Agradecimientos
Hay personas que agradecen haber llegado hasta aquí.
Yo prefiero agradecer que nadie haya mirado demasiado de cerca.
Gracias a quienes saben que una historia nunca empieza cuando aparece el cadáver, sino mucho antes: en una amenaza pronunciada con calma, en una puerta que no se cierra, en una frase repetida hasta que deja de parecer una mentira.
Gracias también a quienes entienden que la memoria no es una cámara. La memoria corta, corrige, desplaza. A veces protege. A veces acusa. Y otras veces hace lo que puede para que podamos levantarnos por la mañana y seguir fingiendo que somos la misma persona que se acostó la noche anterior.
A quienes me acompañaron por esta escalera, peldaño a peldaño, incluso cuando ya sospechaban que no convenía darme la espalda: gracias.
A quienes dudaron de mí, también. La duda es una forma de atención. Y en esta historia, prestar atención era lo único que podía salvarlos.
O condenarlos.
Por último, gracias a quienes alguna vez contaron un recuerdo y descubrieron que, al repetirlo, algo había cambiado. Una palabra. Un gesto. Una caída.
No se preocupen.
A la tercera vez, casi todas las historias salen bien.