La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Blake

—Necesito el primer borrador para la semana que viene.

La voz de mi editor adopta ese tono persuasivo y firme que he llegado a detestar. Profundamente.

El teléfono, apoyado en mi escritorio, está en modo altavoz. Murmuro algo así como:

—Lo tendré listo cuanto antes.

Desde aquí, veo a Vivi haciendo el pino en el jardín trasero. Sabe que tiene que quedarse donde pueda verla desde la ventana de mi despacho.

Robert dice:

—Por favor, confírmalo en voz alta para que pueda grabarlo.

Vivi hace una voltereta hacia atrás y aterriza con las manos en alto, sacando pecho como si compitiera en las Olimpiadas. La observo girar hacia un público imaginario.

Se me encoge el corazón al ver a mi hija jugar sola. Sin hermanos y con pocos amigos en el nuevo barrio, Vivi se siente muy sola.

Ojalá pudiera salir a jugar con ella, pero tengo trabajo que hacer.

—¿Blake?

—¿Hmm?

—¿Por qué tengo la sensación de que no me estás escuchando?

Aparto la mirada de la ventana y vuelvo a centrarme en mi editor.

—Lo siento. Tendré el borrador listo para finales de la semana que viene.

—Bien. La editorial no te dará otra prórroga. Quieren incluirlo en el calendario de promociones de este año. Está en tu contrato, Blake.

Como no respondo, añade:

—¿Necesito recordarte la suerte que tienes de haber conseguido un contrato de tres libros con una de las editoriales más prestigiosas?

Tiene razón. Siempre ha sido mi sueño ver mis libros impresos en librerías y quioscos de aeropuertos. No lo doy por sentado. Pero este libro es el más difícil que he escrito en mi vida. He necesitado toda mi energía mental para terminarlo a tiempo.

—¿Papá?

—Tengo que dejarte, Robert.

Antes de que pueda protestar, cuelgo.

—Aquí arriba, cariño.

Vivi entra en mi despacho y se sube a mi regazo. Se me hincha el corazón de alegría. Pronto tendrá cosas mejores que hacer que acurrucarse con su viejo.

—¿Puedes darme una hermanita? —Vivi frunce el ceño—. Aunque un hermano también me valdría.

Aflojo el abrazo mientras siento un dolor creciente en mi interior.

—No puedo hacer eso por ti, cariño.

La estrecho entre mis brazos.

Gira la cabeza y me mira a los ojos.

—Entonces, ¿quién puede?

Pregunta complicada.

Vivi tenía dos años cuando murió Bonnie. Fue la mayor tragedia de mi vida. Que mi hija no recuerde a su madre ocupa un doloroso segundo puesto.

Hago todo lo que puedo para transmitirle quién era Bonnie.

Su generosidad, su amor por el arte, su amor por la familia.

Por toda la casa hay fotos de Vivi con su madre.

Bonnie la llamaba «mi pequeña». Le encantaba todo lo español.

Estábamos ahorrando para ir a Sudamérica algún día.

Dar clases de español es mi forma de mantenerla conmigo.

—¿Qué te parece si trabajamos en los parterres hoy?

Vivi salta de mi regazo.

—Vale.

Todavía puedo cambiarle de tema sin que se dé cuenta.

—Me pongo la ropa de jardín. Estaré fuera en cinco minutos.

Suena tan mayor.

Desde que aprendió a hablar, Vivi ha insistido en ayudarme. Es ese tipo de niña. Además, está empeñada en ser bombera.

No me extrañaría nada. Conociendo a mi hija, será la primera mujer jefa de bomberos en la historia de Long Island.