La Sangre y la Promesa (Dinastía Volkov nº 3) Capitulo 2 — La casa podrida
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Capitulo 2 — La casa podrida

La casa crujía de un modo que Aleksei nunca había oído antes.

Era la misma casa de siempre: el mismo mármol frío bajo los pies descalzos, las mismas vigas de roble que su padre había mandado traer desde tan lejos, la misma escalera que él subía y bajaba desde hacía treinta y cuatro años sin contar nunca los escalones, porque los llevaba en la piel.

Pero aquella madrugada crujía distinto. Cada crujido de la madera era la casa diciendo la verdad que él se había pasado el día tratando de no escuchar: estaba podrida por dentro. No por las paredes. Por los hombres.

Helena dormía. Él había esperado a que su respiración se volviera honda, larga, como solo se ponía cuando el miedo por fin la soltaba, y solo entonces se había levantado de la cama.

Descalzo, sin encender la luz. La lluvia seguía afuera, fina, paciente, deslizándose por los cristales como si también quisiera entrar.

Aleksei bajó hasta el despacho y se sentó de espaldas a la pared, de cara a la puerta. Viejo hábito. El único que todavía funcionaba.

Y empezó a contar.

No las salidas: no había. Eso ya lo sabía desde la terraza, desde el momento en que dejó de medir los tres pasos hasta la baranda y Helena lo vio, y el miedo de ella lo asustó más que el suyo propio. Contó otra cosa. Contó el daño.

Los hombres, primero. Antes del segundo asalto eran cuarenta bajo aquel techo, hombres que él juraba reconocer por la forma de caminar en el pasillo a oscuras.

Dmitri había rastreado a los traidores uno por uno: diecinueve.

Casi la mitad. Comprados con oro viejo por un hermano que Aleksei ni siquiera sabía que existía, a lo largo de años, con la paciencia del que planta un roble sabiendo que solo se sentará a su sombra de viejo.

Diecinueve tipos que habían comido la comida de la casa, cargado un ataúd con él, jurado lealtad sobre la mesa de roble de su padre.

Quedaban veintiuno. Y de esos veintiuno, ¿cuántos eran de verdad?

Ya no lo sabía. Ese era el veneno. No los diecinueve perdidos.

La duda sobre los veintiuno que se quedaron.

La dacha, después. Aleksei cerró los ojos y volvió a verla ardiendo contra el cielo negro, el lugar donde su madre preparaba el té, el lugar donde Helena le había preguntado si estaba seguro y él había dicho que sí por primera vez en la vida.

Cenizas en el fondo de un lago, ahora. Vadim no había quemado solo madera.

Había quemado la memoria, igual que su padre había quemado la suya, y Aleksei entendió, con un sabor a hierro en la boca, que aquello no había sido vandalismo.

Había sido una lección. Mira cómo se borra algo que amas. Lo aprendí de nuestro padre.

Los leales. Para estos Aleksei no necesitaba papel; llevaba los nombres consigo.

El sustituto de Yuri, muerto entre el humo de la dacha.

El viejo contador, envenenado meses antes, del corazón, como el padre de Helena.

Otros tres que habían caído en la carretera cubriendo la huida de Helena en el coche.

Cada uno de ellos un hueco que no se tapaba, porque la bratva no se reconstruye como un muro: se reconstruye como confianza, y la confianza era justo la cosa que Vadim había minado primero.

Y Dmitri. Cojeando otra vez. La bala del segundo asalto había entrado cerca de la misma cicatriz de la primera, y su hermano hacía bromas con el pingüino de gafas pegado al bastón, pero Aleksei lo había visto dudar en el tercer escalón aquella tarde, la mano aferrada al pasamanos, la cara blanca por medio segundo antes de que la broma lo tapara todo.

Dmitri se estaba gastando. Dos libros de guerra se habían comido pedazos de su hermano que ya nunca volvían, y Aleksei lo había permitido, porque siempre había creído que Dmitri era el ligero, el de afuera, el que reía, y nunca el que sangraba.

Lo contó todo. Lo sumó. Y el resultado era el que ya sabía antes de empezar.

No había salida.

Aleksei abrió la caja fuerte de su padre —la segunda caja, la que había descubierto en el L2, la que tenía arrancada la página del linaje— y sacó de ella no un documento, sino el viejo sello de los Volkov.

El lobo sobre dos llaves. Pasó el pulgar por la tercera llave que nunca había estado ahí y que ahora ardía en cada tarjeta que su hermano mandaba.

Pesado, frío, antiguo. El peso de algo que se había pasado la vida creyendo que era fuerza y que aquella madrugada parecía, por primera vez, una cadena.

Así lo encontró Dmitri.

—Sabía que ibas a estar acá.

La voz vino desde la puerta, baja. Aleksei no se volvió: había oído el bastón en el pasillo, el ritmo equivocado, el paso que arrastraba.

Dmitri entró despacio, se dejó caer en el sillón frente a la mesa con un gemido que intentó disimular como un bostezo y apoyó entre las rodillas el bastón de las pegatinas.

El pingüino de gafas oscuras miraba a Aleksei con la misma cara de idiota de siempre.

Solo que esa noche Dmitri no sonrió por debajo de él.

—¿Cuántos? —preguntó su hermano.

—Veintiuno. Quizá menos.

—¿Y en cuántos confías?

Aleksei tardó.

—En vos. En Helena. —Puso el sello sobre la mesa—. Se acabó la lista.

Dmitri asintió despacio, como quien ya sabía la cuenta y solo necesitaba oírla dicha. Se quedó un rato mirando el sello sobre el roble, el lobo gastado por el pulgar de cuatro generaciones.

—No vamos a ganarle en la oscuridad —dijo Aleksei, al fin.

Fue la primera vez que lo decía en voz alta, y la frase salió más desnuda de lo que esperaba—.

Me pasé toda la madrugada contando. Vadim tuvo treinta años para aprender a desaparecer.

Treinta años siendo invisible, comprando gente, plantando cuentas, montando un cuarto de niño mientras nosotros jugábamos al Pakhan creyendo que mandábamos en algo.

Yo soy bueno en la oscuridad, Dmitri. Pero él es la oscuridad.

Esa es su ley. A un Volkov que no puede ser visto no se lo puede matar.

—Miró a su hermano—. Yo no puedo matar una sombra.

Nadie puede. Ya lo intentamos, a la manera de papá, a la manera de él, y el resultado está quemado en el fondo de un lago.

Dmitri no hizo ninguna broma. Ese era el termómetro de todo ahora: cuando Dmitri no bromeaba, la cosa era grave de verdad.

—Entonces deja de pensar como Pakhan —dijo Aleksei, más para sí mismo que para su hermano—.

Solté el nombre en el segundo asalto. Lo solté delante de todos, en la dacha, y eso fue lo que lo quebró a él.

Pues bien. Si ya no soy Pakhan, dejo de jugar la guerra del Pakhan.

—Se inclinó hacia adelante, y algo en su voz había cambiado, había encontrado un filo que no estaba ahí tres días atrás—. Voy a pensar como padre.

—¿Cómo es eso?

—El Pakhan defiende un territorio. El padre defiende a una persona.

Son guerras distintas. —Aleksei hizo girar el sello sobre la mesa, despacio, el lobo dando vueltas—.

Toda la vida traté de vencer a mis enemigos en su propia ley.

Sokolov con el martillo, papá con el silencio, ahora Vadim en la oscuridad.

Y siempre pagué su precio. Pero Vadim solo es invencible mientras nadie lo ve.

Esa es su fuerza. —Detuvo el sello. Miró a su hermano—.

Y una fuerza y una cadena son la misma cosa, Dmitri.

Todo lo que protege también encierra. Un hombre que no puede ser visto tampoco puede ser recibido.

No puede entrar. No puede llegar. No puede reclamar nada delante de nadie.

—Estás diciendo... —Dmitri se enderezó en el sillón, y el dolor le cruzó la cara sin que él lo notara—. Estás diciendo de sacarlo de la sombra.

—Estoy diciendo que nosotros nunca vamos a ir hasta él.

—Aleksei habló bajo, pero la frase llenó el despacho—.

No vamos a encontrar a Vadim en la oscuridad.

Nadie lo encuentra. Pero escribió una fecha en el dorso de la foto de mi hijo, Dmitri.

Prometió aparecer. Por primera vez en treinta años, va a salir de la sombra solo, por voluntad propia, el único día en que no va a poder no venir.

—Apretó el sello en el puño cerrado—. No tenemos que cazar a una sombra que juró volverse hombre delante de nosotros.

Solo tenemos que estar listos para el día en que venga.

La lluvia golpeaba el cristal. Afuera, en algún pasillo, uno de los veintiuno —leal o no, nadie lo sabía— pasó con pasos ahogados y siguió de largo.

Dmitri se quedó muy quieto. Miró a su hermano un rato largo, demasiado largo, y cuando habló no había nada ligero en su voz, nada del niño que decoraba un bastón con pegatinas idiotas para fastidiar a quien amaba.

Era la voz de un hombre que había recibido dos balas por la familia y que sabía leer un plan por debajo de las palabras como Helena sabía leer lo que temblaba por debajo de las suyas.

Apoyó las dos manos en el puño del bastón de las pegatinas —por primera vez en todo el libro sin una pizca de gracia en la cara— y dijo:

—Estás planeando morir para salvar a todos. Te conozco. —Se inclinó hacia adelante, y el pingüino de gafas oscuras se ladeó, idiota y fuera de lugar en medio de tanta seriedad—. Solo que esta vez no te voy a dejar.

Aleksei no respondió.

Porque era exactamente el plan.