La Sangre y la Promesa (Dinastía Volkov nº 3) Capitulo 6 — La lealtad que quedó
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Capitulo 6 — La lealtad que quedó

La confianza era lo único que Aleksei nunca había aprendido a contar.

Sabía contar salidas. Sabía contar hombres, balas, segundos, los tres pasos hasta el extremo de cualquier habitación.

Toda su vida había sido eso: convertir el mundo en números que se podían verificar, sumar, prever.

Pero la confianza no tenía número. No se medía.

Era lo único que solo existía cuando ya era demasiado tarde para recogerlo.

Y la necesitaba ahora, con veintiún hombres de los que desconfiaba, en una casa que no era la suya, con un hijo en camino.

Llovió toda la mañana sobre el tejado de la casa segura.

Aleksei reunió a los que quedaban en la sala del fondo: sin ventana, paredes gruesas, la única en la que entraba sin contar la salida, porque solo había una.

Cinco hombres. De cuarenta, le habían quedado cinco a los que podía mirar sin que se le cerrara el estómago, y aun a esos cinco los revolvía por dentro, uno a uno, buscando la marca de Vadim que tal vez ni existía, o tal vez ya estaba ahí, plantada desde hacía años como todo lo demás.

Así era como Vadim ganaba sin aparecer. Echaba la duda al agua y dejaba que el hombre se ahogara solo.

—No vamos a vencer en la oscuridad —dijo Aleksei, de pie, la espalda contra la pared ciega—.

Su ley es la oscuridad. El que juega en el terreno del enemigo pierde.

Así que lo sacamos de ahí. Juró venir cuando nazca el niño.

Para cumplir, va a tener que salir de la sombra.

Es la única vez en la vida que ese hombre va a estar en un lugar marcado, a una hora marcada, en cuerpo presente. No lo cazamos. Preparamos el día.

Los cinco escucharon. Aleksei lo vio en sus caras, eso que más lo asustaba: no miedo de Vadim, sino miedo de él, del Pakhan que ya no tenía bratva y aun así pedía que murieran por una criatura que todavía no tenía nombre.

Entendió, con un apretón frío, que estaba pidiéndoles lealtad a hombres que ya no tenían ningún motivo de lealtad.

Sin trono, sin oro, sin nombre. Solo un hombre pidiéndoles a otros que se quedaran.

Fue Dmitri quien se levantó.

Se levantó del rincón, apoyado en el bastón de las calcomanías —el pingüino de gafas oscuras torcido en el puño, más ridículo cada semana—, y cruzó la sala cojeando de la bala nueva, y Aleksei abrió la boca para mandarlo sentarse, descansar la pierna, y no lo hizo. Porque vio la cara de su hermano.

No era la cara del chiste. Era la cara que había visto una sola vez, en la cocina, cuando Helena dijo el nombre.

—Yo organizo la defensa del parto —dijo Dmitri.

Sin adornos. Sin la sonrisa—. Estás pensando como general, hermano.

Salidas, perímetro, línea de fuego. Todo bien.

Pero hay algo que se te olvida, y se te olvida porque tú nunca fuiste el que se queda con el bebé.

Tú eres el que sale a matar al lobo. Alguien tiene que ser el que se queda en la puerta del cuarto.

—Miró a los cinco, uno por uno, y su voz tenía un fondo que Aleksei nunca le había oído—.

Cuando esto se vaya a la mierda, y se va a ir, todos los que estamos aquí vamos a querer correr hacia el tiroteo.

Es el instinto correcto. Es el instinto equivocado.

Porque mientras ustedes corren al fuego, alguien tiene que estar de espaldas a la cuna, sin moverse, listo para recibir lo que venga en su lugar.

Ese es el puesto que nadie quiere. Es el mío.

La sala se quedó en silencio. Solo la lluvia en el tejado.

Aleksei miró a su hermano y sintió algo subirle a la garganta que en ese momento no supo nombrar, y que solo entendería mucho después, demasiado tarde: era la vergüenza de haberse pasado la vida entera subestimando a aquel hombre.

Treinta y tantos años llamando a Dmitri "el chico".

El alivio cómico. El hermano que había que proteger, vigilar, mantener lejos del peso.

Y el padre había hecho lo mismo, exactamente lo mismo, con otro hijo: había mirado a Vadim, el primogénito, y había visto algo pequeño, algo que borrar, y borrar a Vadim había costado todo.

Mikhail subestimó al hijo mayor y la casa entera ardió por eso.

Y ahí estaba Aleksei, a punto de repetir el error del padre con el hijo del medio. Mirando el bastón de las calcomanías sin ver al hombre que lo sostenía.

—Siéntense —dijo Aleksei, bajo. Los cinco se movieron—. Tú no. —Y a Dmitri, aún más bajo—: Sigue.

Y Dmitri siguió. Y fue lo más serio que había salido nunca de esa boca.

Lo había pensado todo. Tenía mapeada de memoria la casa nueva de Helena: las dos escaleras, el ángulo muerto del pasillo, qué cuarto tenía una sola puerta.

Había pensado en quién se quedaría con la partera, quién cubriría la ventana del este desde donde se veía la luz encendida, quién no soltaría a Helena por nada, por nada, ni aunque se cayera el tejado.

Había pensado en cosas que solo piensa quien ya decidió, en el fondo, que va a estar entre la bala y la criatura.

Y había pensado en algo que Aleksei no había tenido el valor de pensar.

—Necesitamos a alguien que conozca a Vadim por dentro —dijo Dmitri—.

Tú conoces al lobo. Yo conozco al lobo. Pero nadie aquí conoce al niño que fue.

Y el que va a venir, hermano, es el niño, no el lobo.

Al lobo le disparamos. Al niño exiliado tenemos que entenderlo, porque si no, le hace al nuestro lo que le hicieron a él.

—Agarró el bastón con las dos manos—. Hay gente viva que conoció a ese hombre antes de que se volviera fantasma.

Vamos a tener que hablar con ella. Aunque duela.

Aleksei sabía de quién hablaba. Los dos lo sabían. Y ninguno de los dos dijo el nombre de Katya en esa sala, porque hay cosas que se cargan con cuidado por toda la casa antes de dejarlas en el suelo.

La reunión terminó. Los cinco salieron a sus puestos. La lluvia aflojó.

Dmitri se quedó. Apoyó el bastón en la mesa, y el pingüino de gafas oscuras se ladeó, ridículo en medio de todo aquello, y fue justamente lo ridículo lo que quebró al hombre serio y devolvió al hermano de siempre, porque Dmitri sonrió de lado, la sonrisa volviendo despacio, como quien se quita el uniforme después del turno.

—Caramba —dijo—. Soy bueno en esto. Quién lo diría.

—Yo —dijo Aleksei—. Yo lo diría. Debí haberlo dicho hace mucho.

Dmitri se detuvo. Miró a su hermano, y por un segundo la sonrisa vaciló, porque eso no era de los dos, ese tipo de frase, y los Volkov decían todo menos eso.

—Te estás ablandando con la vejez. —Pero la voz le salió ronca—. Voy a fingir que no lo escuché.

—Dmitri.

—Dime.

Aleksei buscó las palabras y no encontró ninguna a la altura, así que usó las que tenía.

—Te subestimé toda la vida. Igual que el padre con Vadim. Y mira dónde fuimos a parar. —Le puso la mano en el hombro, el del lado de la pierna herida, con cuidado—. No lo voy a repetir. ¿Me oíste? No. Tú no eres el chico. Nunca lo fuiste.

El silencio entre ellos se llenó. Afuera la lluvia goteaba de la canaleta, contando los segundos por ellos, como siempre los había contado.

Y entonces Dmitri hizo lo que Dmitri hacía con todo lo que era demasiado grande para caberle en el pecho. Lo tomó con suavidad, lo volvió chiste, y en el chiste escondió el juramento.

—Bueno, bueno, momento bonito, ya basta.

—Retrocedió medio paso, agarró el bastón, enderezó al pingüino torcido de un papirotazo—.

Pero ya que estamos sentimentales, déjame arreglar una cosa contigo.

Pacto. —Le tendió la mano—. Si esto se va a la mierda, tú cuidas al chico.

Lo crías bien, le enseñas a contar salidas, pero le enseñas también a saber cuándo dejar de contar, que eso a ti te costó aprenderlo.

—La sonrisa—. Y si se va a la mierda todavía más, si quedo yo en vez de ti, entonces yo lo cuido.

Lo llevo a pescar, le enseño a hacer chistes en el momento equivocado, lo dejo crecer ligero. ¿Trato?

Aleksei miró la mano tendida de su hermano.

Debió haberlo visto. Debió haber oído, por debajo del chiste, lo que temblaba.

Helena lo habría oído —ella leía lo que temblaba debajo de las palabras—, y debajo de aquella frase ligera había un hombre ya decidido, ya calculando que de los dos quizá fuera él quien quedara de espaldas a la cuna cuando llegara la bala.

Debió haber visto que estaba sellando, ahí, con un apretón de manos en la sala sin ventanas, quién iba a pagar el precio.

Pero Aleksei no era Helena. Aleksei era el hermano que sale a matar al lobo. Oyó solo el chiste, sintió solo el alivio de él después de tres días pesados, y se rió —se rió de verdad, la primera vez en mucho tiempo— y le apretó la mano a su hermano con fuerza.

—Trato —dijo Aleksei.

Y los dos se quedaron un instante con las manos unidas en medio de la sala vacía, dos hermanos de la misma sangre, uno entero y uno cojo, sin saber que acababan de hacer el único acuerdo de su vida que se cumpliría al pie de la letra.

Afuera, la lluvia paró. Y quedó un silencio limpio, ligero, casi de paz: el tipo de silencio que, Aleksei lo aprendería, es el que viene siempre antes.