Capítulo cincuenta y uno
Sam
Me llevo los dedos a los labios, que aún me hormiguean por el beso de Blake, mientras contemplo mi reflejo en el espejo del baño del vestíbulo. Tengo las mejillas sonrojadas, el peinado recién hecho algo revuelto, y el corazón me late desbocado.
¿Qué acaba de pasar?
Me han besado antes, pero nunca así. Ni siquiera Alan me besó así, y pasé quince años creyendo que era el amor de mi vida. Mi eternidad.
Pero Blake… me besó como si yo fuera la única mujer en el mundo. Como si me deseara de una forma que no dejaba lugar a dudas. La mezcla de urgencia y ternura me recorrió el cuerpo como una descarga de calor, y me hizo olvidar todo: mi ex, su novia, incluso el banquete. Solo existía Blake.
Y lo más increíble es que le devolví el beso, ¡sin un maldito sentimiento de culpa!
—Contrólate, Sam —murmuro mientras me agarro al borde del lavabo. Pero mi reflejo no es el de alguien que tiene el control. Parece el de alguien a punto de caer, y lo más aterrador es que no sé si quiero evitarlo.
Me paso los dedos por el pelo para colocarlo en su sitio y me aplico una nueva capa de brillo de labios. Una punzada de duda me asalta. ¿Blake solo se siente atraído por mi nuevo aspecto, esta versión Cenicienta de mí que desaparecerá a medianoche?
Sacudo la cabeza y me regaño frente al espejo. Soy demasiado mayor para estas preocupaciones adolescentes.
Ramona entra en el baño, elegantemente vestida con un vestido negro sin tirantes. Abre mucho los ojos al verme.
—Dios mío, Sam. ¡Estás increíble!
Sonrío de forma algo descompuesta, con cara de que acaban de devorarme en el ascensor, porque me pregunta:
—¿Estás bien?
—Nunca mejor.
—Genial.
Aunque su expresión refleja confusión.
—Tú también estás increíble —digo con sinceridad.
—Gracias. No todos los días tenemos ocasión de arreglarnos.
Comentamos algunos detalles del evento.
—El soltero de última hora es un bombón. ¿Dónde lo encontraste?
—Es mi vecino.
—¿Él es tu vecino molesto?
Me encojo de hombros.
Ramona asiente con gesto apreciativo, se retoca el maquillaje y se rocía con un frasquito de perfume que saca del bolso.
Con aroma a pétalos de rosa, me choca los cinco.
—Hagamos que esta sea la mejor recaudación de fondos de la historia.
—Nos vemos en unos minutos —digo mientras ella se dirige al salón de baile y yo al entresuelo.
Arriba, disfruto del espectáculo: desde aquí tengo una vista panorámica de la amplia sala con sus enormes lámparas de araña de cristal, espejos dorados y espectaculares arreglos florales.
Reconozco a la esposa del alcalde, a una congresista local y al gestor de uno de los principales fondos de inversión de la ciudad.
Caroline y Barbie están en el otro extremo de la sala, con copas de champán en la mano. Evie y Mo están las dos fuera de la ciudad, realmente decepcionadas por perderse este evento.
Barbie destaca con un vestido de seda rojo.
Es minimalista y deslumbrante, igual que ella.
Caroline lleva un Armani verde. Está resplandeciente, con los rasgos serenos.
Se la ve sana, lo que atribuyo a su nueva vida tranquila con Calvin.
Desde que pasaron de amigos a pareja, su vida ha dado un giro de ciento ochenta grados.
Pasó de la élite de Manhattan a la vida sencilla de Nueva Inglaterra.
Como por telepatía, Caroline levanta la vista, me ve y le toca el brazo a Barbie. Alzan sus copas con amplias sonrisas.
Ni rastro de Blake.
Emocionada por poner las cosas en marcha, me dirijo a la escalera principal que conduce al gran salón de baile. Desde lo alto, contemplo la escena victoriana moderna y todo me parece mágico. Es hora de empezar el espectáculo. Doy el primer paso.