Vaciamos la cesta juntos: sándwiches de pepino, fresas frescas, una botella de vino. La conversación fluye con facilidad, salpicada de risas y del roce ocasional de nuestras manos.
—¿Siempre has tenido esta vena? —bromea después de que sirva el vino—. ¿La del romántico del pícnic? ¿O es solo por esta noche?
La pregunta me cala más hondo de lo que esperaba. Le sostengo la mirada más tiempo del que probablemente debería. —Quizás sea algo que estaba guardando para la persona adecuada.
Se le sonrojan las mejillas, pero no aparta la mirada. —Qué labia.
Entramos en una dinámica cómoda, compartiendo historias sobre nuestros hijos. Ella se inclina hacia mí cuando le cuento la vez que Vivi me engañó para que hiciera galletas con sal en vez de azúcar. Yo la escucho con atención cuando me habla del caos de llevar su casa.
El aire entre nosotros se ha vuelto más denso, cargado de algo que no sé nombrar pero que no quiero perder. Cojo una fresa y se la ofrezco.
—Adelante —digo—. No está envenenada, te lo prometo.
Pone los ojos en blanco, pero se inclina y muerde la fruta sin apartar la mirada de la mía.
Pero entonces se echa hacia atrás y la sonrisa se le desvanece. —Esto es muy bonito, Blake —dice con suavidad—. Pero no tienes que esforzarte tanto. Me gustas hasta con salsa barbacoa en los labios.
Me está mirando la boca.
—Samantha...