La Señora de los Muertos (Serie Kat Drummond 4) 5. Guerra #2
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5. Guerra #2

Fui en moto hasta el apartamento de Colin.

Era tan liberador no tener que depender de los taxis todo el tiempo.

Toqué el timbre de su apartamento en la entrada y alguien me abrió.

El apartamento de Colin estaba en la tercera planta.

Subí las escaleras y me encontré ante su puerta.

Tenía el pecho apretado de inquietud y entusiasmo.

¿Qué iba a decir? ¿Qué iba a hacer? ¿Qué quería hacer?

Finalmente, llamé.

Pranish abrió.

—Hola, Kats. —Me dedicó una leve sonrisa, pero sus gestos mostraban que quería volver al trabajo—. Colin acaba de ir a hacer la compra. Debería volver pronto.

Entré y abracé a mi amigo a modo de saludo.

—Hoy estás muy sonriente. ¿Ha... —Una sonrisa pícara iluminó su rostro— pasado algo?

Le di un puñetazo juguetón en el hombro.

—No te importa. ¿Cómo van las cosas?

Se encogió de hombros mientras se dirigía a su portátil. —Lo de siempre.

El apartamento de Colin tenía más o menos el mismo tamaño que el mío. Un poco más grande, en realidad. Había una habitación separada para la cocina. En lugar de una zona de salón, sin embargo, tenía una pequeña mesa de comedor, actualmente adornada con dos portátiles, pergaminos, libros y papeleo.

Pranish se sentó y yo me quedé de pie. Me metí las manos en los bolsillos de los vaqueros para evitar juguetear con los dedos. Pranish no pareció darse cuenta o no le importó lo suficiente como para preguntar.

—¿Has visto a Trudie últimamente? —pregunté.

Se mordió el labio. —Un poco. En clase. El resto del tiempo está pegada por la boca a ese tío.

Fruncí el ceño. —¿Y eso cómo te hace sentir?

Doctora Drummond, terapeuta.

Pranish me miró con los ojos entrecerrados. —¿Cómo se supone que me tiene que hacer sentir? No se puede evitar.

Volvió a su trabajo.

—Se puede evitar. Solo tienes que hacer algo al respecto.

Pranish suspiró, desistió de intentar trabajar y me miró.

—¿Hacer qué, exactamente?

Me acerqué, mirándole fijamente a los ojos.

—Lucha por lo que amas, Pranish Ahuja —dije con fingida seriedad. Debía de estar de buen humor.

Antes de que pudiera responder, Colin abrió la puerta cargando con tres bolsas de la compra. Inmediatamente me olvidé de mi conversación con Pranish y corrí hacia él.

—Hola, Kat. —Colin sonrió.

Me incliné para quitarle algunas de las bolsas y me quedé allí de piedra cuando sus labios se posaron sobre los míos. Esta vez no cerré los ojos. No me hizo falta. Fue un beso rápido. No logré coger ninguna bolsa mientras él pasaba a mi lado hacia la cocina.

—Voy a ir preparando esto. Podremos comer dentro de unos años.

Pranish me miraba fijamente mientras yo me quedaba allí en silencio.

—¡Y pretendes darme consejos sobre relaciones!

Se volvió hacia su ordenador.

Recobré el sentido poco después y seguí a Colin a la cocina.

Estaba ocupado cortando zanahorias. La compra estaba dispuesta sobre la encimera.

Se había quitado la americana y llevaba una camisa blanca abotonada con las mangas remangadas.

Noté que no era precisamente corpulento.

Esbelto, pero no musculoso. Yo tenía mucha más definición, pero eso venía con el oficio.

También noté que me gustaba así.

—Bueno, ¿qué tal el trabajo? —pregunté, acercándome lentamente hacia él.

—¿El trabajo? —dijo distraídamente—. Ah, sí. Ayudé al fiscal con esto y aquello.

Hubo una pausa incómoda, solo interrumpida por el sonido del cuchillo golpeando la tabla de cortar. Tac. Tac. Tac.

Finalmente, bajé la mirada, incapaz de aguantarlo.

—Siento no haberte escrito antes.

Él me miró y sonrió levemente.

—No pasa nada, Kat. Te seré sincero, estaba un poco preocupado. Especialmente con tu trabajo y todo eso. Pero Pranish no parecía preocupado, así que supuse que estarías ocupada con lo del Señor de los Muertos.

Un momento... ¿así que no pensaba que lo estaba ignorando? Mi alivio fue palpable.

—Sí, ayer tuve una cacería bastante mala...

Inconscientemente me froté un moratón en el brazo de cuando la abominación me había golpeado.

Colin terminó las zanahorias y pasó a unos dientes de ajo. Parecía que le gustaban los ingredientes frescos en sus espaguetis. Yo cenaba fideos instantáneos, así que esto sería un manjar.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó.

—No mucho...

Mis palabras quedaron suspendidas en el aire. Él siguió trabajando mientras yo permanecía allí con torpeza, jugueteando con las manos a la espalda.

—¿Tú...?

¿Qué vas a preguntar, Kat?

—¿De verdad te gusto? —pregunté, con la voz casi quebrada. ¿Qué soy, una colegiala?

Colin se rió. No con malicia, sino de sorpresa.

—¿Eso es lo que te preocupa?

Dejó el cuchillo y se acercó a mí. Mi corazón empezó a latir deprisa. ¿Era miedo? No. Pero algo parecido.

—Me gustas de verdad, Kat —dijo con ojos sinceros mientras miraba a los míos.

Me cogió las manos y se me cortó la respiración.

—¿Eso... esto...?

¿Otra vez tartamudeando, Kat? ¿En serio?

—¿Esto... esto significa que estamos saliendo oficialmente?

Él sonrió. —Bueno, eso depende. ¿Quieres que estemos saliendo oficialmente?

—Sí —dije sin dudarlo. Eso me sorprendió, y sentí también la sorpresa de Treth, seguida de satisfacción.

Su sonrisa se transformó en una expresión radiante mientras me abrazaba, y yo le devolví el abrazo.

Sin embargo, como la ley de Murphy es una regla inamovible, mi móvil sonó y Colin me soltó.

—Espero que el trabajo no tenga que llevarte lejos ahora —dijo Colin, volviendo a la preparación de la comida—. Tienes que probar mis mundialmente famosos espaguetis a la boloñesa.

Le sonreí y luego fruncí el ceño al mirar mi teléfono. El identificador de llamadas decía: James Montague.

Mejor respondo a esto, por mucho que no quisiera.

—Aquí Drummond —contesté.

—Buen trabajo con esa abominación ayer —respondió James.

Gruñí como respuesta.

—Espero que esté descansando.

—Es difícil hacerlo, Montague.

—Bueno, intente descansar. Drake tiene una pista.

Una fortaleza. Creemos que el Señor de los Muertos podría estar escondido allí.

Vamos a hacer una redada mañana por la mañana.

La necesito equipada para las cinco de la madrugada.

Irá en punta. Mis hombres son novatos y tengo la sensación de que ningún otro cazador de la agencia va a entender lo que veamos allí tanto como usted.

—¿A las cinco? Mañana tengo clase.

—Le firmaremos un justificante —respondió él con tono monótono. Y colgó.

—¿Trabajo? —preguntó Colin. Estaba abriendo un paquete de pasta—. Espero que lo de las cinco signifique que puedes quedarte a cenar.

Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla.

—Significa que sí. Y si no fuera así, habrían tenido que buscarse a otro cazador.