Capítulo Quince #4
Cuando intentó convencer a Will de que Aurora no era para él y de que podía aspirar a algo mejor, su hermano lo rechazó de plano.
Como los argumentos no surtieron efecto, intentó recurrir a su padre, John Guyton, quien había contratado a Aurora Aldridge como asistente personal y confiaba plenamente en ella desde el principio.
Cuando ese intento también fracasó, recurrió a medios más siniestros para deshacer lo que consideraba un terrible error de su hermano.
Robin había intentado poner a Will en contra de Aurora contratando a un investigador privado para sacarle los trapos sucios y exponerla ante su hermano.
Al no encontrar nada comprometedor, buscó a un indeseable en Guyton Industries dispuesto a hacer lo que le ordenara y le pagó una suma considerable para que inventara cosas sobre ella y se las presentara a Will.
A pesar de sus esfuerzos, Will había calado sus intenciones y no se había creído nada ni por un instante.
Fue la fe inquebrantable que Will tenía en Aurora lo que finalmente empezó a hacerle comprender que su hermano había descubierto algo especial.
A partir de ese momento, comenzó a verlos con otros ojos.
Se movían como uno solo, pensaban igual, anticipaban lo que el otro iba a hacer y, de muchas maneras, se complementaban mutuamente en sus debilidades y carencias.
Aunque no terminaba de entender lo que estaba pasando, sabía que quería lo mismo.
Pero ¿cómo iba a encontrar algo así estando exiliado en Venezuela?
Mientras el coche aminoraba la marcha en la Avenida Boyacá —llamada así por el lugar de la batalla final que selló la independencia de Colombia, Ecuador y Venezuela—, giró a la derecha hacia una calle estrecha que llevaba al sector de Altamira, en el municipio El Chacao de Caracas, donde vivía todo el que era alguien.
Aunque había contemplado el paisaje que se extendía ante él sin verlo realmente, al doblar la esquina y acelerar, vio algo que lo arrancó de la bruma que lo envolvía como una manta espesa desde que salió de Stone Mountain.
Su silueta curvilínea y voluptuosa tenía proporciones perfectas, y el largo cabello negro que le caía en cascada por la espalda brillaba bajo el sol de la tarde.
Era sin duda una mujer deslumbrante capaz de volver loco de deseo a cualquier hombre.
Pero lo que más lo perturbó fue el momento en que ella se volvió y lo miró fijamente.
Durante un breve instante, se preguntó si las ventanillas del coche estarían tintadas, porque aquellos ojos oscuros miraron directamente a los suyos.
Solo podía describirlo como un desafío y, sin embargo, en esos ojos también había una suavidad y una profundidad que lo cautivaron.
Aunque la mirada solo duró un instante, su efecto perduró.
Incluso cuando el coche entró en la finca de los Guyton en Altamira y se detuvo a esperar que se abriera el portón, Robin no se dio cuenta de nada.
De hecho, no fue hasta que un empleado de la casa le abrió la puerta y le dio la bienvenida cuando salió del hechizo que lo tenía atrapado.
Durante los días siguientes, aquellos ojos hechizantes siguieron persiguiéndolo.
En sus trayectos entre la finca y las oficinas de Guyton Industries, al otro lado del estrecho valle, no lejos de la Embajada de Estados Unidos, los buscaba sin cesar, hasta el punto de obsesionarse.
Los vislumbró en varios rostros, pero ninguno lo dejaba satisfecho.
¿Qué había en lo profundo de aquella mirada?
¿Qué se escondía tras esos ojos oscuros y penetrantes que parecían leerle el alma, incluso a través de las ventanillas tintadas?
Con la respuesta siempre fuera de su alcance, la desesperación se apoderaba de él.
Hizo algo que jamás admitiría ante nadie mientras viviera.
Después de haber despreciado a Aurora por considerarla de clase inferior a la de Will, si alguien se enteraba de que había buscado a una mujer que vio en la calle y luego había contactado con una agencia matrimonial venezolana, no se lo perdonarían jamás.
Era un secreto que tendría que llevarse a la tumba.
Una vez que contactó con la agencia, lo invitaron a hacerse unas fotos y a grabar una entrevista en vídeo.
La agencia le garantizó absoluto secreto y máxima discreción, y acordó mostrar sus fotos y vídeo únicamente a las mujeres que él seleccionara.
Con esa garantía, comenzó a revisar fotografías hasta que vio unos ojos tan parecidos a los que lo perseguían que habría jurado que era la misma mujer.
—Esta —susurró, pasándole la foto a Vanessa, la mujer que lo atendía.
—Natalia Arboleda —sonrió ella—. Señor Guyton, es una elección excelente. Según mi experiencia, creo que además sería una pareja perfecta. ¿Le gustaría seleccionar algunas más, por si Natalia no estuviera interesada?
—No —respondió él—. Es ella.
—Muy bien. Organizaremos un encuentro. Contactaremos con Natalia y le daremos la oportunidad de ver sus fotos y vídeos. Si ella también está interesada en usted, le ofreceremos varios horarios y lugares para reunirse en uno de nuestros locales seguros. Es por la protección de ambos, ¿comprende?
—Lo entiendo —respondió Robin—, y se lo agradezco enormemente.
—Muy bien —respondió Vanessa.
—¿Puedo hacerle otra pregunta?
—Por supuesto, señor Guyton.
—¿Qué significa exactamente «inglés intermedio»?
—Significa que puede conversar bien sobre algunos temas, principalmente los de la vida cotidiana, preferencias, intereses generales, cosas así.
Sin embargo, hablará con un acento bastante marcado y de vez en cuando cometerá errores gramaticales o de vocabulario.
Podría haber ocasiones en las que les cueste comunicarse en inglés.
—Entonces, básicamente, su inglés es un poco mejor que mi español, pero no perfecto.
—¡Exactamente! —Vanessa rio suavemente—.
Sin embargo, lo que hemos observado es que quienes encuentran pareja, aunque no dominen el idioma del otro, acaban encontrando la manera de comunicarse en uno o ambos idiomas hasta el punto de que deja de importar.
De hecho, yo diría que esa podría ser la primera señal de lo bien que congenian.
—Gracias por todo —dijo Robin, poniéndose de pie para marcharse—. ¿Necesita algo más de mí? ¿Una muestra de sangre, un mechón de pelo o algo así?
—Nada más, Sr. Guyton; solo espere nuestra llamada.
—Gracias.
—A la orden —respondió ella, y luego le guiñó un ojo—. Un placer.