La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo cuarenta y cinco
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Capítulo cuarenta y cinco

Sam

Paso junto al gran cartel, adornado con dibujos de niños, cachorros y letras del alfabeto. Guardería Tinker Tots.

Blake me pidió que quedáramos aquí y sospecho que es por varias razones. Cuando me dijo que había cambiado de opinión, hice todo lo posible por mantener la compostura.

Un grupo de niños se apiña en el patio vallado, con los padres congregados al otro lado, igual de entretenidos mientras esperan a que termine la escuela. Me uno a los adultos y observo las pelotas rojas que asoman desde el centro del corro. Mis sospechas se confirman.

Una maestra anima a los niños, que se empujan, a echarse hacia atrás, y me encuentro mirando a un payaso que tiene embelesados a los pequeños.

Los niños se ríen del grandullón gracioso con pantalones holgados y peluca de colores. Cuando termina de hacer malabares, un niño pequeño le tira de la manga.

—¿Me haces una corona?

Desde donde estoy, veo cómo las manos de Blake retuercen con destreza un globo largo y estrecho hasta convertirlo en una rosquilla pequeñita con una bola en la parte de arriba. Se la entrega al niño, que está extasiado.

Una maestra anuncia que es hora de que el señor McGiggles se vaya a casa, lo que provoca un coro de protestas.

—¡Volverá pronto! —dice la maestra.

Blake se despide de los niños con un último saludo y camina torpemente hacia la valla arrastrando los pies, para rematar con una caída fingida. Las payasadas le valen risitas de los pequeños.

Sigue siendo impactante ver a un hombre de metro ochenta con una nariz de payaso y zapatos como pequeñas canoas.

—Parece que tienes groupies —digo mientras la multitud se dispersa a regañadientes.

Él hace sonar su bocina.

—¿No estarás celosa?

Le guiño un ojo.

—Puede que un poco.

¡Noticia de última hora: Samantha Bennett está coqueteando con un payaso!

Parece que a Blake le gusta mi respuesta, porque hace sonar la bocina una vez más.

—Dame unos minutos para cambiarme y nos vemos dentro.

Lo veo quitarse la nariz y dirigirse a su coche.

Quince minutos después, Blake, ya con la cara limpia, y yo estamos sentados en el comedor, con dibujos de niños pegados por las paredes.

Una de las maestras de las actividades extraescolares se acerca con galletas y dos cartoncitos de leche.

—Gracias, Blake. Los niños se lo han pasado genial.

Comemos las galletas y bebemos la leche en un silencio agradable hasta que pregunto:

—¿Cómo te has limpiado tan rápido?

—Lo tengo dominado. Llevo una bolsa en el coche con una muda de ropa, toallitas y un cepillo.

Le miro los pies.

Sonríe.

—Y zapatos de talla normal.

Estoy fascinada.

—¿Por qué hemos quedado aquí?

—Esta guardería está muy cerca del hospital donde hago voluntariado, así que los llamé y la directora estuvo encantada de recibirme. Les encanta el señor McGiggles.

Aparta la mirada.

—Y quería que vieras lo que hago.

Me emociona oír eso.

—No sabía que tenías nombre artístico.

—¿Te gusta?

—Es perfecto. Se te dan genial los niños.

—Gracias. Si las cosas hubieran sido diferentes, tendría más hijos.

Hay dolor en sus ojos. Ha pasado por mucho.

Intento aligerar el ambiente.

—Bueno, la subasta.

Blake pone cara de póquer.

—¿Qué subasta?

Lo miro fijamente.

—Blake.

—Es broma. Dime qué tengo que hacer. ¿Flexionar músculos? ¿Cantar Bésame Mucho?

Lo imagino con esmoquin, cantando canciones de amor como Julio Iglesias mientras yo hago de groupie número uno.

—Para empezar, nada de disfraz de payaso.

—Vaya, qué pena.

Este hombre, demasiado reservado para subir a un escenario en una gala benéfica, entretiene con éxito a la gente con sus payasadas. Pero lo entiendo. El disfraz de payaso es una barrera eficaz que le permite a Blake ser tanto el afable señor McGiggles como un escritor introvertido.

Pasamos la siguiente media hora hablando de su papel y riéndonos.

Me estoy riendo.

Teniendo en cuenta la semana que llevo, es casi un milagro. Por lo visto, Blake tiene el don de animarme.

Cuando volvemos al aparcamiento, Blake me acompaña al coche.

—Gracias, señor McGiggles. Me has salvado la vida.

Nos detenemos en el hueco entre nuestros coches.

—De nada, pero no es del todo desinteresado.

—¿Ah, no?

—Desde que acepté hacer esto, mi bloqueo de escritor se ha resuelto. Empiezo a pensar que eres mi amuleto de la suerte.

—¿Ah, sí? —repito. Por lo visto, articular palabras coherentes está fuera de mi alcance en este momento.

Blake se acerca y, de repente, es todo lo que puedo ver. La serena confianza con la que se mueve. Sus cálidos ojos marrones, moteados de dorado, se clavan en los míos y me dejan inmóvil. No sé si es la luz o el momento, pero casi parecen brillar.

—Soy prácticamente tuyo para lo que quieras —murmura con una voz grave que me provoca un escalofrío.

Se me corta la respiración y el pulso se me dispara.

Justo cuando creo que va a cerrar el último centímetro entre nosotros, esboza una sonrisa de suficiencia, se despide con la mano y se aleja, dejándome totalmente sin aliento.