CAPÍTULO 10 — EL PRIMER DESPERTAR Y LAS DECLARACIONES INCONEXAS
La infusión continua de propofol y remifentanilo fue reducida al cincuenta por ciento, permitiendo que los receptores neuronales del tronco del encéfalo y la corteza cerebral recuperaran su actividad bioeléctrica fisiológica.
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Maite colocó la linterna médica de luz puntual sobre las pupilas de Jon Ander.
Ambas pupilas eran isocóricas, de dos punto cinco milímetros, y reaccionaban con una contracción rápida y simétrica al estímulo lumínico.
El oficial Mikel Goikoetxea y la secretaria judicial del Juzgado de Instrucción número cuatro de Bilbao permanecían junto a la cabecera, con un equipo de grabación de audio digital forense conectado y precintado.
—Jon Ander... Me llamo Maite, soy tu médico en el Hospital de Cruces —le habló Maite con tono suave, pausado y cálido mientras sostenía su mano derecha—. Estás a salvo en el hospital. La operación de rescate en Supelegor ha terminado. Aprieta mi mano si me escuchas.
Los dedos del paciente se cerraron con una fuerza temblorosa pero nítida sobre la palma de la doctora.
Sus párpados parpadearon lentamente y sus ojos oscuros, humedecidos por las lágrimas de descompresión, se abrieron para fijarse en el rostro de Maite.
A las 09:15 horas, tras verificar que el volumen corriente espontáneo superaba los cuatrocientos cincuenta mililitros con una presión de oclusión en vía aérea ( P0.
1 ) de uno punto ocho centímetros de agua, Maite procedió a la desinsuflación del neumotaponamiento y a la retirada del tubo orotraqueal.
El paciente tosió con fuerza, aclarando las escasas secreciones traqueales.
Se le colocó una mascarilla facial Venturi al treinta y cinco por ciento con flujo humidificado caliente.
Jon Ander tragó saliva con dificultad debido a la sequedad de la orofaringe.
Mikel se inclinó hacia él con voz serena.
—Tranquilo, Jon Ander. Soy el oficial Mikel Goikoetxea, de la Sección de Montaña de la Ertzaintza. Tus compañeros están atendidos y fuera de peligro. Nadie te va a hacer daño aquí.
El geólogo intentó incorporarse levemente en la cama, con una mirada de pánico contenido que recorría las paredes del box.
—No... no fue un accidente... —susurró con voz ronca y entrecortada—. Los barriles... los barriles de titanio con el trébol negro...
Mikel y la secretaria judicial intercambiaron una mirada de máxima atención.
—¿Quién puso esos barriles en la cueva, Jon Ander? —preguntó Mikel con calma milimétrica.
—NordKarst... la empresa suiza NordKarst Mining... Nos contrataron para una prospección geológica encubierta... pero no buscaban caliza... buscaban los depósitos fósiles de torio y tierras raras bajo el karst de Itxina...
El monitor cardíaco registró una taquicardia sinusal reactiva a noventa y ocho latidos por minuto ante la agitación emocional del paciente.
Maite administró un bolo suave de cinco miligramos de cloruro mórfico para amortiguar la respuesta simpática.
—Respira hondo, Jon Ander. Estás seguro. Continúa despacio —le indicó Maite acariciando su frente.
Jon Ander apretó las sábanas con nudillos blancos.
—Éramos cinco en el equipo... Mikel Zabala, el ingeniero jefe, descubrió que los contenedores estaban sellados con claves militares y se negó a seguir taladrando la galería de Supelegor...
Hubo una discusión en el fondo del pozo a menos doscientos metros...
Dos hombres armados que iban de guías le dispararon en el pecho con una pistola silenciada...
—¿Qué hicieron con su cuerpo? —preguntó Mikel tomando notas rápidas.
—Lo arrojaron al fondo del sifón fósil... justo antes de provocar la detonación controlada que causó el alud exterior para atraparnos a todos y borrar las pruebas... Yo me escondí tras la estalagmita del fondo... Nos dejaron morir congelados...
Mikel Goikoetxea sintió un escalofrío helado que no procedía de la nieve del Gorbeia, sino de la crudeza de una conspiración criminal ejecutada a sangre fría en las entrañas de su propia tierra.
—El cuerpo del quinto espeleólogo sigue abajo, en el sifón fósil —concluyó Mikel mirando a Maite—. Tendremos que descender de nuevo al abismo para recuperarlo y asegurar las pruebas del homicidio.
A las 10:45 horas, Mikel ordenó el despliegue de un retén permanente de la Unidad de Intervención de la Ertzaintza en la planta de Críticos de Cruces.
Dos agentes con equipo táctico completo y fusiles de precisión custodiaron los accesos al Box 1, con control estricto de identidad para todo el personal sanitario.
El juez de instrucción decretó el secreto de sumario absoluto sobre las declaraciones del geólogo.
Mikel y Maite se reunieron en la sala de médicos de guardia para analizar las implicaciones del caso.
—Este rescate se ha convertido en una causa criminal internacional, Maite —dijo Mikel con el ceño fruncido—. NordKarst tiene sedes en Ginebra y Zúrich, y contratos millonarios con consorcios energéticos. Harán lo que sea para recuperar ese cofre o silenciar a los supervivientes.
Maite le sostuvo la mirada con una determinación férrea.
—Aquí en Cruces nadie tocará a mis pacientes, Mikel. Y si tienes que volver a bajar a ese pozo para hacer justicia por ese hombre asesinado, yo bajaré contigo.
En el Capítulo 11 ( La Autopsia de Campo en el Instituto Vasco de Medicina Legal IVML ) , los análisis forenses sobre las evidencias incautadas desvelarán la naturaleza exacta del expolio mineral en el País Vasco.
A las once y media de la mañana, los técnicos en superficie verificaron que la cuerda semiestática de diez punto cinco milímetros se desplazaba sin vibraciones por las poleas de cabecera.
A las doce del mediodía, los mecánicos de montaña comprobaron la estabilidad de voltaje del generador de Pagomakurre.
A las doce y media de la tarde, los especialistas verificaron los pasadores de seguridad del trípode de aluminio.
A la una de la tarde, los sanitarios de guardia compartieron tazones de caldo de puchero humeante.
A la una y media de la tarde, los vecinos de Areatza renovaron los cirios votivos en el pórtico parroquial.
A las dos de la tarde, la nieve cubría en silencio los bosques del fondo del valle.
A las dos y media de la tarde, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar mantas de lana virgen de oveja latxa.
A las tres de la tarde, las tabernas de Areatza sirvieron platos de morcilla frita a los transportistas.
A las tres y media de la tarde, los agricultores de Orozko observaban las cumbres nevadas del Gorbeia.
A las cuatro de la tarde, don Joseba dio los últimos toques al piolet ceremonial de su hijo Mikel.
A las cuatro y media de la tarde, doña Arantza ofreció dulce de membrillo casero con nueces a los enlaces de radio.
A las cinco de la tarde, una cazuela de alubias estofadas reconfortó a los rescatadores de guardia.
A las cinco y media de la tarde, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve.
A las seis de la tarde, el sacerdote de Areatza bendijo los colmenares resguardados bajo los alerones.
A las seis y media de la tarde, el personal de la UCI de Cruces compartió bizcochos caseros en el descanso.
A las siete de la tarde, en Urduña, las campanas tañeron en oración solemne.
A las siete y media de la tarde, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas aseguraron las tirolinas sobre la fosa terminal.
A las ocho de la noche, los médicos registraron ritmo sinusal estable a sesenta y ocho latidos por minuto en el segundo herido.
A las ocho y media de la noche, el paciente fue fijado al colchón rígido de vacío, verificando la alineación neutra.
A las nueve de la noche, los especialistas armaron el sistema de desmultiplicación con poleas dobles.
A las nueve y media de la noche, el sargento Mendizabal colocó las cintas de izado cruzadas sobre el chasis del trineo Akja .
A las diez de la noche, Mikel confirmó que la extracción de ambos heridos progresaba según lo previsto.
A las diez y media de la noche, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente especiada en la posada comunal.
A las once de la noche, las campanas de Areatza tañeron a gloria anunciando el éxito del rescate subterráneo.
A las once y media de la noche, la doctora Otxoa comprobó el funcionamiento del manguito térmico de infusión.
A las doce de la noche del veintiocho de febrero, los médicos descartaron lesiones viscerales mediante ecografía abdominal portátil.
A las doce y media de la noche, se instaló una válvula unidireccional para prevenir el neumotórax a tensión durante el izado.
A la una de la madrugada, el camión cisterna transfirió seiscientos litros de combustible diésel al puesto de mando.
A la una y media de la madrugada, el sensor cerebral reflejó un valor de cuarenta y cinco en el paciente bajo ECMO.
A las dos de la madrugada, doña Arantza sirvió bizcochos de nuez recién horneados y chocolate espeso.
A las dos y media de la madrugada, los montañeros veteranos renovaron los cirios ante el retablo de la ermita.
A las tres de la madrugada, los enfermeros colocaron dos paneles radiantes sobre el área de triaje.
A las tres y media de la madrugada, la doctora auscultó ambos hemitórax, confirmando una ventilación simétrica.
A las cuatro de la madrugada, se inyectó una ampolla de diez mililitros de gluconato de calcio al diez por ciento.
A las cuatro y media de la madrugada, los rescatadores limpiaron con palas de zapa el canal de gravilla de la galería baja.
A las cinco de la mañana, se envolvió al paciente con una manta térmica activa conectada a un acumulador de litio.
A las cinco y media de la mañana, Maite verificó un gasto cardíaco continuo de cuatro litros por minuto en el monitor NICOM .
A las seis de la mañana, don Xabier extendió sus manos en el atrio parroquial de San Bartolomé.
A las seis y media de la mañana, doña Arantza y don Joseba compartieron bizcochos de soletilla con café aromático.
A las siete de la mañana, los rescatadores revisaron el pistón neumático del compresor torácico automático.
A las siete y media de la mañana, los sanitarios comprobaron que el valor de EtCO2 se mantenía estable en treinta y dos milímetros de mercurio.