Capítulo cuarenta y cuatro
Blake
La primera noche cálida de primavera llega con una brisa suave que trae el aroma de la hierba recién cortada. Estoy en mi jardín trasero, fingiendo ajustar los tornillos del soporte de la hamaca por tercera vez. Ya está firme, pero trastear con ella me da una excusa para quedarme fuera.
Porque Sam también está aquí, al otro lado de la valla.
Gracias a las tablas anchas, puedo verla recostada en su patio, con la silla inclinada hacia atrás lo justo para parecer peligrosamente inestable.
Tiene un bloc de notas en el regazo y hace girar un bolígrafo entre los dedos.
Lleva una camiseta de tirantes acanalada, el pelo le cae suelto y, incluso desde aquí, distingo el pequeño pliegue entre sus cejas que estoy aprendiendo a reconocer: significa que está absorta en sus pensamientos.
Parece ocupada. Pero también tiene una belleza discreta, de esas que pasan desapercibidas.
—Si no está arreglada a estas alturas, nunca lo estará —me dice alzando la voz, que atraviesa el silencio.
Aparte de un saludo rápido, no hemos dicho nada. Hasta ahora.
—¿Perdona?
—Tu hamaca —dice—. Llevas una hora con ella.
—Todo es cuestión de precisión. Un nudo mal hecho y acabo en el suelo.
—No me importaría ver eso.
Se ríe, y su risa suena más ligera de lo que esperaba. Me entran ganas de volver a oírla.
Abandono la farsa de trabajar y me apoyo en la valla que nos separa, con cuidado de no acercarme a mi rosal en ciernes.
—¿Y tú qué? ¿Planeando la dominación mundial? —señalo su bloc de notas con la cabeza.
—Qué va —dice—. Solo intento planificar todo lo que aún me queda por hacer para la recaudación de fondos.
—No te tomas muchos descansos, ¿verdad?
—No estoy familiarizada con el término.
Deja el bloc a un lado y da un sorbo a la copa de vino que tiene en la mesa; la botella ya va por la mitad. Sus hombros parecen un poco menos tensos de lo habitual y, por un momento, olvido qué se supone que estaba haciendo.
—Te envidio, ¿sabes? —dice de repente.
—¿A mí? —levanto una ceja.
—Parece que de verdad disfrutas trasteando con cosas, tomándote tu tiempo. Yo soy la reina de abarcar más de lo que puedo. Tengo proyectos apilados sobre proyectos.
—Bueno, si alguna vez necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme —digo, cayendo en la cuenta de que esa oferta ya me metió en problemas la primera vez.
Sonríe, pero luego su expresión se vuelve seria.
—No son solo los proyectos —dice en voz baja—. Es todo. Los niños, la casa, mi trabajo. Me consume por completo. Algunos días, siento que no hay espacio para nada más... ni para nadie más.
Sus palabras me afectan de una forma extraña. Las ganas de llevarle la contraria son intensas.
Asiento, forzándome a mostrar comprensión.
—Parece agotador.
—Lo es —dice, mirando la copa—. Pero es mi vida. Me basta.
Sam se estira y se levanta de la silla, y el movimiento me obliga a mirarla. Está tan cerca que distingo las pecas tenues de sus hombros.
Me mira con expresión indescifrable.
—Bueno, será mejor que entre antes de acabar convenciéndome de empezar otro proyecto esta noche.
—Buena idea —digo, bajando la voz—. Te mereces un descanso.
Me dedica una sonrisa triste, casi como una disculpa, antes de girarse hacia la puerta.
Me quedo donde estoy, viéndola alejarse.
—Lo haré.
Sam se detiene y se gira. Su expresión de perplejidad se transforma en una sonrisa cada vez más amplia, que enciende una llama latente en mi interior desde hace demasiado tiempo.
—Te llamo mañana —dice.
La luz del porche se apaga y por fin me siento en la hamaca. Contemplo el cielo que se oscurece y me siento más en paz de lo que me he sentido en años.