La Santa Compaña: Expediente I CAPÍTULO 14 - EL PRIMER PORTADOR
93%

CAPÍTULO 14 - EL PRIMER PORTADOR

ADVERTENCIA

El siguiente material fue retirado de circulación en múltiples ocasiones debido a su relación directa con los orígenes atribuidos a la Santa Compaña.

La autenticidad histórica del documento no pudo verificarse completamente.

Sin embargo, varios elementos contenidos en él coinciden con testimonios separados por siglos.

Montenegro encontró el archivo dentro de un compartimiento oculto bajo el archivador destruido por el incidente de la noche anterior.

No existía registro oficial de aquel espacio dentro del edificio.

La puerta metálica estaba oxidada desde dentro.

Como si hubiera permanecido cerrada durante décadas.

El investigador descendió lentamente las escaleras ocultas.

La linterna apenas atravesaba la oscuridad.

El olor húmedo era insoportable allí abajo.

Tierra mojada.

Madera podrida.

Cera vieja.

Cada paso parecía más profundo de lo posible.

El edificio no debía tener un nivel subterráneo tan extenso.

Pero las escaleras continuaban descendiendo.

Hasta que finalmente llegó al final.

Había una habitación.

Pequeña.

Antigua.

Las paredes estaban cubiertas por símbolos.

Cruces torcidas grabadas una sobre otra.

Decenas.

Tal vez cientos.

En el centro de la sala descansaba una mesa de madera ennegrecida por humedad y tiempo.

Sobre ella había un único objeto.

Un libro.

No parecía un expediente moderno.

Era mucho más antiguo.

Encuadernado en cuero oscuro deformado por los años.

Sin título.

Sin fechas.

Montenegro sintió inmediatamente el peso invisible sobre los brazos apenas tocó la cubierta.

Más intenso que nunca.

Abrió el libro.

Las primeras páginas estaban escritas en gallego antiguo.

Varias habían sido arrancadas.

Otras aparecían cubiertas parcialmente por manchas oscuras.

Pero una sección permanecía legible.

FRAGMENTO TRADUCIDO

“Antes de las campanas, existía el camino.”

Montenegro pasó lentamente la página.

“Y antes del camino… existió el hombre que lo abrió.”

El investigador sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

REGISTRO ANTIGUO

“Era un enterrador.

Caminaba solo entre aldeas durante la peste.”

Las líneas siguientes parecían escritas por distintas manos.

Como si el texto hubiera sido continuado durante generaciones.

“Transportaba cuerpos donde nadie más quería acercarse.”

Otra página.

“Una noche desapareció entre la niebla.”

Campanas.

Siempre las campanas.

“Regresó días después.

Pero nunca volvió completamente.”

Montenegro continuó leyendo.

La presión sobre sus brazos aumentaba con cada página.

“Decía escuchar pasos detrás de él incluso cuando dormía.”

Otra línea.

“Y aseguraba que alguien caminaba junto a él sosteniendo el mismo peso.”

El investigador sintió náuseas.

FRAGMENTO RECUPERADO

“La muerte lo siguió hasta aprender su rostro.”

Las luces de la linterna comenzaron a vibrar.

Montenegro levantó lentamente la vista.

La habitación subterránea parecía más oscura ahora.

Más estrecha.

Continuó leyendo rápidamente.

“Con el tiempo, el enterrador comprendió que no transportaba cuerpos.”

Silencio absoluto alrededor.

“Transportaba el camino.”

El investigador sintió que el aire se volvía más pesado.

Las siguientes páginas estaban parcialmente destruidas.

Pero varias frases sobrevivían.

“Cuando el portador cae…

el camino necesita otro.”

Otra.

“Siempre uno vivo.”

Y finalmente:

“La procesión existe para que el peso nunca toque el suelo.”

Montenegro dejó de respirar un instante.

El peso.

No era simbólico.

No era psicológico.

Era real.

Algo estaba siendo cargado.

Algo invisible.

Entonces escuchó un sonido detrás de él.

Arrastre.

Lento.

Pesado.

Montenegro giró rápidamente la linterna.

Nada.

Pero la oscuridad del fondo parecía moverse.

El investigador retrocedió lentamente.

La presión sobre sus brazos comenzaba a doler físicamente.

Los músculos temblaban.

Y entonces las campanas comenzaron a sonar.

Debajo del suelo.

No.

Más profundo.

La habitación vibró débilmente.

Pequeños fragmentos de tierra cayeron desde el techo.

Montenegro apuntó la linterna hacia el fondo del cuarto.

Y finalmente vio algo.

Una figura.

Sentada en la oscuridad.

No estaba ahí antes.

La luz apenas alcanzaba a iluminar parcialmente.

Ropa antigua.

Empapada.

Piel gris.

Y entre sus brazos…

sostenía algo invisible.

El investigador sintió terror absoluto.

Porque la figura levantó lentamente la cabeza.

Su rostro estaba cubierto por capas endurecidas de cera blanca.

Pero debajo…

todavía podía verse piel humana.

Y respiraba.

La figura abrió lentamente la boca.

La voz salió húmeda.

Rota.

“Ya entendiste demasiado.”

Montenegro retrocedió.

Las campanas comenzaron a sonar violentamente.

La figura intentó levantarse.

Con enorme dificultad.

Como si el peso que sostenía fuera insoportable.

Y entonces Montenegro comprendió quién era.

El primer portador.

El hombre que abrió el camino siglos atrás.

Seguía vivo.

No envejecido normalmente.

No muerto.

Atrapado.

La figura dio un paso hacia él.

Arrastrando los pies.

Otro más.

La niebla comenzó a llenar lentamente la habitación subterránea.

Y detrás del primer portador…

aparecieron las luces.

Velas emergiendo desde la oscuridad.

Decenas.

Luego cientos.

La procesión completa avanzaba detrás de él.

El primer portador levantó lentamente la mirada.

Sus ojos estaban llenos de agotamiento absoluto.

Y entonces dijo algo que paralizó completamente a Montenegro.

“Ellos ya eligieron al siguiente.”

Las velas se acercaron.

Las figuras comenzaron a surgir de la niebla.

Y entre todas ellas…

Montenegro volvió a verse a sí mismo.

Más viejo.

Más consumido.

Más cerca del final.

La versión futura de sí mismo levantó lentamente la cabeza.

Y susurró:

“Corre.”

Las luces se apagaron.

Oscuridad total.

Y algo comenzó a avanzar rápidamente dentro de la niebla.