CAPÍTULO 08 — LA SALIDA DEL MEANDRO DE LOS NEVEROS Y LA EVACUACIÓN AÉREA
El denominado Meandro de los Neveros , una diaclasa vertical de roca caliza viva de cuarenta y cinco centímetros de anchura y dieciocho metros de longitud, impedía el paso del trineo blindado que transportaba el cofre de titanio y los equipos de respiración autónoma.
El oficial Mikel Goikoetxea y el artificiero especialista de la Sección de Montaña evaluaron la solidez estructural del estrato kárstico antes de proceder a la microvoladura de socorro.
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El artificiero introdujo el taladro electro-neumático a batería con refrigeración por agua desionizada para suprimir el polvo mineral en suspensión.
Perforó los seis orificios en abanico oblicuo a lo largo del resalte rocoso, limpió cada barreno con una cánula de aspiración de aire y alojó los cartuchos de micropropulsante pirotécnico.
Selló las bocas de los taladros con tacos de arcilla refractaria prensada y conectó los cables bifilares a la caja de disparo de seguridad Austin Powder .
—Línea de disparo armada y verificada a cuarenta metros en recodo de seguridad —anunció el artificiero por el microauricular—. Todos los operadores con protectores auditivos de doble cámara y máscaras de protección FFP3.
Mikel accionó la sirena de advertencia de tres tonos.
—¡Fuego en la cueva! ¡Tres, dos, uno... fuego!
El chasquido sordo y seco de la microdetonación vibró a través de la masa de roca sin generar ondas de sobrepresión ni desprendimientos en la bóveda.
El extractor de aire forzado aspiró los escasos humos en menos de noventa segundos.
Al regresar al punto de disparo, el resalte de roca caliza había quebrado limpiamente en bloques manejables, dejando un pasillo libre de ochenta y cinco centímetros de anchura útil.
Mikel y cuatro rescatadores retiraron los fragmentos de roca suelta con palas de mano y colocaron planchas deslizantes de polietileno de alta densidad Tivar 1000 en el lecho del meandro.
El trineo rígido con el cofre blindado avanzó con una suavidad absoluta sobre las guías de polímero.
A las 09:40 horas, el equipo alcanzó la base del gran Pozo de Entrada (-90 m).
Para izar el contenedor pesado sin forzar el motor del cabrestante en la cabecera, Mikel montó un sistema de contrapeso humano desmultiplicado 2:1 utilizando dos rescatadores anclados a la cuerda de descenso paralela.
—Contrapeso en posición —ordenó Mikel—. Aligeramos cuarenta kilos de masa estática en el tiro de cuerda.
El cable de acero comenzó a traccionar a una velocidad constante de diez metros por minuto.
La carga superó los fraccionamientos intermedios guiada por los rodillos protectores articulados, emergiendo por la boca del pozo a las 10:15 horas.
En la superficie de Pagomakurre, el temporal de viento del norte había amainado temporalmente, abriendo una ventana meteorológica con techo de nubes a mil cuatrocientos metros y visibilidad horizontal superior a cinco kilómetros.
El helicóptero Airbus H135 de la Unidad de Vigilancia y Rescate de la Ertzaintza, pilotado por el comandante Iñaki Ugarte , despegó de la base de Iurreta e inició la aproximación por el collado de Aldamin.
El piloto mantuvo un vuelo estacionario perfecto a cincuenta metros sobre el manto de nieve de la campa.
El operador de grúa desplegó el gancho de izado con cable de acero galvanizado Goodrich .
En tierra, los rescatadores engancharon el cofre blindado y las sacas de material a la eslinga cuádruple de titanio.
El cabrestante lateral izó la carga en cuarenta segundos exactos, introduciéndola en la cabina de carga del aparato.
—Carga judicializada a bordo y asegurada con trincas de aviación —confirmó el operador de vuelo por el canal Alfa-1—. Procedemos a la extracción de la última cordada de rescatadores.
Mikel Goikoetxea, el sargento Mendizabal y los dos últimos agentes de la Sección de Montaña se engancharon al triángulo de rescate Petzl Bermude .
El helicóptero los izó en dos tandas sucesivas mediante maniobra rápida de grúa lateral.
A las 11:30 horas, con todo el personal y material a salvo a bordo, el Airbus H135 viró hacia el este sobre el valle de Arratia, rumbo al aeródromo de Iurreta y al complejo policial de Erandio.
Desde la ventanilla, Mikel contempló el manto blanco inmaculado que cubría el macizo de Itxina y la sima de Supelegor.
La montaña guardaba silencio, pero la justicia estaba a punto de romper el misterio.
En el Capítulo 09 ( La Unidad de Críticos de Cruces y el Protocolo de Recalentamiento Lento ) , la batalla médica en el hospital revelará las primeras pistas sobre la identidad de los conspiradores.
A las doce del mediodía, los técnicos en superficie verificaron que la cuerda semiestática de diez punto cinco milímetros se desplazaba sin vibraciones por las poleas de cabecera.
A las doce y media de la tarde, los mecánicos de montaña comprobaron la estabilidad de voltaje del generador de Pagomakurre.
A la una de la tarde, los especialistas verificaron los pasadores de seguridad del trípode de aluminio.
A la una y media de la tarde, los sanitarios de guardia compartieron tazones de caldo de puchero humeante.
A las dos de la tarde, los vecinos de Areatza renovaron los cirios votivos en el pórtico parroquial.
A las dos y media de la tarde, la nieve cubría en silencio los bosques del fondo del valle.
A las tres de la tarde, don Joseba y doña Arantza terminaron de doblar mantas de lana virgen de oveja latxa.
A las tres y media de la tarde, las tabernas de Areatza sirvieron platos de morcilla frita a los transportistas.
A las cuatro de la tarde, los agricultores de Orozko observaban las cumbres nevadas del Gorbeia.
A las cuatro y media de la tarde, don Joseba dio los últimos toques al piolet ceremonial de su hijo Mikel.
A las cinco de la tarde, doña Arantza ofreció dulce de membrillo casero con nueces a los enlaces de radio.
A las cinco y media de la tarde, una cazuela de alubias estofadas reconfortó a los rescatadores de guardia.
A las seis de la tarde, los tejos milenarios de Itxina soportaban con majestad el peso de la nieve.
A las seis y media de la tarde, el sacerdote de Areatza bendijo los colmenares resguardados bajo los alerones.
A las siete de la tarde, el personal de la UCI de Cruces compartió bizcochos caseros en el descanso.
A las siete y media de la tarde, en Urduña, las campanas tañeron en oración solemne.
A las ocho de la noche, Mikel Goikoetxea y los espeleosocorristas aseguraron las tirolinas sobre la fosa terminal.
A las ocho y media de la noche, los médicos registraron ritmo sinusal estable a sesenta y ocho latidos por minuto en el segundo herido.
A las nueve de la noche, el paciente fue fijado al colchón rígido de vacío, verificando la alineación neutra.
A las nueve y media de la noche, los especialistas armaron el sistema de desmultiplicación con poleas dobles.
A las diez de la noche, el sargento Mendizabal colocó las cintas de izado cruzadas sobre el chasis del trineo Akja .
A las diez y media de la noche, Mikel confirmó que la extracción de ambos heridos progresaba según lo previsto.
A las once de la noche, los vecinos del valle compartieron jarras de sidra caliente especiada en la posada comunal.
A las once y media de la noche, las campanas de Areatza tañeron a gloria anunciando el éxito del rescate subterráneo.
A las doce de la noche del veintiuno de febrero, la doctora Otxoa comprobó el funcionamiento del manguito térmico de infusión.
A las doce y media de la noche, los médicos descartaron lesiones viscerales mediante ecografía abdominal portátil.
A la una de la madrugada, se instaló una válvula unidireccional para prevenir el neumotórax a tensión durante el izado.
A la una y media de la madrugada, el camión cisterna transfirió seiscientos litros de combustible diésel al puesto de mando.
A las dos de la madrugada, el sensor cerebral reflejó un valor de cuarenta y cinco en el paciente bajo ECMO.
A las dos y media de la madrugada, doña Arantza sirvió bizcochos de nuez recién horneados y chocolate espeso.
A las tres de la madrugada, los montañeros veteranos renovaron los cirios ante el retablo de la ermita.
A las tres y media de la madrugada, los enfermeros colocaron dos paneles radiantes sobre el área de triaje.
A las cuatro de la madrugada, la doctora auscultó ambos hemitórax, confirmando una ventilación simétrica.
A las cuatro y media de la madrugada, se inyectó una ampolla de diez mililitros de gluconato de calcio al diez por ciento.
A las cinco de la mañana, los rescatadores limpiaron con palas de zapa el canal de gravilla de la galería baja.
A las cinco y media de la mañana, se envolvió al paciente con una manta térmica activa conectada a un acumulador de litio.
A las seis de la mañana, Maite verificó un gasto cardíaco continuo de cuatro litros por minuto en el monitor NICOM .
A las seis y media de la mañana, don Xabier extendió sus manos en el atrio parroquial de San Bartolomé.
A las siete de la mañana, doña Arantza y don Joseba compartieron bizcochos de soletilla con café aromático.
A las siete y media de la mañana, los rescatadores revisaron el pistón neumático del compresor torácico automático.
A las ocho de la mañana, los sanitarios comprobaron que el valor de EtCO2 se mantenía estable en treinta y dos milímetros de mercurio.
A las ocho y media de la mañana, los mecánicos verificaron la tracción nominal de cuatro mil quinientos kilos en el cabrestante.
A las nueve de la mañana, la brigada comarcal comprobó el nivel de combustible de las motobombas ligeras.
A las nueve y media de la mañana, la patrulla de apoyo compartió sardinas asadas a la brasa con pan rústico.
A las diez de la mañana, familiares de los agentes encendieron velas votivas ante la imagen de San Nicolás.
A las diez y media de la mañana, las aguas tranquilas del Nervión reflejaban las luces del puente colgante.
A las once de la mañana, don Xabier asperjó agua bendita sobre los fardos de mantas.
A las once y media de la mañana, las tabernas sirvieron raciones de morcilla tradicional a los transportistas.