La Spina Negra EPÍLOGO 2
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EPÍLOGO 2

CONNOR

Nos estamos quedando un tiempo en el apartamento de Brook.

Tengo el ático a la venta ya, que, sin saber cómo va a ir todo el tema de Lucca, que alguien de la mafia como él sepa donde vivo, podría ser peligroso.

Intenté convencerla de quedarnos en otra de mis viviendas, pero dijo que quería cuidarme y solo podía hacerlo en un espacio conocido.

Y tan conocido, este apartamento es tan pequeño que cuando llevas cinco minutos aquí ya sabes hasta el número de baldosas que hay en el suelo.

Pero no le digo nada, se está esforzando porque esté lo más cómodo posible y me obliga a hacer todos mis ejercicios de rehabilitación a diario, se ha vuelto mi enfermera en poco tiempo. Desde el primer día intentó cocinar, pero hemos decidido ambos que por el bien de los dos, mejor cocine yo.

Cuando salimos del apartamento a la luz del sol me ciega por un momento. La herida en el pecho todavía tira y quema con cada movimiento, pero cada día está un poco mejor.

Hay algo que necesito hacer. Que deseo desde el primer día que abrí los ojos y supe que seguía vivo.

Me acompaña hasta mi coche. Veo que me quiere acompañar hasta el asiento del copiloto.

—Ah no —digo, deteniéndome junto a la puerta del conductor—. Conduzco yo.

Brook me mira como si hubiera perdido la cabeza.

—Pero ¿cómo vas a conducir si no estás aún recuperado del todo? Ni lo sueñes. Voy a conducir yo hasta que estés al cien por cien.

Hago una mueca, intentando parecer ofendido.

—Pero es que este es mi coche favorito...

Ella arruga la nariz, un gesto que ya conozco demasiado bien.

—Perdona, ¿qué te crees? Yo conduzco genial, no le va a pasar nada a tu coche, venga sube.

—Bueno, eso tendré que verlo —digo, pero me dejo caer en el asiento del pasajero. En realidad, no podría conducir ni cinco metros sin que me dé un tirón en el pecho que me deje sin aire.

Una vez dentro, mientras ella ajusta el asiento y los espejos, le pregunto:

—¿Sabes llegar, verdad?

Asiente mientras arranca el motor. Claro que sabe ir, ha ido todas las semanas desde que está allí.

—Está deseando verte ya lo verás. No le he dicho que íbamos para que fuera sorpresa.

—Yo no lo tengo tan claro… —susurro, mirando por la ventana —si no aceptaría alguna de mis llamadas.

—Connor —dice ella, y su voz es suave pero firme—. Está solo, perdido y está hecho una mierda. Ten paciencia.

Brook sale del aparcamiento y se adentra en el tráfico de la ciudad. Conduce con una concentración exagerada, las dos manos en el volante a las diez y diez, los ojos fijos en la carretera.

—Ahora entiendo por qué no conduces a menudo —digo después de un minuto, intentando contener la risa.

Ella me mira de reojo.

—¿Qué quieres decir?

—Que un abuelo con andador nos adelantaría ahora mismo.

Ella arruga la nariz de nuevo, pero esta vez sonríe.

—Oye, calla, eso es mentira. Es que no quiero dar un frenazo y que se te abran las heridas.

—Claro, claro —digo, relajándome en el asiento. El dolor está ahí, pero es ya muy manejable. Lo que no es manejable es el nudo de nervios que tengo en el estómago.

Llegamos al destino después de lo que parece una eternidad conduciendo a cincuenta por hora: el Metropolitan Correctional Center. El edificio es gris, imponente, lleno de ventanas pequeñas y rejas. Llevo esperando este momento desde que me desperté en el hospital.

Brook me contó que Lucca preguntó por mí y gastó su única llamada telefónica en llamarla a ella para saber sobre mi estado. No llamó a un abogado. Llamó a Brook para preguntarle por mí. Eso debería significar algo, pero no estoy seguro de qué y el miedo es más fuerte.

En realidad, estoy acojonado por si Lucca me odia. Le mentí durante dos años enteros. Él me confió su vida, su lealtad y su amistad. Y yo jugué con todo. Aunque hice todo lo posible por ayudarle a escapar esa noche y arriesgué mi carrera por darle una oportunidad de huir... no sé si eso bastará.

Con el tiempo, en la Spina nos hicimos amigos, amigos de verdad. Para mí Lucca es como un hermano, y eso fue real. Cada risa, cada confidencia, cada vez que nos cubrimos la espalda el uno al otro... eso fue real. Pero no sé si él me creerá cuando se lo diga.

Entro en el centro de detención muy nervioso. Le pido a Brook que entre conmigo y ella me agarra la mano.

—Nunca te había visto tan nervioso —dice ella, cogiendo mi mano—. Relájate. Es Lucca, tu amigo. El de siempre.

—Me he enfrentado a asesinos y traficantes —digo, intentando sonreír—. Y ahora estoy temblando por ver a un hombre tras un cristal.

—Porque te importa —dice ella, apretándome la mano—. Eso es bueno.

Finalmente entro solo, Brook cree que necesitamos nuestro momento solos así que se queda en la puerta de fuera. Sé que Lucca y Brook han forjado una bonita amistad.

Él estuvo ahí cuando yo tenía que mantenerme más firme, más distante. Soy consciente de que tengo un carácter complicado y Lucca fue un gran apoyo para ella en esos momentos.

Tienen una extraña relación como de hermano mayor y hermana pequeña, aunque Brook le saca dos años a Lucca. Él siente que debe cuidarla, pero a la vez le encanta picarla y molestarla, y ella siente esa admiración que uno siente por un hermano mayor.

Cuando llego a la sala de visitas, veo que han preparado una sala privada, a solas los dos. Un vis a vis, sin cristal de separación. Mientras espero a que traigan a Lucca, saco el móvil y mando un mensaje a Alina.

«Gracias, sé que has sido tú la que ha organizado el vis a vis con Lucca».

Alina contesta de inmediato:

«De nada, Lucca necesita ahora un amigo que le dé un abrazo y no un cristal».

Dejo el móvil porque escucho la puerta abrirse y entra Lucca.

Lleva el uniforme naranja de la prisión, que le queda grande. Tiene moretones en la cara que no estaban la última vez que lo vi, y una mirada cansada, pero cuando me ve, algo cambia en sus ojos. Se detiene en la puerta, con los guardias a su espalda.

Yo me levanto lentamente, el dolor en el pecho es agudo, pero lo ignoro.

—Por favor —digo dirigiéndome a los guardias— las esposas no son necesarias.

—Es el protocolo, señor.

—Me la suda el puto protocolo, quitarle las esposas —digo más alterado de lo que pretendía, mientras enseño mi placa de la DEA. Y eso da resultado porque inmediatamente se las quitan y abandonan la sala dejándonos solos.

—Lucca, escucha, antes de que digas nada —empiezo, y las palabras salen atropelladas, demasiado rápido—, necesito que sepas que lo siento.

Lo siento mucho. Tenía un plan, un plan para que tú y Brook os fuerais, para que no os detuvieran, para que...

joder, todo salió mal, lo sé. Y te mentí, te mentí todos estos años, y no hay excusa para eso, pero necesito que sepas que...

—Calla, joder —dice Lucca.

Su voz es seca y las palabras se me atascan en la garganta. Me preparo para el rechazo, para la rabia, para todo lo que merezco.

Entonces Lucca se marca una de sus sonrisas pícaras, esa sonrisa que he visto mil veces antes de que hiciera una broma o dijera algo completamente inapropiado. Me guiña un ojo, abre los brazos y dice:

—¿Qué pasa, jefe? ¿Que no me vas a dar un puto abrazo o qué? ¡Has sobrevivido a la muerte!

El alivio que me inunda es tan violento que casi me hace caer de rodillas.

Camino hacia él, ignorando el dolor, y nos abrazamos.

Es un abrazo fuerte, incómodo por el uniforme naranja y por mi herida, pero real.

Siento sus palmadas en mi espalda, siento cómo su cuerpo tiembla un poco, y sé que el mío también lo hace.

Nos separamos y nos sentamos uno frente al otro.

—He contratado al mejor abogado de la ciudad —digo inmediatamente—. No te voy a abandonar, Lucca. Voy a hacer todo lo posible para...

—Connor —me interrumpe, pero su voz es suave esta vez.

—Caleb —corrijo automáticamente—. Mi nombre es Caleb Stone.

Lucca hace una mueca.

—Suena a nombre de pijo. Me quedo con Connor.

Sonrío.

—Brook también se queda con Connor.

—Por supuesto, nuestra chica tiene buen gusto.

Y sonríe de verdad. Como lo hacía antes de que nuestra vida estallara en mil pedazos.

—El abogado, todo eso... no hace falta Connor, en serio —dice Lucca, pero su mirada está en otra parte.

—No admito un no Lucca. Brook y yo ya tenemos al abogado trabajando en tu caso y ve posibilidades de reducir notablemente la condena. Brook testificará a tu favor. A mí no me dejan, por la evidente relación que tuvimos. Y Alina va a testificar a favor tuyo también. Y hay…

—¡No! —me corta Lucca, y su voz ahora tiene un filo que no había antes—. No quiero hablar de esa zorra.

Veo un dolor profundo y real en sus ojos cuando dice eso, un dolor que va más allá de la traición.

—No quiero que Alina testifique a mi favor, por favor no lo permitas.

—Lucca, ¿qué dices? El testimonio de un agente de la DEA puede ser crucial para reducir la condena al mínimo. Podrías salir en muy poco tiempo.

—¡He dicho que no!

Veo que esto le afecta mucho más de lo que yo imaginaba así que asiento y no vuelvo a mencionar su nombre.

—Háblame de ti —dice Lucca, cambiando de tema con brusquedad—. De cómo has vuelto del mismísimo infierno, cabrón.

Hablamos. Le cuento sobre la operación, sobre la recuperación, sobre Brook jugando a las enfermeras conmigo en ese diminuto apartamento. Le pregunto por la prisión y él hace una broma sobre la comida, pero no dice mucho más.

Después de un rato, Lucca mira hacia abajo, jugueteando con sus manos esposadas.

—¿Te trajo problemas? —pregunta sin mirarme—. Ayudarme a escapar esa noche.

—No te preocupes por eso —digo inmediatamente.

—¿Pero te trajo problemas? —insiste, levantando la vista.

Suspira.

—Me suspendieron seis meses de empleo y sueldo —admito—. Pero no pasa nada. Lo volvería a hacer una y mil veces.

Lucca asiente, pero no parece consolado.

—Además —añado, intentando aligerar el ambiente—, Brook ya tiene planeadas unas vacaciones. Una especie de luna de miel post La Spina que me va a tener muy ocupado.

Lucca sonríe, una sonrisa real esta vez.

—¿Luna de miel? ¿Os vais a casar?