La Señora de los Muertos (Serie Kat Drummond 4)
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1. Maldad
Maldad
Aquellos que intentan comprender el mal no pueden evitar volverse un poco malvados ellos mismos. Y aquellos que matan monstruos corren el riesgo de convertirse en los mismos monstruos a los que han dado muerte.
Yo intenté no comprender el mal. En mis días luchando contra monstruos y contra los humanos monstruo que los traían al mundo, solo me preocupaba su muerte.
El cese de la maldad. Pero como en cualquier guerra, la lucha contra el mal solo puede ganarse si llegas a comprenderlo. Pero, para entonces, ya has perdido.
Era un sábado por la noche y tenía que entregar un ensayo sobre la distinción de las especies de vampiros el lunes.
En lugar de trabajar, estaba pasando el rato con mis amigos en una habitación a oscuras, tenuemente iluminada por un televisor que proyectaba la película de los hermanos Coen No es país para viejos.
Su famosa ausencia de música proporcionaba un ambiente inquietante, desafortunadamente empañado por el sonido de succiones, chasquidos de labios e intercambio de saliva.
—¿No podéis buscaros un cuarto? —se quejó Treth, el apropiadamente mojigato caballero espectral que vive dentro de mi cabeza—. Estoy intentando ver la película.
No podía estar más de acuerdo. Me había acercado a la pantalla todo lo que pude sin dañarme la vista. Esto significaba que estaba sentada en la alfombra, abrazada a mis rodillas, a una distancia prudencial de mi mejor amiga, Trudie, y de mi especie de ex, que se estaban morreando en el sofá.
Coincidía con Treth. Deseaba que se buscaran un cuarto.
No sabía quién había instigado la sesión de besos improvisada, pero lo único que sabía era que me había echado del sofá al suelo, donde todavía luchaba por ver la película que estaba disfrutando...
hasta que la escena inapropiada a mi derecha atrajo mi atención indebidamente.
—¿Qué está pasando ya? ¿Ha muerto el bueno? Le han disparado, ¿verdad? — preguntó Treth, con un toque de desesperación en la voz. Él, como yo, estaba disfrutando de la película.
Puse los ojos en blanco. No podía responderle y estaba tan perdida como él. Resultaba un poco difícil prestar atención dadas las circunstancias.
Completamente perdida, desistí de la película y me levanté.
—¿Kat? —preguntó Trudie, apartando la boca de la de Andy lo justo para que mi salida resultara incómoda.
—Voy a ver qué hacen los otros —gruñí.
No me hizo ni caso. Había vuelto a su libertinaje, dejándome con una sensación de asco y un poquito de envidia.
—La estaba disfrutando —volvió a quejarse Treth mientras yo entraba en el pasillo.
—La veremos en otro momento —susurré justo antes de entrar en la cocina de Trudie, donde mi amigo Pranish y Colin, que era algo más que un amigo, estaban encorvados sobre un portátil, algunos libros de derecho y una miríada de pergaminos adornados con escritura leyemántica.
—¿Se acabó la peli? —preguntó Colin, levantando la vista. Pranish siguió tecleando, con el resplandor blanco azulado de la pantalla iluminándole la cara.
—No —dije—. La cosa se ha puesto demasiado concurrida ahí dentro.
Fue sutil, pero vi a Pranish estremecerse un poco. Siguió sin dirigirme la palabra. No le hacía falta. Sabía que estaba absorto en su trabajo. También sabía que le gustaba mucho Trudie, pero se consideraba demasiado atascado en la zona de amigos como para hacer algo al respecto.
—Es una pena —dijo Colin, frunciendo el ceño un poco en broma—. Es una película estupenda.
—¿Tanto como para volver a verla? Quizás no estaría tan concurrido ahí dentro si tuviera refuerzos.
Colin hizo un amago de ir hacia la puerta, aceptando mi invitación, cuando Pranish habló.
—Lo siento, Kat. Necesito a tu novio un poco más.
Casi me pongo roja por el título. No era mi novio. Solo salíamos mucho por ahí. Sin embargo, ninguno de los dos negó verbalmente la valoración de Pranish. Me pregunté qué significaba eso.
—¿Qué estáis haciendo exactamente? —Me acerqué al lateral de la isla de la cocina.
La pantalla estaba llena de una escritura similar a la de los pergaminos, pero con formato de código.
Había corchetes alrededor de algunas de las runas mágicas y otros símbolos matemáticos estropeando el texto, ya de por sí ininteligible.
—Lo mismo que llevo haciendo meses —masculló Pranish, sin dejar de teclear. Colin me dedicó una leve sonrisa y luego volvió a mirar la pantalla y un libro de texto jurídico más legible.
—Esta sección... —Pranish señaló la pantalla. Colin se inclinó y se ajustó las gafas. Me encantaba cuando hacía eso. Luego me recriminé a mí misma que me encantase que hiciera eso. Y luego volví a recriminarme haberme recriminado.
Mis sentimientos son un tanto complicados.
—Mmmm... podría haber un vacío legal ahí si la gente firma mediante un representante —dijo Colin, siguiendo con la lectura.
—¿Sugerencias? —preguntó Pranish, mirándolo.
—¿Aparte de prohibir a los representantes? Déjame comprobar...
Colin hojeó rápidamente uno de los libros de texto. Pranish contemplaba la pantalla.
Eché un vistazo más de cerca a la pantalla y confirmé mis sospechas. Nada de inglés. Solo escritura leyemántica. Solo sabía que era escritura leyemántica por lo mucho que la había visto cerca de Pranish y Colin. Llevaban un tiempo trabajando juntos en este pequeño proyecto.
Esbocé una leve sonrisa. Colin había sido mi abogado en un juicio por asesinato y ahora estábamos saliendo.
Más que eso, se había integrado firmemente en mi grupo de amigos.
Incluso a mis colegas cazadores de monstruos les caía bien.
Era difícil que no fuera así. Colin era un tipo agradable.
Era diplomático, empático, increíblemente servicial y muy inteligente.
Y no podía evitar pensar que era muy mono.
—No sabía que fueses leyemante —dije, impresionada.
—No lo soy —respondió él, todavía hojeando el libro y deteniéndose al llegar a su destino—. Solo sé leerla. Todavía no he sido capaz de descifrar la parte de la canalización de weylines.
—La leyemancia es un lenguaje de hechizos humano —dijo Pranish—. Mucho más fácil de entender para los que no son magos que las cosas élficas y primordiales que solemos tener que memorizar.
—Es como memorizar jurisprudencia. Y ayuda a entender las resoluciones poscataclismo. Hoy en día no se puede ejercer el derecho contractual sin esto.
Sus ojos recorrieron la página y luego señaló la pantalla y le mostró la página a Pranish .
—Un leyemante experto llamado Hanz Zechmann fue pionero en una estipulación que permite que las obligaciones de un representante se canalicen al verdadero destinatario.
—¿Requiere su nombre verdadero? No podemos esperar que la gente entregue sus nombres verdaderos.
Fruncí el ceño. Conocía demasiado bien el peligro de que la gente supiera los nombres verdaderos.
El sacerdote de mi infancia, la única persona aparte de mis padres ya fallecidos que conocía mi nombre verdadero, lo había usado para lanzarme unos asesinos demoníacos de otro mundo.
Había sobrevivido, pero no quería que se repitiera la experiencia.
—Esta es la parte genial —dijo Colin, con la emoción creciendo en su voz—. Me gustaba su pasión por su disciplina. —Solo requiere una esencia de intención que pueda detectar el consentimiento del verdadero destinatario.
—Eso es una pasada —dijo Pranish con una sonrisa radiante.
Era una vista poco común últimamente. Pranish me había ayudado a salvar a Trudie de un grupo de vampiros hacía unos meses y había quedado traumatizado por la experiencia.
Rara vez se sentía feliz ya. Lo único que lo había salvado era su proyecto.
Y tengo que decir que era un proyecto de cuidado.
No entendía la mayor parte, la magia no es mi área de especialización, pero sabía que era revolucionario.
Normalmente, la magia era el dominio de viejos grimorios, tomos, pergaminos y tablillas antiguas.
Al fin y al cabo, los componentes utilizados para transcribir el hechizo eran tan importantes como las palabras del hechizo en sí.
Los ordenadores, a pesar de ser una maravilla tecnológica, no se consideraban lo suficientemente mágicos como para albergar palabras de hechizo.
El papel impreso ni siquiera podía utilizarse para producir pergaminos sin tinta con infusión de diamantes o plata y un pergamino especial.
Esto dejaba la producción de hechizos en manos de factorías de magos, que pasaban jornadas de doce horas elaborando textos mágicos para ser canalizados por hechiceros de todo el mundo.
Requería mucha mano de obra, era costoso y hacía que los hechiceros fueran aún más arrogantes, pues su magia no requería hechizos.
Pranish era un hechicero, aunque uno débil.
Pero no le preocupaban su chispa ni su mediocre criomancia.
A mi amigo le preocupaba la invención. Las nuevas ideas que podían cambiar el mundo.
Combinando sus conocimientos de informática con sus conocimientos de hechicería, Pranish había pasado los últimos meses desarrollando una forma de transcribir texto mágico en un ordenador.
Habían sido unos meses agotadores, sin progresos reales, hasta que le presenté a Colin a Pranish.
Los dos conectaron enseguida y llevaban trabajando juntos desde entonces.
Porque, mientras que los hechizos tradicionales de hechicería, originarios de fuera de nuestro mundo, no podían digitalizarse, Colin y Pranish habían descubierto que una marca de magia muy humana podía combinarse con nuestra tecnología: la leyemancia.
Los dos trabajaban ahora día y noche para crear una versión funcional de software mágico que pudiera hacer que los contratos tradicionales fueran irrelevantes. ¡Podría hacer que los tribunales fueran irrelevantes!