La Señora de los Muertos (Serie Kat Drummond 4) 3. Logística
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3. Logística

Logística

—¿Bañadas en plata? —preguntó el armero.

Me encogí de hombros. —Claro. Ya puestos...

El viejo armero, con sus gafas puestas, consultó las notas que había estado tomando con un bolígrafo. Se ajustó las lentes y se quedó mirando sus apuntes.

—¿De 8 mm? ¿Está segura? Muy pocas armas usan ese calibre. Con 9 mm le sacaría más provecho.

Saqué de la funda a Voidshot, mi pistola mágica C96 Mauser, y la deposité sobre el mostrador del armero especializado.

Timson Adleton había sido armero antes del Cataclismo, intentando competir con el complejo militar-industrial mecanizado.

Con la llegada de las armas y municiones encantadas, había encontrado un nuevo nicho.

Ahora fabricaba munición especializada para cazadores de monstruos.

Brett me había aconsejado que fuera a verlo y, después de haber tenido que abatir a duras penas a un espectro con cubertería de plata, sentí que necesitaba mejorar un poco mi arsenal.

Timson cogió la pistola y la examinó con atención. Estaba sujeta a una cadena de plata en mi cinturón, pero tenía longitud suficiente para que pudiera verla de cerca.

—Una pieza excelente —dijo, y me la devolvió—. Cincuenta balas de 8 mm bañadas en plata, pues. Su licencia está registrada, así que no debería tardar mucho. ¿Le importa esperar unos quince minutos?

—Sin problemas. Gracias.

Usé el móvil para transferir el pago a la cuenta de Timson.

Él asintió con agradecimiento y desapareció en su taller.

Me pareció que quince minutos era un tiempo ridículamente corto, pero la hechicería había agilizado bastante el proceso de fabricación.

Con un poco de metalurgia, la vieja y buena automatización y la manipulación mágica de metales, Timson tendría mis balas listas en un periquete.

Me senté junto a una vitrina que contenía una ballesta de repetición de mano con cargador de caja.

Me quedé mirando el blasón incrustado: una BH estilizada.

No conocía el logotipo. Timson no fabricaba ballestas, así que supuse que la pieza era solo un objeto de colección utilizado para lucir sus virotes de plata, que centelleaban bajo la luz del techo.

Pude ver pequeñas costuras en las hojas de los virotes de plata.

Estaban diseñados para ser algo frágiles.

Al impactar contra el hombre lobo o el vampiro, el metal debía hacerse añicos, impidiendo que la víctima se extrajera el virote y se regenerara.

La última vez que estuve aquí solo eché un vistazo mientras Timson añadía mi licencia a su base de datos.

Aquello llevó más tiempo que los quince minutos que necesitaba ahora para fabricar las balas.

Parecía que ni siquiera la magia podía arreglar la burocracia.

Ni siquiera tendría esta licencia si no fuera por la ayuda de Brett.

Él se había encargado de casi todo el papeleo administrativo por mí.

Yo había pasado el examen de aptitud con facilidad y solo tuve que pasar un día en las lúgubres y grises oficinas del Consejo en la Ciudad Vieja.

Todo mereció la pena para que se me permitiera portar a Voidshot legalmente.

Agradecía de veras lo que Brett había hecho por mí.

Odiaba trabajar con cualquier cosa relacionada con el gobierno.

Al encargarse de la mayor parte del trabajo, Brett me había ahorrado horas preciosas lejos de funcionarios públicos sobrepagados.

Pero era más que eso. Apreciaba a Brett cada vez más a medida que lo trataba.

Al principio me pareció molesto, pero había demostrado ser capaz.

Más que eso, había demostrado ser leal, digno de confianza. Un buen amigo.

Y me da vergüenza admitirlo, alguien a quien podría considerar más que un amigo.

Pero todo aquello resultaba muy confuso. No ayudaba que a Treth no le cayera bien. Decía que era malo para mí y que acabaría haciéndome daño. Mi compañero de piso mental no dejaba de empujarme hacia Colin, algo que no me importaba. Colin era mono y maravilloso.

—¿Acabo de decir eso?

No, lo he pensado. Pero sigue siendo vergonzoso.

Me puse roja y decidí cambiar mis pensamientos a asuntos más pertinentes.

—El Señor de los Muertos —susurré.

—Sí. ¿Alguna idea de cómo vamos a empezar? —respondió Treth.

Miré hacia el taller de Timson. El leve zumbido de la maquinaria y el murmullo de la magia deberían camuflar mis susurros.

—Por ahora, tenemos que esperar a que asome la cabeza de nuevo. El suburbio es un lodazal. No sé nada de ese sitio. La policía tendrá que encontrar allí sus pistas. Parece que ya han empezado. Drake está preparando un dossier sobre las bandas que se han aliado con el Señor de los Muertos.

—¿Por qué iba alguien a servir a alguien así?

—¿Por qué hace alguien cualquier cosa? —pregunté, suspirando y cruzándome de brazos.

—Suenas como el archidemonio.

Resoplé y luego respondí: —Probablemente él tendría una buena perspectiva sobre esta situación.

Pero creo que podemos apañárnoslas solos.

Las bandas hacen lo que hacen las bandas.

Quieren riqueza e impunidad. Temen la violencia y el poder.

El Señor de los Muertos probablemente pueda ofrecerles riqueza y relativa indemnidad, mientras los asusta con demostraciones de poder.

Me gustaría ver a una banda de matones enfrentarse a ese túmulo.

Sentí la incomodidad de Treth. —A mí no.

—Probablemente no ocurra. Por lo que parece, la mayoría de las bandas del suburbio ya se han aliado con los no muertos. Eso facilita nuestro trabajo.

—No veo cómo.

—El Señor de los Muertos parece valorar su secretismo. De lo contrario, no se estaría resguardando en los suburbios. Si valora su secretismo, eso significa que tiene vulnerabilidades que necesita ocultar.

—¿Y en qué nos ayuda que las bandas estén de su lado?

—Demasiados cocineros estropean el caldo. Con tanta gente en una organización, especialmente una clandestina, alguien acabará yéndose de la lengua tarde o temprano.

—Entonces, ¿buscamos a uno de los cómplices vivos del Señor de los Muertos?

Asentí.

—¿Y luego?

—Encontramos su fortaleza. La asaltamos. Acabo con su ejército.

Vacilé y luego murmuré:

—Y luego acabo con ella.

—¿De verdad te sientes cómoda con eso?

—¿Acaso importa? Los que engendran monstruos son monstruos.

Treth asintió. Teníamos un sistema de valores similar.

Mi teléfono sonó. Through the Fire and Flames de Dragonforce . Estaba sonando cuando Brett nos recogió a Pranish y a mí para matar vampiros y salvar a Trudie. Ahora era mi tono de llamada para Brett. Respondí.

—Hola, Kats —dijo. Ya podía imaginarme su sonrisa. Se creía muy gracioso. Me gustaba que me llamara Kats, como Trudie. No me entusiasmaba que me llamara Katty. Todavía lo hacía a veces, pero cada vez menos—. ¿Qué te cuentas?

—Hola, Brett. En casa de Timson. Comprando munición.

—Guay, guay —sonaba con su habitual aire despreocupado, pero había un deje de vacilación y nervios en su voz.

Muy impropio de él. Solía ser muy seguro de sí mismo y engreído.

No es el tipo de comportamiento que esperarías de alguien que había sido un niño soldado en un escuadrón de la muerte—.

Pues... en la galería de tiro ya han arreglado las luces del techo.

Eso significa que podemos disparar de noche —dijo finalmente.

No parecía que aquello justificara los nervios. Al menos para mí.

—Genial —respondí—. Si podemos sacar tiempo. Esas suelen ser horas de trabajo.

—Había pensado que podríamos ir a pegar unos tiros esta noche. Invito yo. He recuperado mi escopeta del depósito si tienes ganas de amoratarte el hombro.

En realidad, sonaba divertido. Estaba acostumbrada a los moratones. Pero había algo...

—Oh, mierda, Brett. Sería fantástico cualquier otra noche, pero tengo un compromiso.

Hubo una pausa. —Claro, claro. Otra vez será. Sonó tranquilo, como siempre, pero había un rastro inconfundible de decepción. No pude evitar pensar: ¿le gusto a Brett?

Hablamos un poco de esto y aquello después y luego colgamos. Timson llegó con las balas y me marché.

—¿Qué íbamos a hacer esta noche, otra vez? —preguntó Treth.

—Cita con Colin.

—¿Otra más?

—Pensé que te caía bien.

—Me cae bien, pero no estoy acostumbrado a que hagas... esto.

—¿Prefieres que vayamos a disparar con Brett?

—¡No! —dijo Treth fervientemente. Detestaba disparar y a Brett. Prefería las espadas y a Colin.

—Entonces el plan sigue en pie.

Sin embargo, me hurgué inquieta en los bolsillos de los vaqueros, sin saber si había tomado la decisión correcta.

Colin me invitó a una paella de marisco en un restaurante agradable y relajado en el puerto de la Ciudad Vieja.

Normalmente me resistiría a semejante generosidad, por el honor y todo eso, pero dijo que quería celebrar haber ganado un caso importante.

¿Quién era yo para negarme a que me invitara a cenar?

Acabábamos de ver la secuela de Cry thy Pantheon , protagonizada por el mismísimo Dioniso. Colin y yo tuvimos que contener la risa ante la exagerada actuación del dios griego. Se suponía que era un drama, pero algunas cosas funcionan mejor como comedias.

Era tarde y éramos los últimos clientes del restaurante. Después de terminar de comer (que, por cierto, estaba buenísimo), Colin me llevó a casa.

Durante toda la cita, las cosas transcurrieron con normalidad.

Era sencillo pasar el rato con Colin. Despreocupado.

Sabía mantener la conversación. Hablamos de la salud mental de Pranish, del proyecto, cotilleamos sobre Andy y Trudie, hablamos de algunos de sus casos, de algunos de mis trabajos, y tuvimos un feroz y amistoso debate sobre Star Wars 16 contra 17.

Finalmente admití que la 17 era ligeramente mejor, pero solo porque dejaba de perder el tiempo con los Jedi y se centraba en lo que los espectadores realmente querían: más contrabandistas.

Sin embargo, no pude evitar sentir que debatir con Colin era un poco injusto.

Él era abogado. Yo era una cazadora de monstruos. Teníamos habilidades distintas.