Capítulo veintidós
Finca Altamira,
Caracas, Venezuela
Desde la ventana del segundo piso de la suite principal, Robin contemplaba el valle donde se extendía Caracas y observaba cómo la sombra de la noche se retiraba lentamente, como una cortina que se descorría sobre la ciudad.
Aunque era tan tedioso como ver crecer la hierba, podía detectar el cambio casi imperceptible si se concentraba en un punto de referencia el tiempo suficiente.
No le preocupaba especialmente perder el tiempo, porque podía oír la respiración suave y acompasada de Natalia a su espalda, en su cama.
De vez en cuando se volvía a contemplarla un momento, sin terminar de creer que una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida —por no hablar de con las que se había acostado— estuviera realmente envuelta en sus sábanas de satén, perdida en sus sueños.
Su rostro relajado y la forma en que su cabello se derramaba sobre la almohada bajo la tenue luz del amanecer tenían un aire etéreo, como si fuera la obra maestra de un pintor barroco español. ¿Cómo había tenido tanta suerte?
Al recordar cuando intentó arrebatarles el control de Guyton Industries a sus hermanos, no podía evitar preguntarse cómo el destino le había repartido una mano mucho mejor de la que merecía.
Las leyes del karma dictaban que sus acciones debían pagarse con giros del destino igualmente funestos, en lugar de la dicha incomparable que lo había invadido por completo.
Incluso su padre había insinuado el cambio que veía en él y había mencionado, durante un tranquilo paseo por el jardín de Stone Mountain, que parecía un hombre verdaderamente transformado.
Había ido mucho más allá de pedir perdón e incluso había intentado enmendar las cosas, lo que, en la forma de pensar de John Guyton, era señal inequívoca de verdadero arrepentimiento.
Su familia —incluso Aurora— había aceptado a Natalia con los brazos abiertos y disfrutaba viendo lo bien que le sentaba.
Aun así, Aurora todavía lo mantenía a cierta distancia, sin confiar del todo en él.
Rebecca no se había mostrado tan receptiva, y él creía entender por qué.
Rebecca había intentado seducirlo en varias ocasiones, tratando de hacer precisamente lo que él había acusado a Aurora de hacer.
Aunque Rebecca era una dama sureña sumamente atractiva, inteligente y encantadora, con conexiones sociales muy por encima de las de Aurora, él la había rechazado, convencido de que liarse con una empleada no podía acabar bien.
Cuando la contrató como asistente, lo había hecho por sus méritos, no por ninguna atracción que sintiera hacia ella.
Pero sus intenciones habían sido malinterpretadas, y había tenido que ser bastante directo para frenar sus avances.
Sonrió al pensar en cuánto debía de haber disfrutado cotilleando sobre él y Natalia.
Sin duda, como solían hacer las mujeres sureñas, había inventado un sinfín de detalles jugosos que difamaban por completo a su belleza de ojos oscuros.
En el pasado se habría defendido, incluso habría contraatacado, pero se encontraba en un estado de dicha tal que le traía sin cuidado.
La sombra se había retirado bastante más durante el tiempo que pasó reflexionando sobre el destino y contemplando desde su ventana.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la sensación de los pechos llenos y desnudos de Natalia apretándose contra su espalda mientras ella lo rodeaba con los brazos.
—Buenos días, mi amor —susurró ella.
—Buenos días, hermosita —respondió él. Su español no había mejorado mucho, pero había varias palabras que ya manejaba con soltura.
—¿Vas a desperdiciar una mañana tan hermosa quedándote aquí mirando por la ventana? —El inglés con acento de Natalia había mejorado muchísimo, pero su forma de hablar aún le provocaba un escalofrío cada vez que la oía.
—¿Se te ocurre algo mejor que debería estar haciendo? —Se dio la vuelta y le sonrió, sabiendo al instante lo que tramaba en cuanto vio el brillo travieso de sus ojos.
—Ya casi es hora de desayunar —ronroneó ella.
—¿Me estás diciendo que tienes hambre? —replicó él, igualando su tono.
—Quizás —Sus manos ya lo acariciaban por encima de los bóxers.
—¿Y qué debería haber en el menú?
—Yo podría disfrutar de una salchicha, o tú de un poco de tocino —Sus manos no dejaron de acariciarlo, y él notó cómo la presión crecía dentro de los bóxers.
Al principio no había entendido la connotación de salchicha y tocino hasta que se lo explicaron.
Los sudamericanos tenían dos palabras distintas para los perritos calientes, según el ingrediente.
Un «perro» llevaba chorizo y una «perra» llevaba tocino.
Las formas masculina y femenina habían adquirido una connotación sexual referida al sexo oral.
—¡Tocino para mí! —gritó de pronto, haciéndola chillar mientras la levantaba en brazos y la llevaba a la cama.
La tumbó de espaldas sobre la cama, se colocó entre sus muslos al instante y comenzó a recorrer con la lengua, en largas y lentas pasadas, los labios hinchados de su coño.
—Ay, papi, sí —gimió ella.
La respuesta solo lo animó más. El calor y la humedad se acumulaban rápidamente mientras él le provocaba los labios, mordiéndolos con suavidad.
Cuando ella comenzó a retorcerse, subió hasta que la lengua encontró el clítoris y empezó a trazar pequeños círculos a su alrededor.
Ella alzó las caderas y le apretó el pubis contra la boca, deleitándose con la sensación deliciosa de lo que él le hacía, ansiosa por hundirle más el botón entre los labios.
Él lo succionó y siguió lamiéndolo mientras la oía soltar un gemido largo y gutural, con el cuerpo estremecido.
Aunque Natalia solía preferir lo lento y suave, algo había pasado esa mañana que la había puesto de humor para ponerse bruta. Deslizando la mano entre los muslos de él, lo agarró por el pelo de la nuca y tiró de él hacia arriba, hundiéndole la cara entre los pechos.
Con aquellos pezones grandes y erectos en la cara, Robin no pudo evitar llevarse cada uno a la boca, succionándolos como un moribundo al que le hubieran dado una pajita para beber de un manantial.
—Muérdeme —siseó ella.
Robin le mordisqueó un poco el pezón, pero no quería hacerle daño.
—He dicho que me muerdas. Por favor, papi, muérdeme más fuerte.
Nunca entendería por qué una mujer querría que le mordieran una zona tan sensible, pero hizo lo que le pedía y le clavó los dientes con fuerza en el pezón hinchado.
—Oh, sí, papi, sí. Aaaaayyy, qué rico. Más, más, más, porfa.
No estaba seguro de si una mujer podía correrse solo porque le mordieran los pezones, pero Natalia parecía experimentar un placer tan intenso que soltó el primero y atrapó el segundo entre los dientes con entusiasmo.
—Ooooh, aaayyy —chilló—. Así, así.
Robin no sabía si ella simplemente olvidaba el inglés por completo cuando estaba en éxtasis o qué, pero le encantaba oírla hablar en español cuando hacían el amor; lo volvía aún más loco de deseo.
Con la erección pugnando contra los bóxers de algodón, bajó la mano para deslizárselos por las caderas sin dejar de hacerla gritar. Una vez liberado el miembro hinchado, se colocó entre sus muslos y se hundió profundamente en ella.
Gimieron a la vez cuando se unieron. Daba igual cuántas veces hubieran hecho el amor antes: la sensación de ese primer instante siempre los dejaba sin aliento, extasiados.
Ella lo había llevado casi al frenesí con su forma agresiva de hacer el amor, y Robin comenzó a embestirla con fuerza. La intensidad fue tal que en cuestión de segundos ambos alcanzaron el orgasmo juntos, despertando a toda la casa con sus gritos de placer.
Los momentos siguientes, mientras recuperaban el aliento, los dedicaron a besos profundos y caricias, hasta que Natalia recostó la cabeza con una sonrisa de satisfacción.
Robin simplemente no podía quitarle las manos de encima. Aunque la urgencia había menguado, el anhelo más profundo de conectar con ella aún persistía, y su mano continuó acariciando las suaves líneas de su cuerpo mientras se apoyaba sobre el codo y contemplaba su belleza de la cabeza a los pies.
En poco tiempo, la adoración de aquellas deliciosas curvas, la visión y el tacto de sus pezones color chocolate que se endurecían, y la sensación de su coño húmedo bajo el montículo abultado y depilado volvieron a excitarlo.
Cuando Natalia advirtió su nuevo deseo, lo tumbó boca arriba y comenzó una danza lenta y sensual sobre su miembro hinchado.
El desayuno se había enfriado y hubo que recalentarlo cuando los dos amantes por fin dejaron de darse placer y bajaron al comedor.
—¿Pido el coche, señor? —preguntó uno de sus asistentes.
—No —dijo, y alargó la mano para tomar la de Natalia—. Creo que hoy me quedo en casa.