Capítulo 34 · Día ciento veintisiete #3
—Papá tuvo un accidente en casa —dije—. Llevaba una cosa pesada, perdió el equilibrio y cayó por la escalera.
Yo intenté acercarme. Todo ocurrió muy rápido.
Después vinieron médicos, policías y muchas personas que hicieron preguntas.
Nada de lo que tú dijeras causó lo que pasó ni decidió dónde estaba yo.
Lía miraba las cartas.
—Fueron dos veces.
Marta intervino:
—No necesitamos discutir eso.
—No lo discuto —dije—. En una escalera con un descansillo, una misma caída puede detenerse y continuar. Puede sonar como dos.
Mi hija levantó los ojos.
—Papá habló.
—Estaba herido.
—Te pidió la mano.
No respondí inmediatamente.
—No lo recuerdo así.
Era una frase permitida.
No la corregía.
Solo colocaba mi memoria junto a la suya.
—Yo sí —dijo.
—Está bien.
La visita terminó.
No intenté convencerla.
Todavía.
La segunda vez fue tres semanas después.
Ya no había espejo visible, aunque sabía que existía una cámara. Lía me permitió abrazarla al entrar y me pidió que le enseñara otra vez las fotografías del piso.
—¿Puedo pintar la pared? —preguntó.
—Del color que quieras.
—Negro.
—Tu tía me matará.
Lía se rio.
Fue la primera vez.
A mitad de la visita, sacó un dibujo.
La casa.
La escalera.
Damián abajo.
Yo arriba.
La figura de su padre no tenía brazos.
—¿Por qué no tiene manos? —pregunté.
—No sé.
—Puedes ponerlas.
—No quiero.
—Está bien.
—¿Papá llevaba la casa pequeña?
La pregunta no estaba prohibida si la iniciaba ella.
Yo debía responder sin detalles.
—Sí.
—Antes dijiste que no sabías.
—Ahora sabemos algunas cosas que antes no.
—¿Entonces se cayó por eso?
—El objeto pesaba mucho. Estaba herido y la barandilla se movía.
—Dos veces.
No dije que no.
Cogí una carta y la coloqué sobre otra.
—Cuando algo cae por una escalera con un descanso, puede golpear aquí y después seguir. Sigue siendo una caída.
—Pero paró.
—Un momento.
—Y habló.
—Sí.
—Entonces son dos.
—Puede sentirse así.
Marta anotó algo.
No necesitaba verla para saberlo.
—¿Tú estabas conmigo? —preguntó Lía.
—Estaba cuidándote.
—No es lo mismo.
—No.
La palabra la sorprendió.
Había dejado de corregirla.
—Fui hacia la escalera porque escuché a papá —continué—. Después volví contigo.
—Antes de que cayera otra vez.
—Todo pasó muy deprisa.
—Yo lo escuché.
—Lo sé.
—La tía dice que no tengo que acordarme bien.
—La tía quiere que no tengas miedo de equivocarte.
—¿Tú?
—Yo quiero que sepas que no tienes que elegir entre tu recuerdo y yo.
Lía apoyó la cabeza en mi brazo.
—Si digo dos, ¿vienes igual?
—Sí.
—¿Y si digo una?
—También.
—Entonces da igual.
—Para nosotras, sí.
La frase era cierta solo de una forma.
La tercera vez ya estábamos solas.
No completamente.
Una educadora esperaba en la sala contigua, pero la puerta permanecía abierta y no había cámaras dentro de la habitación. El juzgado había autorizado una tarde en mi piso antes de ampliar las visitas.
Lía entró con el conejo antiguo y una mochila pequeña.
Recorrió todas las habitaciones.
Probó la cama.
Abrió los armarios.
Contó los platos de la cocina.
—Solo hay dos.
—Compraremos más.
—¿Por qué?
—Por si viene alguien.
—¿Quién?
—La tía. Una amiga. Quien tú quieras.
—Papá no.
No respondí.
Se sentó en el suelo de su habitación.
La pared seguía blanca.
—No quiero negro —dijo.
—Me alegro.
—Quiero azul.
—Podemos pintarla.
—¿Tú sabes?
—Aprenderé.
Sacó de la mochila una casa de juguete. No era igual al premio, pero tenía tejado y ventanas.
La colocó sobre la alfombra.
—La psicóloga dice que puedo preguntar.
—Claro.
—¿Papá se cayó porque llevaba una casa?
—Ayudó.
—¿Y tú lo tocaste?
La pregunta llegó sin miedo.
Habían tardado meses en enseñarle a decirla.
Yo había tardado más en preparar la respuesta.
—Intenté apartarme cuando me agarró.
—¿Lo empujaste?
—No para que cayera.
No era una negación.
Era mejor.
—¿Entonces fue por tu culpa?
—No.
—¿Por la escalera?
—Por muchas cosas. Estaba herido. Había bebido. Había tomado una medicina. La barandilla estaba rota. Llevaba un objeto pesado y perdió el equilibrio.
—¿Dos veces?
Cogí la casa de juguete.
La coloqué en la parte superior de una pila de libros.
La dejé bajar.
Golpeó el primer libro.
Se detuvo un instante.
Después cayó al suelo.
Dos sonidos.
—¿Cuántas veces ha caído? —pregunté.
Lía pensó.
—Una.
—Pero sonó dos.
—Porque chocó.
—Eso ocurrió con papá. La escalera tenía una parte en medio. Cayó, se detuvo y después continuó.
—Pero habló.
—A veces una persona puede moverse o hablar durante una caída larga. No significa que empezara otra.
Lía recogió la casa.
Repitió el movimiento.
Primer golpe.
Pausa.
Suelo.
—Una —dijo.
No sonreí.
La abracé.
No demasiado fuerte.
—Una —repetí.
La educadora apareció en la puerta.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Lía—. Mamá me estaba explicando la escalera.
La mujer me miró.
No debía haberlo hecho.
Todavía existían límites.
—Solo con un juguete —dije—. Ella preguntó.
La educadora se acercó.
—No necesitamos decidir ahora cuántas veces ocurrió nada.
—Ya lo sé —dijo Lía.
Sostuvo la casa entre las manos.
—Fue una caída, pero hizo dos ruidos.
La mujer anotó algo en la libreta.
Yo no corregí una sola palabra.
Aquella noche, después de que Nuria viniera a buscarla, ordené la habitación. Dejé la casa de juguete sobre la estantería y coloqué el conejo nuevo dentro de un cajón.
No lo necesitaríamos.
La siguiente visita sería de seis horas.
Después llegaría una noche.
Luego un fin de semana.
El juzgado no devolvía una hija de una sola vez. La entregaba por tramos, como si temiera que también pudiera caer.
Yo podía esperar.
Había esperado noventa y cuatro segundos con Damián en el suelo.
Podía esperar meses para recuperar lo único que había querido conservar.
Leire pensaba que una niña era la última prueba.
Se equivocaba.
Una prueba existe para demostrar algo que ya ocurrió.
Lía era el futuro.
Y el futuro no necesita recordar correctamente.
Solo necesita una historia en la que pueda seguir viviendo.
A la tercera vez que se lo conté, Lía dejó de decir que su padre se había caído dos veces.