CAPÍTULO 24 — LA NUEVA BASE DEL GRUPO DE RESCATE EN IURRETA #2
A las diez y media de la noche, la centralita confirmó la nitidez de la transmisión por el cable de campaña.
A las eleven de la noche, los especialistas fijaron rodillos articulados en las aristas vivas de la roca.
A las once y media de la noche, se tensó una tirolina doble con poleas tándem para evacuar el material médico.
A las doce de la noche del veintidós de abril, los médicos registraron una temperatura timpánica de 32.1 °C tras el recalentamiento progresivo.
A las doce y media de la noche, se completó la infusión de quinientos mililitros de solución glucosalina.
A la una de la madrugada, el paciente quedó perfectamente inmovilizado con collarín Stifneck y férula espinal.
A la una y media de la madrugada, se equilibraron los cuatro cabos de la araña de izado de la camilla Petzl Nest .
A las dos de la madrugada, la Dra. Miren Mendiluze en Cruces recibió el informe confirmando la estabilidad del paciente.
A las dos y media de la madrugada, el retén exterior reforzó los amarres de las antenas satelitales.
A las tres de la madrugada, los vecinos compartieron jarras de sidra caliente con canela en la posada del pueblo.
A las tres y media de la madrugada, el volteo solemne de las campanas de San Bartolomé anunció el rescate de todos los atrapados.
A las cuatro de la madrugada, los mecánicos de vuelo completaron la inspección de las turbinas Turbomeca Arrius 2B2 .
A las cuatro y media de la madrugada, los perfusionistas verificaron que la camisa de neopreno mantenía 37.0 °C.
A las cinco de la mañana, los técnicos comprobaron la estabilidad de la señal digital TETRA en el macizo.
A las cinco y media de la mañana, se engrasaron los rodillos guía del cabrestante mural.
A las seis de la mañana, los artificieros guardaron en cofres blindados las cargas de pólvora sin humo.
A las seis y media de la mañana, los rescatadores compartieron un termo de caldo caliente con hierbabuena.
A las siete de la mañana, los vecinos contemplaban desde las cumbres del Kolitza la silueta nevada del Gorbeia.
A las siete y media de la mañana, el oleaje del Cantábrico rompía con fuerza sobre los espigones de Bermeo.
A las ocho de la mañana, el párroco de Orozko asperjó agua bendita sobre los fardos de ropa térmica.
A las ocho y media de la mañana, los ganaderos compartieron cuñas de queso curado en cueva con pan tostado.
A las nueve de la mañana, don Joseba terminó de grabar a fuego la cruz del Gorbeia en el mango del piolet.
A las nueve y media de la mañana, doña Arantza sirvió una compota templada de manzana reineta con canela.
A las diez de la mañana, una fuente de alubias rojas de Gernika reconfortó a los enlaces de radio.
A las diez y media de la mañana, el silencio sagrado de los tejos centenarios reinaba sobre el bosque.
A las once de la mañana, el sacerdote extendió su bendición sobre los colmenares del valle.
A las once y media de la mañana, los agentes de Policía Judicial precintaron las muestras de mineral incautadas.
A las doce del mediodía, doña Arantza y don Joseba sirvieron bizcochos de soletilla con chocolate espeso.
A las doce y media de la tarde, los mecánicos de la Sección de Montaña verificaron que el cabrestante de arrastre del furgón todoterreno pesado mantenía una tracción nominal de cuatro mil quinientos kilos sin elongación de cable.
A la una de la tarde, la brigada comarcal comprobó el nivel de combustible y los filtros de aspiración de las motobombas ligeras portátiles de achique instaladas junto a la acequia de Pagomakurre.
A la una y media de la tarde, durante el relevo de la patrulla marítima de apoyo en el puerto viejo de Algorta, los rescatadores fuera de guardia compartieron sardinas asadas a la brasa con pan rústico de caserío.
A las dos de la tarde, familiares de los agentes de la Unidad de Montaña encendieron velas votivas ante la imagen de San Nicolás en Getxo, pidiendo por la seguridad de todos los integrantes del operativo.
A las dos y media de la tarde, las aguas calmas del Nervión reflejaban las primeras luces del día bajo una brisa fresca procedente de la bocana del Abra.
A las tres de la tarde, don Xabier asperjó agua bendita sobre los fardos de mantas de lana virgen de oveja latxa tejidas a mano en el zaguán noble del caserío familiar.
A las tres y media de la tarde, las tabernas de Areatza sirvieron raciones de morcilla tradicional con pan de centeno recién horneado a los conductores de los convoyes logísticos.
A las cuatro de la tarde, los bodegueros de Orozko brindaron con txakoli de cosecha propia por el porvenir y la pronta recuperación de todos los heridos de la montaña.
A las cuatro y media de la tarde, don Joseba dio los últimos toques de esmeril a la empuñadura de madera de fresno del piolet ceremonial destinado a su hijo Mikel.
A las cinco de la tarde, doña Arantza dispuso una bandeja de queso ahumado con dulce de membrillo y nueces para agasajar a los sanitarios que regresaban de la cueva.
A las cinco y media de la tarde, una gran cazuela de alubias estofadas a fuego lento de encina ofreció un reconfortante almuerzo a los mandos del PMA en Pagomakurre.
A las seis de la tarde, la cordada de relevo cruzó bajo la techumbre natural de los tejos centenarios de Itxina, admirando las formas congeladas de la vegetación cantábrica.
A las seis y media de la tarde, el sacerdote extendió su bendición sobre los colmenares de abejas autóctonas del caserío para que resistan el rigor de la ventisca ártica.
A las siete de la tarde, una fuente de bizcochos caseros aromatizados con corteza de limón y canela presidió la mesa baja de Goiko-Enea .
A las siete y media de la tarde, los pastores de las campas de Arraba renovaron los cirios en la ermita de montaña, agradeciendo el rescate exitoso de todos los atrapados.