CAPÍTULO 3 #3
Un guardia los acompaña, un tipo musculoso con la mirada vacía que los coloca frente a mí, separados por apenas un metro de distancia, y luego retrocede para colocarse junto a la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho ancho.
Mis ojos, se mueven rápidamente de uno a otro.
No puedo ver sus rostros, no puedo ver sus expresiones, pero puedo ver cómo respiran: el de la izquierda lo hace con respiraciones cortas, su pecho se eleva y desciende con un ritmo acelerado y errático, mientras que el de la derecha parece más controlado, más calmado, aunque no estoy segura de si es verdadera calma o simplemente resignación.
Ambos están inmóviles, esperando, y yo también, con una bola de hielo que se forma en mi estómago y se expande hacia mis extremidades.
Vinnie se acerca entonces, caminando con una tranquilidad que contrasta brutalmente con el pánico que empieza a trepar por mi garganta.
Se detiene a mi lado, no me mira, mira a los dos hombres encapuchados como si fueran objetos de estudio, y luego habla con una voz suave y educada, que resulta más aterradora que cualquier grito.
—Brook, hay una situación que requiere claridad mental y capacidad de decisión—.
Hace una pausa, como si estuviera explicando las reglas de un juego de salón —Estos dos individuos están bajo nuestra custodia, uno de ellos es inocente, no ha fallado a ninguno de los nuestros—.
Su voz se modula con precisión, cada palabra elegida cuidadosamente—.
El otro nos traicionó, vendió información a una organización rival y murieron tres de los nuestros.
Trago saliva, pero mi boca está tan seca que apenas logro humedecerla.
Mis ojos no se apartan de las dos figuras encapuchadas, y ahora noto detalles que antes no había visto: el hombre de la izquierda tiene una mancha oscura en el pantalón, en el muslo, que podría ser barro o podría ser algo más.
El de la derecha tiene los nudillos de las manos, visibles donde las bridas le cortan la circulación, marcados con cicatrices antiguas.
No sé qué hacer con esta información, no sé qué significa.
—La prueba es simple— continúa el hombre, y ahora sí gira la cabeza para mirarme con sus ojos color marrón tan oscuro que casi parece negro, sin ningún rastro de emoción en ellos—. Salva a uno, el otro sufrirá las consecuencias.
El aire sale de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago.
Parpadeo, confundida, esperando que haya más, una aclaración, una explicación de qué significa «sufrirá las consecuencias», alguna indicación de cuál es el inocente y cuál es el traidor, alguna pista que me permita tomar una decisión que no sea un disparo al azar en la oscuridad más absoluta.
Pero no hay más. Solo el silencio que vuelve a caer sobre la habitación, cargado con el peso de lo que se me ha pedido.
Los dos hombres encapuchados siguen inmóviles, pero noto que el de la izquierda ha comenzado a temblar levemente, un temblor que empieza en sus rodillas y sube por sus piernas hasta hacer que la tela de su pantalón se agite.
El de la derecha permanece completamente quieto, como una estatua.
—No… no entiendo— logro decir, y mi voz suena débil y quebrada, incluso para mis propios oídos—. ¿Cómo… cómo se supone que debo saber…?
—No es necesario que sepas —interrumpe la mujer del vestido, que se ha acercado también—.
Lo que importa es que tomes una decisión rápida y sin titubear—.
Sus palabras son afiladas, cortantes, y comprendo entonces, con una claridad que me enfría la sangre, que esta no es una prueba de justicia, no es un ejercicio para determinar culpabilidad o inocencia.
Es una prueba de carácter, de voluntad, de la capacidad de actuar cuando todas las opciones son malas y no hay información suficiente.
Mi mente comienza a acelerarse, a buscar patrones, señales, cualquier cosa que me dé una ventaja.
El que tiembla, ¿es el inocente aterrorizado o el traidor que sabe lo que le espera?
El que está quieto, ¿es el inocente con dignidad o el traidor que ha aceptado su destino?
La mancha en el pantalón, las cicatrices en los nudillos…
¿son pistas o simples detalles irrelevantes?
Mi corazón late con tanta fuerza que siento el pulso en mis sienes, en mi garganta, en las yemas de mis dedos.
—Tienes diez segundos —dice Vinnie, consultando su reloj de pulsera con un gesto despreocupado—. Nueve…
El pánico, genuino y primitivo, se apodera de mí.
Mis piernas quieren ceder, quiero girarme y correr hacia la puerta por la que entré, pero sé que no llegaría ni a la mitad del camino antes de que el guardia me detuviera.
Sé, con una certeza instintiva, que huir no es una opción, que esta prueba es precisamente para filtrar a los que huyen, a los que se paralizan, a los que no pueden tomar una decisión cuando la situación exige sangre fría.
—Ocho…
Mis ojos saltan de un encapuchado al otro. Pienso en lo que significa «sufrirá las consecuencias». Mis ojos arden controlando las lágrimas. Pienso en que podría estar condenando a un inocente. Pienso en que podría estar dejando libre a un traidor que causó muertes.
—Siete…
Pero entonces algo cambia dentro de mí, algo se endurece en el fondo de mi ser, en ese lugar donde guardo el dolor de lo que me hicieron, la rabia de haber sido violada y dejada como un trapo usado, la determinación feroz de sobrevivir a toda costa para llegar a mi objetivo.
He venido aquí por una razón, he soportado humillaciones, he fingido ser alguien que no soy, todo para acercarme a ellos, para conseguir mi venganza. ¿Y voy a echarlo todo a perder ahora porque me tiemblan las manos ante una decisión difícil?
—Seis…
No. No voy a echarlo a perder.
La lógica se abre paso a través del pánico. Esta prueba no es sobre justicia o sobre moralidad. Es sobre obediencia, sobre la capacidad de seguir órdenes incluso cuando van en contra de todo instinto humano. Ellos no quieren saber si elijo bien o mal. Quieren ver si puedo elegir y punto.
—Cinco…
Mis ojos se detienen en el hombre de la derecha, el que está quieto, el que no tiembla, algo en su calma me parece más sospechoso, más calculador, o tal vez es solo que necesito una razón, cualquier razón, para elegir a uno sobre el otro, y su falta de reacción me parece tan poco natural como el temblor del otro.
O quizás es simplemente que mi dedo, cuando finalmente se mueva, necesitará apuntar a alguien, y en este momento mi instinto me dice que le apunte a él.
—Cuatro…
Levantar el brazo me cuesta un esfuerzo absurdo. Extiendo mi índice, lo apunto directamente al pecho del hombre encapuchado de la derecha.
—Tres…
No titubeo ni vacilo, mantengo mi brazo extendido, el dedo firme como una flecha, y a través de la máscara mis ojos permanecen clavados en el punto sobre su corazón. No miro a Vinnie, ni a Paolo, ni a la mujer desconocida, solo a la consecuencia de mi decisión.
Vinnie asiente con una inclinación casi imperceptible.
El guardia junto a la puerta se acerca al hombre señalado, le agarra del brazo y lo arrastra hacia la salida.
No lucha, no emite sonido; solo se deja llevar, y por un instante me pregunto si está drogado, sedado, o si ha aceptado su destino con una resignación más aterradora que cualquier resistencia.
La puerta se cierra con un golpe seco que resuena en la habitación como el portazo de un ataúd.
El hombre encapuchado que queda, el que temblaba, el que no señalé, permanece inmóvil, respirando con rapidez ansiosa.
Nadie se mueve hacia él, nadie lo toca. Simplemente lo dejan allí, como si ya hubiera cumplido su propósito.
Vinnie se vuelve hacia mí, y por primera vez veo algo en sus ojos que no es completamente vacío: es aprobación, un reconocimiento frío y profesional.
—Bien—. Dice simplemente. La mujer asiente también, con una sonrisa delgada y satisfecha en sus labios pintados de rojo oscuro.
Asiento, incapaz de hablar, y doy media vuelta para seguir con mi cometido, servir copas. Mis piernas se mueven por pura memoria muscular porque siento que, si me detengo a pensar, si reflexiono sobre lo que acabo de hacer, me derrumbaré allí mismo en el suelo de cemento.
Tengo ganas de vomitar, procuro centrarme en respirar, profundamente, una y otra vez, intentando calmar el temblor que recorre todo mi cuerpo.
No sé si elegí al traidor o al inocente, ni qué le harán al hombre que señalé, y lo peor es que, durante unos segundos, no me importó.
Lo que me preocupó fue sobrevivir y pasar la prueba.
Enseñarles que podía ser lo suficientemente fría, lo suficientemente despiadada, para ser útil en su mundo, y lo demostré.
El precio será algo que tendré que pagar cada noche al intentar dormir, pero es un precio que, al parecer, estoy dispuesta a asumir, y eso es lo que más me aterra de todo.
Tercera prueba:
Consecuencias.
La prueba continúa durante lo que parece una eternidad. Cada minuto aquí me desgasta un poco más. Cada toque, cada roce, está siempre contenido dentro de unos límites diseñados aparentemente para torturar sin romperme completamente, para empujarme al borde sin arrojarme al vacío.
Sirvo bebidas mientras los «invitados» —no sé quiénes son en realidad, pero sí qué papel interpreta cada uno —pellizcan justo donde termina mi corsé, o rozan deliberadamente mis piernas al pasar, haciendo comentarios soeces sobre cómo les gustaría ver este uniforme negro rasgado contra alguna alfombra persa, o sobre qué harían exactamente si tuvieran media hora a solas conmigo detrás de alguna puerta cerrada donde nadie pudiera oírme protestar.
Todos sabemos que nadie aquí protestaría; protestar sería fallar, sería ser eliminada, sería convertirme en otro cuerpo anónimo dentro de este mundo subterráneo.