Capítulo cuarenta y dos
Blake
—Ya no eres tan joven.
—¿Perdón? —digo, apagando el cortacésped y quitándome los protectores de los oídos.
La entrometida de Flozy está plantada en mi entrada, hablándome.
—He dicho que ya no eres tan joven. Antes de que te des cuenta, esa dulce hija tuya habrá crecido y se habrá ido a vivir su propia vida. ¿Y entonces qué? —Pausa dramática—. Te lo digo yo: completamente solo.
¿Qué les pasa a algunos viejos, que pierden todo el filtro? Supongo que es algo a lo que aspirar en la tercera edad.
—Flo, ¿verdad?
—Sabes quién soy.
—Sí, eres la alcaldesa de la manzana.
Arquea una ceja. Estoy bastante seguro de que está esbozando una sonrisa cautelosa. —Supongo que sí.
—No dejes que se escape.
—¿Vivi?
Pone los ojos en blanco y se da la vuelta. —¡Hombres!
Confundido, esbozo una media sonrisa y entro a intentar arreglar mi libro.
Me duele el estómago y no sé si es porque me zampé un kilo de chucrut o por cómo se fue Sam.
Llevo un rato mirando la pantalla del ordenador, leyendo la misma frase una y otra vez. Debería dejarlo por esta noche, pero no encuentro fuerzas para moverme.
Cuando Sam se marchó, su excusa de tener mucho trabajo era de lo más transparente. Estaba molesta porque rechacé su oferta. Pero no había forma de que la aceptara. No soy de los que se suben a un escenario para que las mujeres pujen por ellos, por muy buena que sea la causa.
Entonces, ¿por qué me siento como un canalla?
Simple. He conseguido decepcionar a Sam una vez más. Desde que nos conocimos, lo único que he hecho es complicarle la vida mientras ella me facilita la mía.
Su petición era para morirse de risa. Yo en un escenario recaudando pasta gansa para una organización benéfica infantil. ¿Quién demonios querría una cita con un viudo agobiado, con una hija de nueve años y fama de borde?
Estoy tentado de buscar la Gala Estrellas Brillantes, pero usar internet cuando se supone que debo estar trabajando es peligroso. Es el cuento de nunca acabar.
Leo la frase una vez más y la borro. Me rindo.
Antes de que pueda cambiar de opinión, estoy en la página web de Estrellas Brillantes.
Está muy bien hecha, con fotos de galas anteriores.
Me sorprende lo exclusivo del evento. Navego hasta la sección donde describen su misión: un programa comunitario para niños con necesidades especiales.
Enumeran casos de éxito y estadísticas impresionantes.
Por lo que deduzco, han recaudado una cantidad considerable para la causa.
El único lugar donde encuentro el nombre de Sam es en letra pequeña, bajo Organizadores de Eventos. Busco fotos de ella y encuentro una en la que posa frente a un edificio universitario. Lleva un discreto traje de chaqueta y falda, con una sonrisa cálida y abierta.
Sam no es mi tipo. O eso creía. A diferencia de Bonnie, que iba religiosamente a hacerse la manicura y a la peluquería, Sam es guapa de una manera discreta, con unos ojos que Brontë habría descrito como llenos de alma. Es casi como si tuvieras que conocerla para apreciar su belleza.
Leo sobre la subasta de solteros y veo que hay otros dos hombres apuntados. Parecen tipos normales. Claramente, más abiertos y generosos que un servidor.
Pienso en cómo estaba Sam cuando vino y cuando se fue. Estaba abatida.
Tengo el poder de cambiar eso. De mejorar las relaciones entre vecinos. Me permitiré darle vueltas a la idea un rato. Me invade una sensación de calma.
Vuelvo a mi manuscrito y, sin dudarlo, empiezo a escribir un nuevo final.