La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Cuarenta y Uno
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Capítulo Cuarenta y Uno

Sam

Tengo el teléfono en la mano, pero no me atrevo a marcar el número de Caroline y darle la mala noticia. Estoy tumbada en el sofá, con un bote de helado de menta con chocolate a medio comer en el suelo junto a mí, dejando una mancha húmeda en la alfombra.

Dejo el teléfono en el sofá y me arrastro hasta la cocina para asaltar la despensa. Encuentro una bolsa de pretzels y como uno. Rancio. Me da igual. Cojo una lata de agua con gas y vuelvo al salón con todo.

El fiasco con Blake me tiene inquieta y con un hambre extraña.

Después de murmurar un gracias, crucé el césped a toda prisa hacia mi casa.

No tuve más remedio que irme de golpe. Mi frustración amenazaba con estallar y caerle encima al pobre Blake.

Si no me hubiera ido cuando lo hice, habría dicho algo de lo que luego me arrepentiría.

¿En qué demonios estaba pensando al ir allí?

Estaba claro que había perdido el juicio al pedirle que participara en la subasta. Pero la estúpida e ingenua de Sam se dejó embaucar por una cara bonita y palabras dulces. Y tanto que iba a hacer cualquier cosa por mí.

Me lo tengo merecido por poner mis esperanzas como una tonta en el tipo cuya hija casi me ahoga y que estuvo a punto de quemar su casa.

Tengo el dedo suspendido sobre la pantalla, armándome de valor para ponerme a merced del tribunal de Caroline, cuando entra una llamada de Chloe.

—Hola, cariño. ¿No es muy tarde allí?

—Sí.

La tensión en su voz me preocupa.

—¿Estás llorando?

—No.

No me lo creo. Por eso no hay vídeo.

—¿Qué ha pasado?

—pregunto, aunque lo que quiero decir es: ¿Qué ha hecho tu padre esta vez?

—Está hablando de mudarse aquí.

Tardo un momento en asimilar lo que mi hija me está diciendo.

—¿Papá?

—Sí, y su novia, esa zorra.

—Cuida ese vocabulario —digo, aunque en el fondo le doy la razón.

—No entiendo cómo viviste con él, mamá.

Vaya. Chloe nunca dice cosas así. Quiero recordarle que éramos una familia feliz, que todo era perfecto hasta que Alan perdió el rumbo. Pero no lo hago. Porque no es verdad.

Por mucho que me negara a verlo, Alan y yo teníamos problemas. Problemas que ignoré.

Oigo sollozar a mi hija y se me parte el corazón.

—Nos arrastró lejos de Cincinnati, luego se largó. Y ahora nos abandona otra vez.

—Lo siento mucho, cariño.

Hace una pausa.

—Suenas diferente.

No estoy segura de a qué se refiere.

—¿No estás molesta? ¿Enfadada?

Supongo que debería estarlo, pero curiosamente estoy bien. Quizás este sea mi momento decisivo. Ese en el que llego a la etapa final del duelo: la aceptación.

—Papá decidió hace tiempo que quiere una vida diferente. Espero que encuentre lo que busca.

—No lo dices en serio.

—Pues sí. Papá os quiere mucho a las dos. Seguro que se las arreglará para venir a veros con frecuencia.

Como Chloe no responde, añado:

—Una cosa que he aprendido de todo esto es que no podemos controlar lo que hacen los demás, cariño. Lo único que podemos controlar es cómo actuamos nosotras. No podemos dejar que las dificultades nos definan o nos amarguen.

Hay un silencio prolongado. Le doy tiempo.

—Estoy orgullosa de ti, mamá.

Ya no está llorando. Yo sí.

—Gracias, cariño —digo, conteniendo los sollozos—. Lo mismo digo.