La Sombra en Gunner’s Hall
© inepub.com
Prólogo El Banco a las Cuatro en Punto
PRÓLOGO
EL BANCO A LAS CUATRO EN PUNTO
✦ ❖ ✦
[ E.A.P. // AL LECTOR ]
Ha encontrado usted el cuerpo, detective.
No finja que vino por los versos. Vino por el sórdido espectáculo de la cuneta; vino a plantarse sobre las tablas empapadas con su cuaderno de notas en la mano para contar una a una las manchas sobre el paño.
Muy bien. Hagamos el examen. Observemos lo que queda cuando el mundo ha terminado de triturar a un hombre de cuarenta años.
Faltan cinco días en su calendario, y siete puertas permanecen abiertas bajo el vendaval.
Antes de cruzar el umbral de la primera, baje la vista hacia el banco.
Cuente los cinco indicios imposibles impresos sobre esta carne.
Luego vuelva la espalda a la callejuela, camine siete días hacia atrás en dirección a la tibia lumbre de Richmond, y contemple el aspecto que tiene un hombre antes de que ustedes lo asesinen.
La lluvia tenía el sabor del hierro y de la escoria portuaria.
Caía sin prisa, recta y plomiza, ahogando los gritos de los pregoneros electorales a lo largo de East Lombard Street y transformando la bosta de las caballerizas del Cuarto Distrito en un fango espeso y humeante.
A las cuatro en punto la claridad ya agonizaba tras los caserones de ladrillo.
En los ventanales de la taberna de Gunner’s Hall, los mecheros de gas habían sido encendidos una hora antes de su tiempo, y sus lenguas amarillentas fluctuaban tras los cristales como peces cautivos en una cisterna cenagosa.
Joseph W. Walker, cajista en los talleres de imprenta del Baltimore Sun, se subió el cuello de su esclavina de hule encerado, apretó bajo el brazo el fajo de galeradas aún húmedas y bajó del paso entarimado.
Tenía veinticuatro años. Llevaba la tinta de cuarenta columnas de periódico incrustada en las yemas de los pulgares, y conocía a cada beodo, alguacil y cabecilla de comité entre la dársena del Basin y Jones Falls.
Una jornada electoral en Baltimore no era una fiesta cívica: era un motín tumultuoso de carniceros y carretoneros que se disputaban los distritos a garrotazo limpio sobre barriles de sidra adulterada.
Un hombre sensato se encogía de hombros, metía la barbilla en la bufanda y apretaba el paso.
Walker no apretó el paso lo suficiente.
En la esquina del callejón contiguo a la taberna, donde el agua caía en una cortina sólida y gélida desde el alero de lona, la puntera de su bota tropezó con un bulto blando y empapado, encajado entre un tonel vacío de aguardiente y la pared de tablas de pino.
Dio un traspié, se sostuvo contra el poste carcomido y soltó una maldición.
—¡Abran paso, amigo! —gruñó Walker, propinando al bulto un empellón impaciente con la punta del zapato—. La zanja es bastante ancha sin necesidad de que…
El bulto se movió.
No se movió como se mueve un ebrio dormido, rodando pesadamente en su letargo.
Se estremeció: fue una convulsión seca, violenta y espasmódica que nació en el espinazo y tensó las extremidades en un chasquido rígido, como el calambre de una rana desmedulada bajo la corriente de un alambre galvánico.
Un rostro rodó hacia arriba, exponiéndose al resplandor enfermizo de la taberna.
Walker se detuvo en seco. El aire se le atascó en la garganta con un chasquido seco.
—Dios del cielo —susurró el impresor.
El hombre estaba medio incorporado, medio desmadejado sobre un banco bajo de madera bajo el alero, con la nuca apoyada contra las tablas podridas por la humedad.
De las canaletas caían sobre él chorros continuos de agua cenagosa, tamborileando sobre un sombrero que no tenía razón de ser en medio de un temporal de octubre: un sombrero veraniego, ruin y deshilachado, tejido de hojas de palma, con el ala desgarrada por el viento y la copa aplastada y reducida a una pulpa grisácea.
Bajo aquella ridícula paja asomaba una frente que Walker había compuesto en tipos de plomo más de cien veces.
Era ancha, pálida como el sebo de carnero, abovedada como la cúpula de una capilla fúnebre, y cruzada por venas abultadas y purpúreas que latían con una violencia aterradora y desacompasada.
El cabello oscuro estaba apelmazado en mechones húmedos por el lodo del puerto.
Las mejillas se hundían en dos cavernas de sombra violácea; el bigote, fino y recortado con pulcritud geométrica, estaba cubierto de espuma reseca y restos de bilis.
Los ojos —grandes, de un gris avellana, vidriosos como canicas de cristal— miraban fijamente hacia el cielo tormentoso, ciegos a Lombard Street, ciegos a la taberna y ciegos al muchacho de la imprenta.
Walker cayó de rodillas en el fango.
—¿Señor? ¿Puede oírme, caballero?
Los labios se entreabrieron. La lengua que asomaba en su interior estaba negra y reseca como tasajo cecinado. Del pecho brotó un estertor profundo y acuoso, y luego un susurro —débil, nítido y de una elegancia cortesana que helaba la sangre:
—Soy… un caballero… en gran tribulación…
La mirada de Walker descendió a lo largo del cuerpo, y el horror de la escena se profundizó hasta que los dedos se le entumecieron dentro de los bolsillos. Estaba contemplando cinco indicios imposibles, alineados sobre aquel cadáver viviente como pruebas sobre una plancha de autopsias:
Primero: Las ropas no le pertenecían. Edgar Allan Poe era célebre desde Boston hasta Charleston por la pulcritud casi militar de su levita de paño negro: raída por los años, pero cepillada con esmero fanático, con cuellos de una blancura inmaculada.
El hombre arrojado sobre el banco vestía un saco informe y grasiento de bombasí basto que le aprisionaba los omóplatos como un arnés de hierro; sus pantalones eran de lana burda y barata, desgarrados en las rodillas y rematados tres pulgadas por encima de unos tobillos desnudos y ennegrecidos por el hollín; sus pies se embutían en zapatos desvencijados con los talones aplastados, calzados sin medias.
Segundo: El dinero se había esfumado. Todos los redactores de Baltimore Street sabían que Poe había zarpado de Richmond con las suscripciones para su ansiada revista, The Stylus: casi mil quinientos dólares en giros bancarios y billetes de curso legal.
En los bolsillos del sayo de bombasí no había un solo centavo de cobre, ni un recibo, ni el más mínimo retazo de papel, a excepción de una papeleta electoral en blanco, deshecha por el agua, que empuñaba rígidamente en la mano izquierda.
Tercero: El arma había desaparecido. Su mano derecha —fina, aristocrática, manchada de tinta, la mano que había trazado las estrofas de El Cuervo— yacía inerte sobre el lodo.
A través de los nudillos interiores corría una laceración reciente y en carne viva, manchada de cardenillo azulado, como si una empuñadura de marfil le hubiera sido arrancada con salvaje violencia; pero del bastón de malaca del doctor Carter no quedaba la menor astilla.
Cuarto: El hedor de su cuerpo. No apestaba únicamente a aguardiente barato, como solían heder los infelices secuestrados por los toneleros de las elecciones.
Cuando Walker se inclinó, el aliento que emanaba de aquellos labios agrietados traía la peste dulzona del láudano, el rastro amargo de almendras del ácido prúsico, la descomposición vegetal de las marismas y, por debajo de todo ello —inexplicable, foráneo y gélido—, el hedor penetrante a salmuera polar, ozono y aceite de ballena.
Quinto: El nombre.
Cuando Walker lo tomó por los hombros para izarlo fuera del charco, la cabeza de Edgar Poe dio una sacudida hacia adelante.
Las pupilas avellana brillaron con una llamarada súbita, casi sobrenatural: una lucidez tan aguda, tan punzante, que Walker dio un grito y a punto estuvo de soltarlo de nuevo en el lodo.
Los dedos del poeta se aferraron a la manga del impresor con la fuerza desesperada de un náufrago.
Miró más allá del rostro de Walker, más allá del rótulo de la taberna, más allá de los nubarrones de Baltimore, clavando los ojos en un vacío blanco, aullante e inexplorado, y profirió un único alarido contra los dientes del temporal:
—¡Reynolds!
El alarido se ahogó en un estertor húmedo. La cabeza cayó pesadamente hacia atrás contra el respaldo del banco. Los ojos se pusieron en blanco, mostrando únicamente una esclerótica amarillenta.
Walker permaneció inmóvil bajo el aguacero, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo de batir tipos. A su alrededor, la turba electoral reía y brindaba bajo las linternas de la taberna. Un carretón pasó traqueteando, salpicando lodo amarillo sobre el destrozado sombrero de paja.
El cajista dio media vuelta, echó a correr y abrió de un golpe la puerta de la taberna en busca de tinta y papel.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
La nota está a punto de ser trazada. El muchacho moja la pluma. El doctor Snodgrass ya echa mano a su sombrero en Camden Street.
Ha visto usted la zanja, lector. Ha saciado sus pupilas con la lana grasienta y el diente desportillado. ¿Queda usted satisfecho de que el cadáver es de carne y hueso?
Perfecto. Ahora respire hondo. Borre la taberna. Limpie la lluvia que chorrea sobre el cristal. Retroceda siete días hacia el pasado, mientras el lino de la camisa aún brilla inmaculado y el corazón late a su propio compás.
Venga conmigo a Richmond.
SIETE DÍAS ANTES
(Pase al Acto I, Capítulo 1)