La secretaria del multimillonario Capítulo Once
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Capítulo Once

Sentada frente a Will en la mesa del comedor, Aurora no encontraba cómo sacar el tema de las fotografías.

Will se había esmerado en contratar a un chef privado y personal de servicio para preparar y servir una cena fantástica, que apenas iba por el tercero de cinco platos mientras ella luchaba consigo misma.

No encontraba el valor para sacarlo a colación ni tenía corazón para estropear la experiencia increíble que él había planeado para los dos.

Así que decidió esperar el momento adecuado.

Le costó todo lo que tenía mantener la compostura.

Se sentó de lado en la silla del comedor y cruzó las piernas, subiendo la falda del vestido negro ajustado y sexy que llevaba.

La visión de sus largas piernas enfundadas en sensuales medias negras de nailon mantenía una sonrisa permanente en el rostro de Will Guyton.

Le sonrió seductoramente y mantuvo toda la conversación trivial que pudo, salpicando la charla con pequeñas insinuaciones sobre su encuentro de la noche anterior y lo que podría venir después de la cena.

Para cuando sirvieron el postre, él prácticamente jadeaba de anticipación y ella sabía que lo tenía justo donde quería.

Después de la cena, cuando el personal se había marchado, ella permaneció deliberadamente sentada a la mesa.

Retirarse a la sala de estar o subir las escaleras solo haría que Will pensara que la velada estaba tomando un giro íntimo, y eso no era lo que tenía planeado en ese momento; al menos, no hasta haberle presentado sus hallazgos y escuchado lo que tuviera que decir en su defensa.

Cuando regresó de despedir al chef y su equipo por la puerta del patio trasero, se sorprendió al encontrarla todavía en el comedor y, después de rellenar las copas, retomó su asiento a la mesa.

—¿Disfrutaste la comida? Parecías un poco distraída —dijo Will.

—Sí, estuvo increíble, Will. Está claro que intentas mimarme.

—Bueno, hace tiempo que no tenemos ocasión de estar juntos a solas. Solo quiero asegurarme de que sea especial.

—Gracias.

—Vamos a la sala de estar.

—Will, antes tengo que enseñarte algo y hacerte un par de preguntas.

—¿Es sobre el caso de Zach?

—Sí.

—Vale, dispara.

—Sinceramente, casi había olvidado que todavía no teníamos ni idea de quién incriminó a Zach, ni de por qué la yakuza perseguía a Milo por esos registros financieros que descubrimos.

Entonces, hace un par de días, apareció un sobre en mi escritorio de la nada.

Dentro había una llave y la dirección de una empresa de apartados postales.

Al principio no sabía qué pensar, pero pudo más la curiosidad.

Así que hoy seguí el rastro. ¿Y qué encontré?

Un sobre repleto de fotos, todas de hombres prominentes y adinerados de la empresa.

Aurora hizo una pausa y estudió el rostro de Will en busca de cualquier atisbo de reacción.

—¿Qué tipo de fotos, Aurora? —su voz sonaba cautelosa, controlada.

—Creo que ya lo sabes.

Se levantó y cruzó hacia su lado de la mesa, esparciendo las fotografías frente a él. Luego, con precisión deliberada, deslizó las fotos de Will hasta lo alto del montón.

A Will se le cortó la respiración.

—Oh.

Bajó la mirada.

—Esperaba que las hubieran destruido. O mejor aún, que nunca las vieras.

—Espera. ¿Me estás diciendo que son reales? ¿Incluso las tuyas? —Aurora se quedó paralizada.

Silencio. No levantó la vista; tenía los dedos aferrados al borde de la mesa.

—Will —su voz cortó el silencio—. Di algo.

—No es lo que parece.

Aurora soltó una risa sarcástica.

—No sabes cuántas veces he oído esa frase.

—No, te estoy diciendo la verdad, Aurora. No me acosté con esa mujer. Hubo una fiesta organizada por un cliente importante en un elegante club de caballeros que acababa de abrir en Atlanta hará cosa de un año. No es lo mío en absoluto, pero tenía que ir; tiene millones invertidos con nosotros.

—¿Cómo se llama ese cliente? —preguntó, empezando a calmarse. Le frustraba que los celos hubieran sido el motor de su interrogatorio. Pero ahora que ya no se sentía traicionada, podía ir al meollo del asunto.

—Chan Lue-Sang.

—Su nombre también está en la lista. Enséñame su foto.

Will rebuscó entre el montón de fotos varias veces, pero no encontró a Lue-Sang en ninguna.

—No está aquí.

—Qué raro; me pregunto por qué.

—No puedo explicarlo todo. Pero no me estaba acostando con esa mujer.

Will se pasó una mano por el pelo, con la voz baja y urgente.

—Éramos unos cuantos en una sala privada, la celebración de Chan. Me mantuve al margen, intenté no llamar la atención. Está claro que ninguno sabíamos que nos estaban fotografiando.

Vaciló y apretó la mandíbula.

—Justo cuando estaba a punto de irme, ella me arrastró a otra habitación. Me empujó a una silla, se arrodilló...

Su mirada se desvió hacia Aurora y luego se apartó.

—Ese es el momento que captó la foto. Luego me dio los precios. Cien por mirar. Quinientos por una mamada. Mil por sexo.

Exhaló bruscamente.

—Lo corté, puse una excusa y me largué de allí.

Aurora dio un golpecito en una de las fotos con una uña cuidada.

—A los demás no parecieron molestarles tanto estos... arreglos como a ti.

La boca de Will se torció en una sonrisa amarga.

—Está claro que no.

—La misma decoración. Algunas de las mismas mujeres.

Desplegó las fotos como un crupier mostrando una mala mano.

—Todas tomadas en el club, supongo.

—Tuvo que ser.

Sus ojos se clavaron en los de él.

—Alguien ha estado usando estas fotos para chantajear a empleados de Guyton, incluso a algunos de tus clientes.

Una pausa calculada.

—¿A ti también vinieron a por ti?

Los hombros de Will se tensaron casi imperceptiblemente. —¿Por eso incriminaron a Zach?

—Obviamente —dijo Aurora, inclinándose hacia delante mientras su voz adquiría un tono cortante como una navaja—. Pero lo que quiero saber es quién tomó estas fotos, quién las está distribuyendo y cómo consiguieron suficiente material para hundir a la mitad de la cúpula de Guyton.

El silencio se extendió entre ellos hasta que Will finalmente exhaló. —Vinieron a por mí. Y después... me prometieron que habían destruido los originales.

—¿Cuánto te costó?

—No fue dinero —su risa careció de humor—. Querían quitarme de en medio; me dijeron que me mantuviera alejado de Guyton Alpharetta indefinidamente. Así que me enterré en la operación de Caracas y esperé.

Sus dedos rozaron la foto comprometedora. —Sabía que acabarías descubriendo esto. Solo que... de verdad creí que habían cumplido su palabra y destruido las mías.

Aurora soltó una risa seca. —Oh, vamos, Will. ¿De verdad creíste que destruirían su única baza? ¿De qué otra forma iban a garantizar tu cooperación?

Se inclinó hacia él con la mirada encendida. —Esas cámaras estaban colocadas desde el principio.

—Lo sé. No había fotógrafos a la vista; ninguno de nosotros lo habría tolerado.

—Lo que significa... —los dedos de Aurora se quedaron inmóviles sobre las fotos al caer en la cuenta—. Lue-Sang. Estaba documentando a sus propios clientes. Por eso no aparece en ninguna de estas.

Golpeó la mesa con la palma. —¡Maldita sea! Pero si él no era el chantajista...

—Entonces alguien robó su colección —concluyó Will.

Aurora caminaba de un lado a otro como una pantera enjaulada. —Cada vez que me acerco a las respuestas, este caso se retuerce y se vuelve más sórdido.

Will revisó las fotos con renovada urgencia. —Lue-Sang es el único que falta aquí. O nunca le sacaron una foto... o ya las ha recuperado.

Aurora se detuvo en seco. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. —Will Montgomery, eres un cabrón genial.

Ya estaba sacando el teléfono. —Rebecca tiene que oír esto ahora mismo. No te muevas de aquí.

Aurora rebuscó en su bolso hasta cerrar los dedos en torno al teléfono. Pulsó la marcación rápida y se lo llevó a la oreja mientras caminaba de un lado a otro.

—¿Rebecca?

—¿Aurora? ¿Qué pasa?

—Tenemos nuestro avance —Aurora se detuvo y cerró la mano libre en un puño—. Todo estaba preparado. Esa fiesta de inauguración en el club de striptease: las habitaciones privadas tenían micrófonos ocultos.

Un momento de silencio atónito. Luego la voz de Rebecca bajó una octava. —¿Me estás diciendo que alguien grabó a Will y a los demás...?

—Cada momento comprometedor —confirmó Aurora. Casi podía oír los engranajes de la mente de Rebecca girando al otro lado de la línea.

—Pero ¿cómo consiguió el chantajista las grabaciones? ¿Trabajaba con el club?

Aurora exhaló con fuerza. —Lo dudo. Pero esto es lo que creo que pasó...

Rebecca la interrumpió con la voz cargada de anticipación: —Te escucho.

—Creo que quien se hizo con ellas supo de inmediato cuál era su potencial.

Creo que lo único que hicieron fue adelantarse al dueño del club, Chan Lue-Sang, y chantajear a estos hombres antes de que él pudiera hacerlo.

Además, ninguna de las fotos de Chan está en el lote, lo que me hace pensar que el intercambio del rescate de Lue-Sang es lo que desencadenó todo el fiasco de Hong Kong.

—¡Dios mío, Aurora! —exclamó Rebecca.

—Necesito que averigües más sobre ese tal Lue-Sang, y ten cuidado, Rebecca. Creo que podría ser muy peligroso.

—De acuerdo, jefa. Me pongo a ello enseguida. ¿Vas a volver esta noche?

—Rebecca, no te pases de lista. Te veo luego.

Aurora colgó y se volvió hacia Will. Tenía un aspecto tan lastimoso allí sentado, desplegando las fotos sobre la mesa una y otra vez como si esperara que su contenido cambiara de algún modo. Se colocó a su lado y le puso una mano en el hombro.

—No puedo permitir que destruyas mis pruebas, Will, así que ni se te ocurra.

Pero puedo prometerte que nunca revelaré la existencia de las fotos de ningún inocente.

Eso sí, me reservo el derecho de usarlas como prueba en el tribunal o de entregar a las autoridades cualquiera que implique actividad ilegal. ¿Entendido?

Él asintió lentamente, y Aurora recogió las fotos y las devolvió al sobre.

La voz de Will apenas superó el susurro. —Aurora... —le temblaban las manos hasta que las cerró en puños—. Estoy... Dios, estoy tan avergonzado. Pensé que esas fotos estaban enterradas para siempre. Por eso no te lo dije.

Aurora se cruzó de brazos, la mirada implacable. —No hiciste nada malo. Pero más te vale haber aprendido la lección.

Se acercó más; el repiqueteo de sus tacones sonaba como un metrónomo marcando el fin de sus excusas. —No más secretos. Ni uno. Porque cuando me ocultas cosas, no me estás protegiendo: me haces quedar como una incompetente ante todos los que confían en mi criterio.

Le clavó el dedo en el pecho. —Así que te lo preguntaré una sola vez: ¿hay algo más? ¿Sobre Guyton? ¿Sobre lo que sea?

Will le agarró la mano; tenía la palma húmeda de sudor. —Nada que no sepas ya. Te lo juro.

—De acuerdo —la palabra cayó como un mazo.

El aire entre ellos se espesó. Will tragó saliva antes de soltar con voz ahogada: —La idea de que no confíes en mí... Dios, Aurora, no es así como quería que fuéramos.

Ella entrecerró los ojos. —Entonces di lo que tengas que decir, Will. Ahora mismo.

A Will se le quebró la voz mientras se acercaba. —Aurora... te quiero.

Su mano se alzó hacia el hombro de ella, pero volvió a caer a un costado. —Empezó como admiración: cómo apoyaste a mi padre cuando nadie más lo hacía. Pero entre tus teorías nocturnas sobre los casos y esa vena obstinada tuya...

Exhaló con fuerza. —Y entonces vi cómo te trataba Zach. Como si fueras prescindible. Como si no fueras la mujer más extraordinaria que conocería en su vida.

A Aurora se le cortó la respiración cuando los dedos de Will le rozaron la muñeca: un contacto fugaz que ardía.

—Aquel día en el tocador —continuó con voz ronca—, cuando vi sus manos sobre ti... Aquello no fue solo ira, Aurora. Fue esto... —Se llevó el puño al pecho—. Esta maldita angustia de pensar que pudieran hacerte daño. Y lo supe.

Aurora se apartó de él en ese momento, abrumada por lo que acababa de oír.

Jamás se le había pasado por la cabeza que los sentimientos de Will fueran tan profundos, pero no podía negar que ella sentía lo mismo.

La llegada de él a su vida había colmado un vacío que ningún otro hombre había logrado llenar.

Lo había atribuido a la fascinación por su salvador, pero en el fondo sabía que había algo más.

Cuando él la sujetó por la cintura con sus manos firmes y la hizo girarse para mirarlo, Aurora dejó escapar un jadeo de sorpresa que Will silenció de inmediato con un beso hambriento.

La rodeó con ambos brazos y deslizó uno hasta la parte baja de su espalda justo a tiempo para sostenerla cuando ella se abandonó contra él.

Fue un beso profundo y sensual, un beso de amantes que redescubrían los matices de su pasión.

Cuando sus labios se separaron, ambos ardían.

Las manos de Will, cálidas, se posaron en su cintura y la guiaron hasta su regazo. Aurora se dejó fundir contra él y apoyó la mejilla en el hueco familiar de su hombro. Sentía los latidos de su corazón a través del algodón almidonado de la camisa: constantes, reconfortantes.

—Hay un evento el próximo viernes —murmuró Will; su aliento le acariciaba el pelo—.

En el Waldorf Astoria. La empresa va a homenajear a los mejores empleados de este año.

—Sus dedos trazaban dibujos perezosos a lo largo de su espalda—.

Todos los nombres de tus archivos estarán allí.

Ven conmigo. Podríamos descubrir algo útil.

Aurora ladeó la cabeza para estudiarle el rostro, con los labios curvados en una sonrisa.

—Sr. Guyton, ¿es esta su manera de invitarme a una cita?

La comisura de su boca se elevó de esa manera que siempre le provocaba un vuelco en el estómago.

—Creo que el término correcto es «operación encubierta» —su pulgar le rozó la mandíbula—. Aunque si prefieres ser mi cita...

—Me parece perfecto —susurró ella.

—Maravilloso. —La palabra fue una promesa contra su piel.

Cuando Aurora se levantó, dejó que sus dedos se deslizaran por el hombro de él mientras se dirigía hacia la escalera. En el primer peldaño, se volvió. Will seguía sentado en el sofá, y la luz menguante de las ventanas le bañaba los rasgos de dorado.

Su voz se tornó íntima, cómplice.

—Voy a subir. Puedes acompañarme... si eres capaz de recordar que esto es estrictamente profesional. —El brillo de sus ojos desmentía sus palabras en el mismo instante en que las pronunciaba.