Epílogo
CASS
El Ático, así llamamos a este sitio.
Cada riff. Cada breakdown. Cada discusión a gritos.
Mis dedos planean sobre el fader maestro, congelados, porque ya he intentado arreglar esta mezcla dos veces y todavía no sé si la caja de la pista siete está demasiado alta o si la he escuchado tantas veces que la frecuencia se me ha metido en el cerebro y ha solicitado residencia permanente.
Probablemente ambas cosas. Casi seguro que ambas.
—Está listo. —La voz de Joel corta mis dudas sobre la mezcla.
No me doy la vuelta, en parte porque sigo fulminando la forma de onda con la mirada como si me debiera dinero, y en parte porque que Joel diga «está listo» sin añadir inmediatamente «pero deberíamos regrabar la estrofa» es algo tan inédito que estoy esperando el siguiente golpe.
Suspiro, abriendo los ojos. —La caja de la siete...
—Está perfecta. —Cierra la cremallera de la funda—. Mírame.
Giro la silla.
Está ahí de pie, con el bajo colgado del hombro, y su cara está haciendo algo que legítimamente no le he visto hacer nunca. El surco perpetuo entre sus cejas ha desaparecido. En su lugar hay algo suave y satisfecho. Joder... ¿eso es... felicidad?
¿Habrá comido sushi en mal estado? ¿Lo han reclamado los parásitos?
—Es lo mejor que hemos hecho —dice.
Sin matices. Sin «pero si tuviéramos más tiempo» ni «la discográfica va a querer más pulido». Solo cinco palabras, pronunciadas con la sinceridad de un hombre que es físicamente incapaz de mentir porque su cara rechazaría la mentira como un trasplante de órgano incompatible.
Abro la boca.
La cierro.
La abro otra vez.
—Y que conste —añade Joel, tocándose el lateral de la nariz—. Me equivocaba con el equipo. Sea lo que sea el vudú que le hizo tu novio a ese amplificador... ahora encaja perfectamente en la mezcla. Tiene la mugre, pero nada de la basura. No sé cómo lo hizo.
—Ingeniería —digo con una sonrisa de suficiencia—. Es como la magia, pero con más matemáticas.
—Pues recuérdame invitarle una cerveza al friki.
Durante tres años, Joel Mendez ha sido mi contrapunto musical. El pragmático frente a mi purismo. El tío que quería que «evolucionáramos nuestro sonido» mientras yo me aferraba a cada borde sucio y sin pulir. Y ahora está aquí diciéndome que yo tenía razón.
—No te me pongas blando, Mendez. Parte de mi mejor rabia funciona gracias a las discusiones contigo.
—Ni en sueños. —Pero está sonriendo. De verdad sonriendo—. Milo espera en la furgoneta. Vamos a por cervezas, si quieres...
—Estoy bien. —Hago un gesto vago hacia la mesa de mezclas—. Quiero hacer otra pasada más.
Asiente, golpea el marco de la puerta dos veces con los nudillos. —Nos vemos en el montaje mañana.
Y se va, sus pasos desvaneciéndose por el pasillo, y me quedo sentada en el resplandor de mi pequeño reino de leds. Giro la silla en un círculo lento, dejando que mi mirada recorra la sala que, aparte de comer y dormir y dar bolos, ha sido nuestro hogar durante meses.
Con las palabras de Joel aún en la cabeza, me levanto de la silla y cruzo hasta el amplificador vintage de la esquina, el que arregló Ben.
Y, por primera vez, me permito simplemente estar orgullosa.
He pasado tanto tiempo preparándome para el momento en que la discográfica cambie de opinión, o Ben se despierte y decida que quiere algo más fácil.
Pero no es eso lo que ha pasado, ¿verdad?
Han pasado tres meses desde la Batalla de Bandas. Desde la lluvia y el callejón y el baño, y dos meses desde que el productor de Iron City Records se sentó con nosotros en un bar, me puso un contrato delante y dijo las palabras que llevo alucinando desde que tenía quince años.
«Queremos ficharos».
Dos meses desde el inicio de esa colaboración, con gente que de verdad entiende lo que hacemos. Dos meses desde que recibimos el adelanto que fue suficiente para pagar mis préstamos de estudios y ponerle una transmisión nueva a la furgoneta de gira.
Dos meses desde que dejé la carrera en PBU.
Dos meses desde que le dije al doctor Atwood que era un gilipollas pretencioso.
Dos meses desde que les hice una peineta a mis compañeros de clase.
Y a lo largo de todo ese tiempo... Ben.
Dios, los momentos robados. Sándwiches de queso a la plancha a medianoche en su residencia.
Yo ayudándole con sesiones de estudio que degeneran en sesiones de besos.
La forma en que todavía se sonroja cuando lo pillo mirándome.
El hecho de que se autoproclamó nuestro ingeniero de sonido para que pasemos más tiempo juntos.
Se oye un ruido detrás de mí, y sé al instante quién es.
—Se suponía que estabas estudiando, Sasquatch —digo.
Unas manos cálidas aterrizan en mis hombros, y todos los músculos que llevo apretando las últimas seis horas se sueltan de golpe.
Gimo mientras sus pulgares encuentran los nudos en la base de mi cuello, aflojando el músculo, presionando justo lo suficiente para que duela de la forma que significa que está funcionando.
—Estaba estudiando. —La voz de Ben es grave, cerca de mi oído—. Te echaba de menos...
—Nada de travesuras —susurro—. La caja de la pista siete...
—Está perfecta. —Sus labios rozan el borde de mi oreja—. Ya te lo dije.
Giro la silla para mirarlo de frente.
Dios.
El chico que tartamudeaba durante la negociación de nuestra primera cita falsa ha desaparecido. En su lugar está esto. Ben Kellerman, increíble, de pie en mi estudio con una camiseta de Pinebox. Y lo mejor es que ya no es un visitante aquí.
Es infraestructura.
Es mío.
—Estoy trabajando —digo—. Y se supone que deberías estar memorizando... ¿qué toca hoy? ¿Transformadas de Laplace?
Sonríe, acercándose hasta que mis rodillas quedan entre sus muslos. —Ya voy por representación en espacio de estados. Mucho más sexy.
—Eres un friki.
Se ríe, con las manos todavía en mis hombros. —¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no saliera de una máquina expendedora?
—Define «comer».
—Cass.
—Hubo M&M's de cacahuete de por medio. Eso es proteína. Legumbres.
Niega con la cabeza, pero está sonriendo. —Vas a matarte trabajando. —Desliza el pulgar por la línea de tensión de mi cuello, y chispas me recorren los brazos—. La mezcla está lista. Joel lo dijo. Milo lo dijo. Yo lo dije hace tres días.
—Una pasada más...
—Es lo que has dicho las últimas cuatro veces. —Su pulgar traza un círculo lento en la base de mi cráneo, y mis párpados aletean—. Estás alargándolo. ¿Por qué?
La pregunta me pilla desprevenida, aunque la respuesta está clara. Es porque en cuanto le dé al último guardar, es real. Porque en cuanto enviemos las másteres, ya no puedo esconderme detrás de «todavía estoy trabajando en ello». Porque el puto mundo entero va a oír cómo sueno de verdad.
¿Y qué? ¿Se darán cuenta de que eres un fraude?
—Eh. —Las manos de Ben me enmarcan la cara, levántandola, sacándome de la espiral en la que mi viejo miedo amenaza con lanzarme—. ¿Dónde te has ido?
—A ningún sitio —murmuro, pero no se lo traga. Sigue masajeándome, sigue mirándome, dejando espacio para que yo —la de verdad— lo llene—. Tengo miedo de que no dure. Todo esto. La discográfica. La banda. Tú. No dejo de esperar la parte en la que se desmorona.
Su expresión cambia, volviéndose suave y feroz al mismo tiempo.
—Escúchame. —Se agacha hasta que estamos a la misma altura, sus manos deslizándose de mi cara para agarrarme las muñecas—. Esto no es un préstamo que te van a reclamar. Tú construiste esto: cada canción, cada sonido, cada maldita frecuencia de caja con la que llevas obsesionándote.
—Ya lo sé, pero...
—Nada de peros. —Su agarre se aprieta—. Deja de esperar el golpe.
—Tú no me mandas —digo, con sonrisa socarrona.
—No, pero he aprendido que para lograr que dejes de preocuparte... —sus manos se deslizan de mis muñecas a mis muslos— ...necesito darte algo mejor que hacer.
Las palabras aterrizan con una intención tan concreta que levanto una ceja. —¿Ah, sí? —digo, sin aliento.
Mantiene mi mirada y se deja caer con suavidad frente a mi silla, acomodándose entre mis rodillas como si perteneciera ahí. —Creo —dice despacio— que puede haber un problema de cableado debajo de este escritorio que requiere atención inmediata.
—Problema de cableado.
—Control de calidad. —Sus manos se deslizan de mis muslos a mis caderas, enganchando los dedos en las trabillas del pantalón—. Muy importante.
—No tienes remedio.
—Soy minucioso.
—Estoy trabajando —digo, pero me sale con voz entrecortada.
—Ajá. —Tira de mis vaqueros hacia abajo por las caderas—. No hace falta que pares.
Mis muslos se tensan.
Madre mía, este hombre.
Engancha los dedos en mi ropa interior y la baja con una lentitud tortuosa. El aire fresco contra mi piel expuesta, y siento un escalofrío obsceno al estar desnuda de cintura para abajo en mi propio estudio mientras Ben me abre los muslos y su lengua encuentra mi clítoris.
Joder.
Agarro el borde de la consola con tanta fuerza que el metal se me clava en las palmas: calor húmedo y presión y el roce áspero de su barba incipiente contra la cara interna de mis muslos, todo conspirando para borrar cada pensamiento excepto más y por favor y ni se te ocurra parar.
—Dale al play de toda la pista —murmura, y noto que está sonriendo.
—Te odio. —Medio río, medio gimo, mientras pulso play.
—No, no me odias. —Otra pasada larga y lenta de su lengua—. Me quieres.
No es una pregunta.
Pero es verdad. En algún punto entre las citas falsas y los desastres reales y el momento en que me presentó mi propio amplificador, libre de fantasmas y vibrando con señal limpia, me enamoré tan completamente de este hombre que el impacto todavía me resuena en los huesos.
Me ha aprendido con la misma precisión obsesiva que aplica a los diagramas de circuitos, y sabe exactamente dónde aplicar presión, cuándo ser suave y cuándo ser implacable. Y, cuando desliza un dedo dentro de mí, la facilidad con la que entra me dice exactamente lo mojada que ya estoy.
Mi voz grabada flota desde los monitores detrás de mí —el puente acercándose, las guitarras creciendo— y hay algo surrealista en ello, mi voz cantando mientras mi cuerpo tiembla. Y, cuando la problemática caja entra en la canción, él añade un segundo dedo.
—Ben... voy a...
—Lo sé. —No para—. Suéltate.
Suéltate.
Durante veintiún años, me he aguantado. He mantenido mi terreno.
He mantenido mi armadura unida a pura fuerza de voluntad porque soltarme significaba confiar, y confiar significaba que te hicieran daño.
Pero él no me está pidiendo que deje de ser todo eso.
Me está pidiendo que confíe en que seguirá aquí.
El orgasmo llega justo cuando entramos a todo pulmón en el estribillo.
Todos los músculos se me ponen rígidos. La consola gime bajo mi agarre. Mis muslos se cierran alrededor de su cabeza mientras me rompo contra su boca, la sensación tan intensa que por un momento olvido dónde estoy —olvido todo excepto la sensación y mi propia voz grabada destrozando el estribillo.
Me guía a través de ello, su lengua y sus dedos completamente implacables, hasta que estoy jadeando y empujándole los hombros porque es demasiado. Entonces se suaviza, bajando el ritmo, presionando besos suaves en la cara interna de mis muslos mientras las réplicas me recorren.
—Tu frecuencia de caja está bien —dice, presionando un beso tierno en mi estómago antes de levantarse.
Lo miro fijamente mientras admito a regañadientes que la canción está lista. —Ahora mismo estás muy orgulloso de ti mismo —digo.
—Un poco. —Se inclina sobre mí, una mano apoyada en el respaldo de la silla, y me besa—. Pero sobre todo estoy orgulloso de ti.
—¿De qué? ¿De quedarme quieta?
—De todo. —Sus ojos son suaves—. De la discográfica. Del EP. De no incendiar el despacho del doctor Atwood, aunque tenías un plan.
—Líquido de mechero... una lista de reproducción muy específica... —Sonrío—. Todo listo, lo que habría acabado en condena de prisión.
—Lo sé. —Me recoge un mechón de pelo húmedo de sudor detrás de la oreja—. Pero encontraste un mejor uso para tu tiempo.
No sé qué decir. Así que me incorporo y lo beso de nuevo, más despacio, intentando volcar en ello todo lo que no sé articular.
Gracias por verme. Gracias por quedarte. Gracias por quererme.
Se estira por encima de mí y pulsa el botón de guardar en la consola. —Listo —dice—. Ahora está oficialmente terminado.
Me río. —Eres una amenaza.
Me pone de pie y sus brazos me rodean la cintura. —Venga. Te invito a comida horrible de cafetería de carretera.
—Es una cita.