CAPÍTULO 8 - CARTA DESDE GALICIA
INFORME DE RECUPERACIÓN
La siguiente carta fue encontrada oculta dentro de un compartimiento sellado en las paredes de la antigua iglesia de San Bartolomeu.
El documento permaneció desaparecido durante más de un siglo.
La tinta presenta degradación irregular incompatible con el estado general del papel.
Algunas líneas parecen haber sido escritas recientemente pese a la antigüedad del manuscrito.
Montenegro leyó aquella observación dos veces.
Después una tercera.
El fenómeno comenzaba a comportarse de maneras imposibles incluso fuera de las apariciones.
Ahora alteraba documentos.
Tiempo.
Registros.
La carta pertenecía al padre Esteban Varela, sacerdote rural asignado a una pequeña aldea gallega cercana a los bosques de Lugo.
Había sido escrita semanas antes de la desaparición completa de varios habitantes del pueblo.
El último registro parroquial del sacerdote indicaba simplemente:
“Ausente.”
Montenegro abrió cuidadosamente la copia restaurada.
La escritura era temblorosa.
Irregular.
Como si el autor hubiera redactado el texto bajo agotamiento extremo.
CARTA RECUPERADA
(Fragmentos conservados)
“A quien encuentre estas páginas:
No permanezca aquí después del anochecer.
Lo que camina entre los árboles no pertenece a Dios.”
Montenegro sintió una presión fría en la espalda.
Continuó leyendo.
“Al principio creí que eran supersticiones campesinas.
Historias para explicar muertes y enfermedades.
Pero las campanas comenzaron a sonar solas.”
Otra vez las campanas.
Siempre las campanas.
“No existen animales en el bosque durante esas noches.
El silencio llega antes que ellos.”
El investigador cerró brevemente los ojos.
El patrón era total.
Sin excepciones.
La carta continuaba.
“Vi las luces por primera vez cerca del cementerio.
Pensé que eran aldeanos llevando a un difunto.
Me equivoqué.”
Las siguientes líneas presentaban manchas oscuras sobre la tinta.
No estaba claro si eran humedad… o sangre.
“No caminaban como hombres.
Se desplazaban lentamente, como figuras arrastradas por la niebla.”
Montenegro sintió las manos tensarse involuntariamente.
El peso invisible regresaba cada vez con más frecuencia.
La carta avanzaba hacia un tono cada vez más desesperado.
“Recé.
Toqué las campanas.
Bendije los caminos.
Nada detuvo su avance.”
El investigador pasó lentamente la página.
Lo siguiente estaba escrito con trazos violentos.
Apresurados.
“Pero entre ellos había uno distinto.”
Montenegro dejó de respirar un instante.
“No llevaba túnica completa.
Su rostro estaba cubierto de cera.
Y aun así… respiraba.”
El despacho pareció volverse más frío.
“Los demás lo seguían.”
Silencio absoluto dentro del edificio.
Ni ventilación.
Ni lluvia.
Nada.
Montenegro levantó lentamente la vista del documento.
El sonido había desaparecido otra vez.
Miró el reloj.
03:17 AM.
Las luces comenzaron a vibrar débilmente.
Volvió rápidamente a la carta.
Las últimas páginas estaban mucho más deterioradas.
Algunas frases apenas podían leerse.
“Ahora entiendo…
La procesión no busca solamente a los muertos.”
Otra línea parcialmente destruida.
“Siempre preparan al siguiente.”
Montenegro sintió un escalofrío subir por su espalda.
“El hombre vivo no guía la procesión.”
La siguiente frase estaba escrita con tanta fuerza que había rasgado parcialmente el papel.
“LA PROCESIÓN LO GUÍA A ÉL.”
Las luces del despacho se apagaron.
Oscuridad.
Montenegro respiró agitadamente.
La carta seguía sobre el escritorio.
Visible únicamente bajo la tenue luz de la pantalla del computador.
Entonces escuchó algo.
No campanas.
No pasos.
Respiración.
Muy cerca.
El investigador permaneció inmóvil.
La respiración continuó detrás de él.
Lenta.
Profunda.
Humana.
El olor húmedo llenó la habitación.
Tierra mojada.
Cera derretida.
Madera podrida.
Montenegro intentó girarse.
No pudo.
El miedo había congelado completamente su cuerpo.
Entonces una luz apareció reflejada en la ventana del despacho.
Una vela.
Después otra.
Y otra más.
Decenas de pequeñas llamas comenzaron a iluminar lentamente el reflejo oscuro del vidrio.
Las figuras aparecieron detrás de él.
Altas.
Cubiertas por túnicas negras.
Inmóviles.
Montenegro sentía la respiración cada vez más cerca.
Justo detrás de su cuello.
Y entonces vio al otro.
El que iba al frente.
No tenía capucha.
Su rostro permanecía cubierto parcialmente por cera blanca endurecida.
La piel debajo parecía gris.
Agrietada.
Pero sus ojos…
sus ojos estaban vivos.
La figura levantó lentamente una mano.
Temblorosa.
Humana.
Y señaló directamente a Montenegro.
Las campanas comenzaron a sonar violentamente.
Todas al mismo tiempo.
El investigador giró bruscamente.
El despacho estaba vacío.
Las luces regresaron de golpe.
El sonido del edificio volvió.
La ventilación.
La lluvia.
Todo.
Montenegro cayó sobre el escritorio intentando recuperar el aire.
La carta seguía abierta frente a él.
Pero había algo nuevo escrito al final de la página.
Algo que no estaba antes.
Con tinta fresca.
“Ya te vio.”