EPÍLOGO 2 #2
—No —digo, pero sonrío también—. Dice que necesitamos desconectar un poco. Lejos de aquí.
—Bien —dice Lucca—. Os lo merecéis.
Pasamos casi una hora hablando, evitando los temas difíciles, recordando momentos más sencillos. Cuando finalmente tengo que irme, nos abrazamos de nuevo.
—Lucca —digo, y mi voz suena ronca—. No te rindas. ¿Me oyes? No te rindas aquí dentro. Yo voy a sacarte. Voy a mover cielo y tierra. Haré lo que sea.
Él me mira. Y en sus ojos veo algo que me parte el corazón: no es esperanza. Es aceptación.
—Sé que lo intentarás, jefe —dice, y su voz es tan suave que casi no la oigo—. Pero no te rompas la cabeza por mí. Vosotros… vivid. Vividlo todo.
Nos abrazamos otra vez. Este abrazo es diferente. No es de alivio. Es de despedida.
—Te sacaré de aquí —le digo al oído—. Te lo prometo.
Se separa. Camina hacia la puerta donde los guardias esperan. Se detiene un momento, y se vuelve mientras le ponen de nuevo las esposas. Esboza esa sonrisa pícara por última vez.
—Oye, jefe
—¿Qué?
—¿Sabes qué se merece también Brook? —dice, y el brillo en sus ojos es de cariño de verdad—. Un puto anillo en el dedo. Por aguantarte.
Una risa ronca y dolorosa me sale del pecho.
Salgo de la prisión y Brook está esperándome en el coche, apoyada contra el capó. El sol le da en el pelo y por un momento me olvido de todo el dolor, de toda la mierda.
—¿Cómo ha ido? —pregunta cuando me acerco.
—Mejor de lo que esperaba —digo, pero la voz me suena a mentira—. Pero tengo que sacarlo de allí. Lucca no es carne de prisión. No aguantará mucho tiempo.
Brook asiente, su expresión comprensiva.
—Bueno, estamos en ello, ¿vale? —dice, y luego sonríe.
Cuando llegamos aparca en su sitio habitual, frente al edificio. Me ayuda a bajar y entonces la vemos.
Está apoyada contra la pared junto a la puerta principal del edificio, con los brazos cruzados. Lleva vaqueros y una chaqueta de cuero, y su expresión es impenetrable.
Alina se separa de la pared y camina hacia nosotros.
—Tengo noticias —dice, sin preámbulos.
—¿Qué pasa? —pregunto. Noto cómo Brook se tensa a mi lado.
—Me ha llamado el fiscal. El de la causa contra Lucca Vitale.
Mi corazón da un vuelco.
—¿Y?
—Me ha dicho que ya no hace falta que declaremos —dice Alina, y sus ojos saltan de mí a Brook y vuelven—. Ni Brook, ni… yo.
Un silencio incómodo se cuela entre nosotros.
—¿Qué quiere decir eso? —pregunta Brook, su voz más alta de lo normal—. ¿Por qué? ¿Ha aceptado un acuerdo?
Alina niega con la cabeza, lenta. Su expresión es extraña. No es alivio. No es triunfo. Es algo más parecido a la incredulidad.
—No —dice—. No es eso.
—Entonces, ¿qué? —pregunto yo, y el nudo del miedo vuelve a mi estómago. En realidad, ya sé la respuesta. No hay más opciones.
Alina respira hondo, como si le costara decir las palabras.
—Me han informado de que todos los testigos han sido… excusados —dice, eligiendo el término con cuidado—. Porque el acusado ha decidido declararse culpable de todos los cargos. Sin negociación. Sin acuerdo.
El aire se me escapa de los pulmones. El mundo se inclina un poco.
—¿Qué? —susurra Brook. Su mano me agarra con fuerza.
—Es imposible —digo, y mi voz suena a otra persona—. Él no… él no haría eso. Le dije que tenía un abogado. Le dije que lucharíamos.
Alina me mira. Y en sus ojos veo algo que me congela: pena.
—Lo ha hecho —dice simplemente—. La declaración ya está presentada.
—Pero… ¿por qué? —Brook casi grita—. ¡Le caerán muchos años!
Alina no contesta de inmediato. Mira hacia otro lado, hacia la calle, como si no pudiera soportar vernos a la cara.
—Y hay algo más —dice, y su voz ahora es casi un susurro—. El juez quiere vernos a los tres. Mañana a primera hora en su despacho.
—¿Para qué? —pregunto, pero es una pregunta vacía. Ya lo sé. Para formalizar la sentencia. Para cerrar un caso que ya no tiene nada que pelear.
Alina se encoge de hombros, un gesto extrañamente vulnerable en ella.
—No lo sé con certeza —dice. Pero miente. Lo sé. Lo vemos los tres.
LUCCA
Estoy sentado en esta mesa solo. Al otro lado de la sala, en los bancos, están ellos.
Connor lleva el uniforme de la DEA, un traje oscuro que le queda demasiado grande ahora, como si su cuerpo aún no hubiera recuperado su sitio después de las balas. Tiene la mandíbula apretada, los ojos clavados en mí. Los ojos piden respuestas que no voy a dar.
Brook está a su lado. Lleva un vestido negro sencillo. Parece más pequeña de lo que es. Sus manos están entrelazadas en su regazo, pero las veo temblar. Sus ojos están rojos. Ha estado llorando. Por mí. La idea me parte por la mitad, pero no dejo que se note.
Y Alina.
Está en la primera fila también, pero separada.
Como si el aire a su alrededor fuera distinto.
Lleva pantalones y una cazadora de piel, muy informal para la Alina que conocía.
Lleva el pelo suelto, completamente liso.
Su postura es perfecta, rígida. No me mira.
Mira al frente, al estrado vacío donde dentro de unos minutos un hombre con toga decidirá el resto de mi vida.
La puerta de atrás se abre. Entra un hombre con maletín, traje caro y una expresión de urgencia. Se dirige directo hacia mí. Es el abogado. El que Connor contrató.
—Sr. Vitale, soy Thomas Crespo, su representante legal. He revisado el caso y…
—No —digo.
La palabra sale seca, clara y lo deja a él con la boca abierta.
—Disculpe?
—No quiero un abogado —repito, más alto esta vez, para que todos lo oigan—. Disculpe las molestias.
Un murmullo recorre la sala. Connor se levanta de un salto. El movimiento es brusco, torpe. Se le nota el dolor.
—¿Qué cojones estás haciendo, Lucca? —grita. Su voz retumba en la sala de techos altos. Un alguacil da un paso adelante, pero Connor ni lo mira. Solo me mira a mí—. ¡Te dije que lucharíamos! ¡Tienes un puto abogado!
Le sostengo la mirada. Veo el miedo en sus ojos. El miedo a perderme. Es lo único que no quiero ver.
Brook se pone de pie también. Las lágrimas le corren por la cara sin que intente detenerlas.
—Lucca, por favor —dice, y su voz se quiebra—. Para. ¿Qué estás haciendo? ¡Vas a ir a prisión muchos años!
La veo temblar. Cada lágrima que cae es un clavo en mi costado. Sonrío. Es la sonrisa que siempre uso cuando quiero que piensen que no duele.
—Tranquila, enana —digo, y mi voz suena sorprendentemente normal. Casi alegre—. Tendré cocineros propios y servicio de lavandería. ¿Qué más puedo pedir en la vida?
Es una broma. Una broma pobre, de bar. Pero es mi escudo. Mi última armadura.
Miro a Alina de reojo, solo un instante. Ella sigue mirando al frente. Pero su cabeza está baja ahora. Sus ojos, cuando los atrapo en un segundo, están vidriosos. Pero no me da pena ninguna. Ella es la culpable de toda esta mierda.
—¡Silencio en la sala!
La voz del juez es un trueno. Entra por una puerta lateral, con la toga negra ondeando. Todos vuelven a sus asientos. Connor se sienta a la fuerza, arrastrado por el hombro por Brook. Su respiración es agitada.
El juez toma asiento hojeando unos papeles. Habla de los cargos. Narcotráfico y asociación ilícita. Una lista larga. Pregunta si es cierto que me declaro culpable de todos los cargos.
—Sí, su señoría —digo. Mi voz no tiembla.
El abogado que no es mi abogado intenta protestar. El juez lo calla con un gesto.
Habla de la colaboración con la justicia. De la buena predisposición del acusado. De la falta de antecedentes.
Connor tiene la cabeza entre las manos. Brook llora en silencio, los hombros sacudidos por sollozos que intenta contener.
El juez termina. Da un golpe con el mazo y el sonido es seco, final.
—En virtud de lo expuesto, y en consideración a los factores atenuantes, esta sala sentencia al acusado, Lucca Vitale, a una pena de quince años de prisión en un centro de cumplimiento de máxima seguridad.
Quince años. La cifra cuelga en el aire. Es solo un número. Pero significa que cuando salga, Brook tendrá casi cuarenta años. Connor más y el mundo será otro.
Un alguacil se acerca. Me pone una mano en el hombro. Es hora de irnos. Me levanto y las esposas tintinean. Miro una última vez hacia ellos.
Connor me mira, y en sus ojos ya no hay rabia. Solo un dolor infinito. Brook levanta la vista hacia mí. Sus ojos me dicen todo lo que no puede decir en voz alta.
Y Alina por fin levanta la cabeza. Sus ojos encuentran los míos.
Solo por un segundo. Y en ellos veo todo el océano de culpa y dolor que ha estado conteniendo detrás de esa pared perfecta.
No dice nada. No hace ningún gesto. Pero ese segundo es suficiente.
Es mi condena y mi absolución, todo en uno.
Doy media vuelta. A mi espalda dejo a las únicas personas que alguna vez sentí como una familia. Delante de mí solo queda una puerta de acero que me llevará de vuelta al mundo gris, al uniforme naranja y a los quince años de días idénticos.